En nombre de la alegría

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Jamez Baraz pertenece a esa estirpe espiritual que la comunidad norteamericana ha dado en llamar “Jubus”, o judíos convertidos al budismo. A modo de constatación, quizás, su madre, una idische mame con todas las de la ley, dio una charla en el marco de uno de los seminarios de James, en la que hizo una asombrosa declaración: “Como buena madre judía, uno de mis pasatiempos favoritos era quejarme. Me quejaba de todo y por todo. Un día, mi hijo me propuso que siguiera cada queja con la frase ‘Y, sin embargo, sé que mi vida es un regalo”. Le hice caso, y mi nivel de alegría aumentó asombrosamente. Ahora ya no puedo quejarme en paz… mi hijo me arruinó la vida!”, exclamó ante una gran carcajada del público.

Si la felicidad fue una sorpresa inesperada para su madre, para Baraz mismo ha sido un camino elegido a plena conciencia. Hace muchos años tomó esta decisión: destilaría de entre los preceptos y prácticas budistas un aspecto que habitualmente se pasa por alto: la inclinación a cultivar la alegría. Tras años de practicar meditación Vipassana (una de las técnicas de meditación más antiguas de la India, originada de la tradición Theravada), tras asistir a incontables retiros, y dirigir más aún, tras fundar junto con Jack Kornfield y otros afamados budistas americanos el centro “Spirit Rock Meditation Center”, en California, Baraz sintió la necesidad de ofrecer algo diferente, y en el 2003 inauguró un curso llamado “Awakening joy”, con la intención de ayudar a los practicantes a alcanzar un bienestar profundo y duradero.

La preocupación había nacido temprano. En conversación vía Skype con La Usina Mística, recordó el momento exacto. Una tarde, mientras escuchaba una clase de filosofía budista, recordó que llevaba puesta la camiseta de su equipo de basketball. Entonces le surgió el siguiente pensamiento: si se convertía en un budista hecho y derecho, ¿perdería esa pasión? ¿Terminaría limitándose a presenciar los partidos con completa ecuanimidad, girando la cabeza en uno y otro sentido, aprobando en silencio cada jugada de su equipo? Con timidez se acercó en un descanso a Joseph Goldstein, su maestro (renombrado divulgador del budismo) y le hizo la pregunta. “En absoluto -respondió Goldstein- a lo sumo te deprimirás menos con las derrotas.”

Ese fue todo el aliento que James necesitó. Persistió en la práctica, se adentró más y más profundo en las enseñanzas, descubrió nuevas perspectivas y enriqueció su visión de la vida. “Sin embargo -recuerda ahora- en algún momento empecé a tomarme todo demasiado en serio, y sin darme cuenta perdí la alegría. Algunas enseñanzas en la práctica budista son fáciles de malentender, y creo que a un nivel inconsciente yo pensaba que no era lícito disfrutar ni sentir pasión por lo que hacía, entonces lo reprimí.”

Fue largo el camino de vuelta. Estudió nuevamente las enseñanzas de Buda, deteniéndose en aquellos lugares en el que el maestro hablaba, no solamente de evitar el sufrimiento, como en las cuatro nobles verdades, sino también de alcanzar la más felicidad más alta. “Quise lograr esto no sólo para mí, sino para compartirlo con otros,” dice.

El curso que creó, “Awakening Joy”, y el libro homónimo que escribiría como resultado (en coautoría con Shoshana Alexander), se dirige a personas de cualquier religión, o de ninguna, y vuelve accesibles las prácticas budistas, desvistiéndolas de doctrina y de todo rasgo de exigencia. No hay en la propuesta de Baraz una sola exhortación a meditar en posición de loto, ni a ayunar una vez por semana, ni a raparse la cabeza. De hecho, si algo advierte reiteradamente al lector es que ni se esfuerce por ser feliz ni se castigue si no consigue serlo. El camino que propone se apoya fuertemente en pilares del budismo el desarrollo del mindfulness (la conciencia testigo), el cultivo del desapego y de virtudes como la gratitud, pero tiene como trasfondo vital el mantener una actitud compasiva hacia el mundo y sobre todo hacia uno mismo. “Esta debe ser una experiencia nutricia”, dice. “Lo que sea que hagas, por favor, que sea con disfrute. Y lo que no puedas hacer, suéltalo.”

