Una cita con la mañana

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De tanto en tanto, se me da por envidiar a los nocturnos. Son de ellos ciertos placeres: las veladas eternas en compañía de amigos, horas insomnes que pasan como melaza, la luna que hipnotiza en el jardín, la cofradía de las estrellas. Pero siempre, por más que me tiente quedarme, sé que me debo ir, arrancarme del conjuro a la fuerza.

No es sólo el sueño el que convoca. Es una cita, un compromiso, un reencuentro diario al que no puedo faltar: el instante exacto en que la noche se entregará al día, en ese mismo jardín, de madrugada. Es la forma en que la mañana levantará el velo umbrío con mano firme, ungiendo a las hojas y los árboles y las esquinas oscuras con la promesa de la luz, aún líquida y borrosa, como un sueño que perdura.

Después la energía se precipitará y dará pie al desvelo: primero un sector de pasto, luego otro. Los campanas violetas del dondiego de día se abrirán, como un coro de soles. Los dientes de león se sacudirán el sueño, desperdigando semillas al viento. El canto de los pájaros cobrará vigor con el sol creciente. La calabaza, en la viña, se acercará un tono más al naranja. La lantana ostentará sin falsa modestia sus coronas rojo carmín.

Al fin, cuando la luz se acerque al cenit, llegarán las mariposas. Yo me sentaré, y las miraré, y, una vez más, me rendiré al asombro. Ellas no sabrán que estoy ahí, ni cuán felices me hacen; eso será parte del encanto. Ser testigo silencioso de ese despertar, tener ojos para ver y corazón para festejarlo, es -al decir de Emily Dickinson- todo lo que conozco del cielo. Más importante, es todo lo que necesito conocer.

Lantana

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La mejor estación

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“Diez mil flores en la primavera,

la luna en el otoño,

una brisa fresca en el verano,

la nieve en el invierno.

Si tu mente no está oscurecida

por cosas innecesarias,

esta es la mejor estación de tu vida.”

Wu-Men

(En Life Prayers from Around the World, antología de Elizabeth Roberts y Elias Amidon)

Las bendiciones de Buda

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Que todos los seres que existen gocen de paz y bienestar

Que cada ser viviente, débil o fuerte, largo o corto,

Mediano o pequeño, malo o beatífico,

Que todo ser viviente, visible o invisible,

los que viven cerca y los que viven lejos

Los nacidos y los que aguardan a nacer,

Que todos obtengan paz interior.

Que nadie engañe ni desprecie a otra persona en ningún lugar,

Que nadie desee el daño a otro, por antipatía o por enojo.

Así como una madre protege a su único hijo aun a costa de su propia vida

De igual manera, cultiva un amor sin límites hacia todos los seres vivientes.

Abre tu corazón infinito hacia el mundo entero

A lo largo, a lo ancho y en toda dirección.

Ama sin obstrucción, sin odio, sin enemistad.

Y mientras caminas, te paras, o te acuestas,

embriagado de sueño,

Entrega tu mente a este fin por completo,

Y conocerás la vida divina en la Tierra.

El Buda

El arte del amor universal

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Sharon Salzberg es una practicante de meditación budista de toda la vida, y su trabajo colaboró en gran medida en la introducción de prácticas budistas a Occidente. A través de libros como A Heart as Wide as the World (Un corazón tan amplio como el mundo) y Loving-Kindness. The Revoutionary Art of Happiness  (Amor universal benevolente. El arte revolucionario de la felicidad), enseña que prácticas sencillas como la meditación metta -término en idioma Pali que se tradujo al inglés como lovingkindness, y al castellano como amor universal desinteresado o amor benevolente- pueden ayudarnos a conquistar nuestros miedos, abrir nuestros corazones y hacer del mundo un lugar mejor.

La meditación metta consiste en evocar sentimientos de amor y bienestar en nuestro corazón, primero dirigiéndolos hacia uno mismo, luego hacia nuestros seres queridos más cercanos, luego hacia maestros, después hacia extraños, y finalmente hacia personas que nos resultan difíciles de amar, expandiendo de este modo el círculo hasta que no haya nadie a quien no podamos incluir. En el fragmento que sigue, tomado de su libro Loving-Kindness, Salzberg explica de qué modo el metta es un reflejo de aquello que es más puro y esencial en nosotros, y por qué nada es capaz de tocar ni de alterar ese centro primigenio.

“Podemos entender la luz innata y la pureza de nuestra mente al comprender el metta. Como la mente, el metta no se ve distorsionado por aquello con lo que se encuentra. El enojo en nuestro interior o dentro de otros puede ser recibido con amor; el amor no se arruina con el enojo. El metta es su propio soporte, y por lo tanto es libre de condiciones inestables. La mente amorosa puede observar la alegría y la paz en un momento, y la pena en otro, y no se resquebrajará por el cambio. Una mente llena de amor puede parecerse a un cielo cruzado por una variedad de nubes -algunas claras y livianas, otras ominosas y amenazantes. No importa cuál sea la situación, el cielo no se verá afectado por las nubes. Es libre.

El Buda enseñó que las fuerzas de la mente que traen sufrimiento pueden superar momentáneamente a las fuerzas positivas como el amor y la sabiduría, pero nunca destruirlas. Las fuerzas negativas nunca pueden desterrar las positivas, mientras que las fuerzas positivas sí pueden desterrar a las fuerzas negativas. El amor puede desterrar al miedo, el enojo o la culpa, porque tiene un poder mayor.”