El libro fue elogiado por Bill Gates en su blog con estas palabras: “No suelo leer muchos libros de auto-ayuda ni de inspiración, pero aun si tú no leyeras nunca nada en este género, este libro vale la pena. Se trata sobre disfrutar la vida, eligiendo a conciencia las cosas que la hacen más disfrutable y pensando sobre ellas deliberadamente.”

Gates no se equivoca. Awakening joy es, en efecto, una invitación a ser feliz. Pero no feliz todo el tiempo, ni feliz a base a negación, represión o inconsciencia; feliz “a lo budista”, o sea, con amorosa aceptación de todos los estados que la vida nos ofrece, sin apegarnos a ninguno. Las estrategias regentes del libro -y del curso- son tres principios enunciados por el Buda: inclinar la mente hacia la alegría, propiciar estados saludables (gratitud, ecuanimidad, compasión) y disfrutar del bienestar que esos estados provocan.

Baraz se apoya también en consejos prácticos inspirados en los hallazgos de las neurociencias, como entrenar a la mente para expandir los estados de bienestar cuando estos ocurren, prolongándolos y anclándolos en el cuerpo. Pero tal como anuncia el subtítulo (“Diez pasos que te pondrán en el camino de la verdadera felicidad”), se estructura en base a una serie de prácticas diseñadas para desarrollar, cada una, una facultad importante.

En diálogo vía Skype, el autor las resume de esta manera: “Empezamos con la intención de despertar la alegría en uno mismo. Luego el mindfulness nos trae al presente. La gratitud abre el corazón. La capacidad para trabajar con las dificultades nos asegura que podremos enfrentar cualquier situación que se presente. Vivir con integridad nos alinea con nuestros más altos valores y nos libera de la culpa, trayéndonos paz interior. Animarnos a soltar nos libera y vuelve al camino más liviano. Aprender a querernos suspende la auto-condena y nos permite acceder a la pureza de nuestra esencia. Conectar con otros deja que nuestro amor se expanda. La compasión aparece cuando nuestro corazón se encuentra con el sufrimiento, y responde. Todos son ingredientes importantes de la felicidad, pero, al fin, llegamos a una clase de bienestar que es natural y está más allá del esfuerzo.”

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Esa alegría se parece mucho al asombro y basa en una profunda conexión con el mundo y a un sentido de reverencia por la riqueza de la vida.

“Nuestra naturaleza básica es pacífica, y hay una verdadera alegría en eso. Un bebé que está alimentado y limpio chilla de felicidad. De adultos, también, y esto está estudiado por la neurociencia: si no estamos tomados por el estrés, nuestro estado natural es de calma, contento, creatividad y sensibilidad. Por eso es tan importante que logremos aquietar la mente y habitar el presente; porque en esos momentos, ese es el estado que viene a nuestro encuentro.”

“Más allá de su uso neurocientífico”, agrega James, “el término ‘estado natural’ habla de quienes somos cuando no estamos confundidos, y se lo conoce con distintos nombres en las diversas tradiciones espirituales (el Reino de Dios, el Dios Interior, La Suave Voz Interior, la Naturaleza de Buda, la Verdadera Naturaleza).”

Es más, señala, esto es lo que suele sorprender a las personas que hacen un retiro de meditación: apenas logran calmarse, emerge el amor y la sabiduría que siempre estuvo en ellos. “Lo mismo ocurre a veces cuando hacemos un alto en nuestra actividad y nos relajamos con una caminata en la naturaleza o hacemos yoga. Las interferencias caen cuando creamos suficiente espacio para que las cualidades saludables de la mente se desplieguen naturalmente.”

Esa alegría inmanente se parece mucho al asombro y basa en una profunda conexión con el mundo y a un sentido de reverencia por la riqueza de la vida.

Paz, contento, felicidad, éxtasis. Cualquiera sea el matiz con que la vivamos, la alegría no parece ser tanto un logro a alcanzar como un hogar al cual regresar. Quien crea que esto es otra lejana utopía, que le pregunte a James Baraz.

O, mejor aún, a la madre de James Baraz. Ella les dirá.

Para quienes hablen inglés, nada mejor que escucharla en vivo y en directo:
http://www.youtube.com/watch?v=FRbL46mWx9w

La mística, el lenguaje del amor

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En una entrevista con PBS Newshour, Yann Martel, el autor de Life of Pi (La vida de Pi), que inspiró la película Una aventura extraordinaria, cuenta que la escritura de la novela lo llevó a indagar en los textos sagrados de las principales religiones. En ellos descubrió que la visión mística las recorre a todas, hermanándolas en un sentir armónico y compartido.

“Si uno mira las religiones, lo que es increíble es cómo los místicos de todas las tradiciones hablan el mismo idioma. Si uno mira a los místicos musulmanes, a los sufís, a los místicos cristianos, como San Juan de la Cruz, encuentra que hablan el mismo lenguaje, el lenguaje de una relación personal con Dios, un lenguaje del amor, en el que Dios es el amor.

Es cuando uno se empieza a alejar de los místicos que empieza a notar las diferencias, muchas de las cuales a veces parecen irreconciliables. Yo creo que esas diferencias irreconciliables se deben a dogmas, y los dogmas muchas veces se alejan sustancialmente de la fe. Lo otro importante a señalar es que uno puede ‘raptar’ cualquier cosa, incluyendo muy buenas ideas; no hay nada en el Islam que justifique matar a inocentes, y sin embargo algunos musulmanes lo hacen en nombre del Islam; lo mismo con los fundamentalistas cristianos en Estados Unidos que matan a médicos que practican abortos. No hay nada en el cristianismo que excuse esta conducta.”

Para leer el artículo completo:

http://www.pbs.org/newshour/bb/entertainment/july-dec02/martel_11-11.html

La poeta del asombro

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Cada mañana, Mary Oliver se levanta antes al alba y abre la puerta de su casa en Provincetown, Massachusetts. Ahí se queda un rato, observando cómo el sol traza su arco perezoso, y espera a que lleguen las palabras.

Las palabras llegan, una a una, a su lápiz negro; presurosas, como a una cita.

Hola, sol en mi cara.
Hola, tú que hiciste la mañana,
y la esparciste sobre los campos,
y en las caras de los tulipanes,
y en las campanas violetas,
de la enredadera que sacuden sus cabezas.

Y en las ventanas, incluso,
de los afligidos y los malhumorados.

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Luego  toma su anotador, lo estruja en su bolsillo trasero y se interna en el bosque. Sola. Así lo ha hecho siempre, aun cuando vivía Molly (Mallone Cook, la fotógrafa con quien compartió amor y vida por cuatro décadas). Y por buenas razones.

Habitualmente voy al bosque sola, sin un solo amigo, porque son todos sonreidores y conversadores, y por lo  inapropiados.
No me gusta que me vean hablando con los pájaros. O abrazando al viejo roble negro. Yo tengo mi forma de rezar. Sin duda, tú tienes la tuya. 
Y además, cuando estoy sola puedo convertirme en invisible. Puedo sentarme sobre un médano,quieta como un puñado de malezas, Hasta que los zorros pasan corriendo, despreocupados. Puedo escuchar dl sonido inaudible de las rosas cantando.
Si alguna vez has venido al bosque conmigo, debo quererte mucho.

(Cómo voy a bosque)

Mary big

Poco conocida aún en el mundo hispano, Mary Oliver (75) es una poeta estadounidense, laureada con las más importantes distinciones del género (Premio Pulitzer, National Book Award), y por lejos la poeta más vendida de su país. Es, además, la legítima heredera de la sensibilidad naturalista de Ralph Waldo Emerson, Walt Whitman, Henry David Thoreau.

Su poesía ha sido catalogada como “una poesía del elogio”, algo que ella no discute, sino más bien reafirma con convicción en cada nueva creación, cuando vuelve a cantarle a la garza en el estanque, al zorro del matorral, al cedro y al girasol. También le sentaría  “una poesía del asombro”; ya que en sus versos convive la sorpresa siempre renovada con una devoción genuina por el mundo y sus misterios.

No se trata de una devoción descarnada; por el contrario, rebosa de sensualidad. Tampoco edulcorada. “No llamen a este mundo adorable, ni útil; no se trata de eso”, dice en “¿Dónde comienza la danza, y dónde termina?”, prefiriendo definirlo así: “Es travieso, y un teatro para más que vientos suaves. / La pestaña del rayo no es mala ni es buena /El árbol impactado arde como un pilar de oro.”

Su espiritualidad sin templo ni credo no deja a nadie afuera: creyentes y descreídos, apáticos y apasionados, próceres y colibríes, robles monolíticos y mosquitos. Tampoco esconde que, cada vez que le canta a las hojas, los ciervos o los escarabajos, su canción es rezo, meditación, elegía.