(…)

“La práctica del metta, que descubre la fuerza del amor capaz de desterrar al miedo, el enojo y la culpa, comienza con el proceso de hacernos amigos de nosotros mismos. Los fundamentos de la práctica del metta están en la capacidad de hacerse amigo de uno mismo. Según el Buda: ‘Uno puede buscar a través de todo el universo a alguien más merecedor de su afecto y amor que uno mismo, y nunca hallará a esa persona. Uno mismo, tanto como cualquier persona en el universo, merece afecto y amor.’ ¡Cuán pocos de nosotros nos aceptamos de esta manera! Con la práctica del metta descubrimos la posibilidad de respetarnos verdaderamente. Descubrimos, como lo dijo (el poeta) Walt Whitman: ‘Soy más grande y mejor de lo que pensaba. No creí tener tanta bondad en mi interior’.”

La paz de las cosas salvajes

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Cuando el temor por el mundo crece en mi

y despierto en la noche ante el menor sonido,

preocupado por qué será de mi vida y de las vidas de mis hijos,

voy y me acuesto allí donde el pato

descansa en su belleza en el agua, y la garza real se alimenta.

Entro a la paz de las cosas salvajes

que no ponen a prueba sus vidas con la anticipación del dolor.

Entro a la presencia del agua quieta.

Y siento sobre mi cabeza a las estrellas ciegas al día

esperando con su luz. Por un momento,

descanso en la gracia del mundo, y soy libre.

 

Wendell Berry

Estados Unidos, 1934

Cuando sólo cabe ser testigos

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Rachel Naomi Remen es oncóloga, pionera en el campo de la medicina mente-cuerpo, y  fundadora del Commonweal Cancer Help Program en California. Es, además, una narradora talentosa y la autora de dos libros profundamente personales: Kitchen Table Wisdom (Sabiduría alrededor de la mesa de la cocina) y My Grandfather’s Blessings (Las bendiciones de mi abuelo). Los dos hablan de la diferencia entre curar y sanar, de la fortaleza que reside en la vulnerabilidad y de los mundos que se nos abren cuando nos animamos a ofrecer nuestros corazones a todo lo que experimentamos.

El fragmento que sigue, tomado del capítulo “Ser testigos”, de My Grandfather’s Blessings, habla de los límites de nuestra comprensión y de nuestro accionar, y, al mismo tiempo de nuestra capacidad infinita para extender amor y compasión.

“Una psicóloga con la que trabajo me contó esta historia. En los años ochenta, cuando ella vivía y trabajaba en Nueva York, decidió asistir a un taller profesional de dos días que consistía en la proyección de unos veinte filmes cortos de una de las últimas discípulas de Carl Jung, la gran analista de sueños Marie-Louise von Franz. Entre las proyecciones, un distinguido panel compuesto por los directores de dos importantes centros de formación junguianos, y el propio nieto de Carl Jung, respondían a preguntas escritas por el público, enviadas al escenario en tarjetas.

Una de esas tarjetas contaba la historia de un sueño horripilante, en el que el soñante era degradado y robado de su dignidad en manos de los Nazis. Un miembro del panel leyó el sueño en voz alta. Mientras escuchaba la lectura, mi colega empezó a formular en su cabeza su interpretación del sueño, anticipándose a la reacción del panel. Realmente no tenía mucho secreto, pensó, mientras elucubraba interpretaciones simbólicas de las torturas y las vejaciones narradas en el sueño. Pero esta no fue en absoluto la respuesta del panel. Cuando terminó la lectura, el nieto de Jung miró a la vasta concurrencia. “Por favor, ¿podrían ponerse de pie?”, preguntó. “Nos pararemos juntos en un momento de silencio en respuesta a este sueño.” El público se paró por un minuto. Mi colega aguardaba impacientemente la discusión que sin duda seguiría. Pero cuando volvieron a sentarse, el panel pasó a la próxima pregunta.

Mi colega no entendió en absoluto qué había ocurrido, y días más tarde le preguntó a uno de sus maestros, también analista junguiano, sus impresiones del hecho. “Ah, Lois”, dijo el hombre, “hay en la vida sufrimientos tan indecibles, vulnerabilidades tan extremas que van más allá de las palabras, más allá de las explicaciones y hasta más allá de la curación. En la cara de esta clase de sufrimiento, todo lo que podemos hacer es ser testigos, para que nadie tenga que sufrir solo.”

Quizás la voluntad de enfrentar esta vulnerabilidad compartida nos otorgue la capacidad de reparar el mundo. Es posible que aquellos que encuentren el coraje de compartir su humanidad sean capaces de bendecir a cualquiera, en cualquier parte.”

¿Y dónde está la alegría?

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“Y la alegría está en todas partes;
Está en la verde cubierta de hierba de la Tierra;
Está en la serenidad del cielo azul ;
Está en la exuberancia de la imprudente primavera;
Está en la abstinencia severa del gris invierno;
Está en la carne Viva que anima nuestra estructura corporal;
Está en el perfecto equilibrio de la figura humana, noble y justo;
Está en la Vida;
Está en el ejercicio de todos los poderes;
Está en la adquisición de Conocimiento;
en la lucha contra los males …
La alegría es allí en todas partes.”

Rabindranath Tagore

(1861-1941)