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En una inusual entrevista con Maria Shriver en 2011, Oliver comparte una de las motivaciones detrás de su poesía: “No tengo gran esperanza respecto de que la Tierra pueda permanecer como era cuando yo era chica. De hecho, ya ha cambiado tanto. Y creo que cuando perdemos la conexión con el mundo natural, tendemos a olvidarnos que somos animales, que necesitamos de la Tierra. Y esto puede ser demoledor. Wendell Berry, un gran poeta, habla extensamente (en su obra) sobre la devastación que viene. Yo soy más bien de las que creen que atraemos más moscas con miel que con vinagre. Y entonces busco por el lado de ‘¿Notaste esta cosa maravillosa?’ ‘¿Te acordás de esto?'”

Rompiendo con su reserva habitual, la poeta comparte anécdotas como ésta: “”En Provincetown, donde vivo, hay una pequeña historia que es dulce. Dicen que si Mary sale a caminar, y comienza a caminar más y más lento, hasta que al fin se detiene y se pone a escribir furiosamente, uno sabe que ha sido una caminata exitosa.”

“¿No se supone que los poetas son gente tortuosa?”, quiere saber la entrevistadora.

Responde Oliver: “(En Estados Unidos) tuvimos un período largo de poetas confesionales. Y creo que muchas personas -sin duda Sylvia Plath y Anne Sexton- confundieron el trabajo que hacían con la terapia, y eso es una pena. Puede que me equivoque, pero creo que sentían que podían sanarse con su escritura, y eso no funcionó. Yo no suelo meterme con las cosas que me hacen infeliz cuando escribo. Quiero escribir poesías que consuelan, que diviertan quizás, que enciendan a las personas. No quiero decir que el mundo es del todo genial y maravilloso. Pero intento mantener el foco en lo que es bueno y esperanzador.”

Así y todo, en su extensa bibliografía ha hecho referencia a acontecimientos traumáticos de su vida, como el hecho de haber sido abusada de niña. En uno de sus poemas más amados, invita a hacer las paces con el dolor, y a abrazar la propia identidad.

Los gansos salvajes

No tienes que ser bueno.
No tienes que recorrer el desierto
arrodillado, arrepintiéndote.
Sólo tienes que dejar
que el animal suave de tu cuerpo
ame lo que ama.
Cuéntame de tu dolor,
yo te contaré del mío.
Mientras tanto, el mundo sigue.
Mientras tanto, el sol
y los guijarros claros de la lluvia
se desparraman sobre los paisajes,
sobre las praderas y los árboles profundos,
las montañas y los ríos.
Mientras tanto, los gansos salvajes,
allá arriba en el límpido aire azul,
están volviendo a casa.
Quienquiera que seas,
no importa cuán solo te sientas,
el mundo se ofrece a tu imaginación,
te llama como la voz de los gansos salvajes,
áspera y excitante, anunciando,
una y otra vez, tu lugar en la familia de las cosas.

Pero su poema más citado, es, sin dudas, Poema de verano, el de la antológica frase final. Reproducida por doquier en contextos sagrados y mundanos, esa frase ha sido espuela para despertar a la acción, ahuyentar temores y despabilar al más dormido.

¿Quién hizo al mundo?
¿Quién hizo al cisne, y al oso negro?
¿Quién hizo a la langosta?
Esta langosta, quiero decir- 
la que acaba de lanzarse desde el pasto
la que come azúcar de mi mano,
la que mueve sus mandíbulas
hacia atrás y hacia adelante,
en vez de arriba y abajo-
la que mira a su alrededor con sus ojos
enormes y complicados.
Ahora levanta sus pálidos antebrazos
y se lava la cara meticulosamente.
Ahora abre las alas de un brinco, y se va flotando.
Yo no sé qué es exactamente un rezo.
Sí sé prestar atención, sé cómo caerme
sobre el pasto, cómo arrodillarme en el pasto,
cómo ser ociosa y bendita, cómo pasear por los prados
que es lo que he estado haciendo todo el día,
Dime, ¿qué debiera haber hecho?
¿No es que todo muere al fin, y demasiado pronto?
Dime, ¿qué piensas hacer tú 
con tu vida única,
salvaje, preciosa?

Una pregunta fértil para saludar al mundo, como Mary, cada mañana.

Antes o después de recibir al sol.

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