La promesa de la Nueva Era

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En su libro La llamada (de la) Nueva Era (Kairos), el español Vicente Merlo hace algo inusual: se toma en serio este movimiento tan bastardeado de la segunda mitad del siglo XX y produce un ensayo exhaustivo y profundo sobre sus causas, revelaciones y consecuencias.

Es inusual, porque si bien ha habido autores que lo han analizado antes, ninguno se ha tomado el trabajo de examinar en profundidad este colectivo de ideas, creencias, prácticas y esperanzas en su totalidad, distinguiendo las diversas corrientes que lo componen, las novedades que trae, las críticas fundadas e infundadas que se le han dirigido, y lo que permanece en pie de todo ello en nuestros días.

En un acto de honestidad intelectual, Merlo comienza por relatar su propio derrotero espiritual. Su paso por la facultad de Filosofía (de donde emergió con un doctorado), su iniciación a la vida intelectual de la mano del freudo-marxismo en una época rica en convulsiones sociales y políticas (1973-1975); el descubrimiento de la meditación, sus primeras incursiones en el esoterismo occidental de la mano de Antonio Blay y luego Jean Klein), su viaje iniciático a la India en los 80. Allí se quedaría dos años, residiendo en el ashram de Sri Aurobindo en Pondicherry, y crecería su devoción por el misticismo oriental en general y el de Aurobindo y la Madre (su compañera espiritual, Mirra Alfassa), en particular.

La decena de libros publicados por Merlo –Las enseñanzas de Sri Aurobindo, 1998, Simbolismo en el arte hindú, 1999; La autoluminosidad del atman, 2001 y La fascinación de Oriente, 2002, entre ellos- reflejan estas pasiones, y la erudición que desarrolló en torno de cada una de ellas.

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En La llamada (de la) Nueva Era, dedica largos y sesudos capítulos a estas vertientes, así como a la Teosofía (de Helena Blavatsky sus seguidores) y otras fuentes del esoterismo occidental (Rudolf Steiner, Alice Bailey) sin perder de vista la visión del colectivo que el libro aborda: ¿qué es la Nueva Era? ¿Por qué ha sido criticada tan duramente? ¿Qué queda en pie de sus postulados originales, y cuáles cayeron por su propio peso?

Enumera, así, sus principales características: el legado de la contracultura de los 60, con su postura radicalmente anti-establishment, que en la New Age se vería reflejado en el rechazo de las instituciones y las tradiciones religiosas; la inclinación al sincretismo, producto de las convergencia de Oriente y Occidente y el encuentro de los sectores místicos de las distintas religiones; el ideario progresista, ecologista, feminista, libertario y pacifista; la propensión por la expresividad y la creatividad individual, y la creencia de que el ser humano es intrínsecamente bueno y capaz de transformarse en la mejor versión de sí mismo. En marcado contraste con sus derivaciones posteriores, en sus albores la Nueva Era postulaba todo esto como un cambio global y colectivo. La salvación vendría únicamente de la comprensión de la unidad esencial de los seres humanos, y de su filiación con el planeta que habitan.

Antes de que se acuñara el término “La Nueva Era”, se habló de la Era de Acuario. Si bien los astrólogos nunca se pusieron de acuerdo en un calendario que demarcara cuándo comenzaba la era correspondiente a un signo y terminaba otro, en términos generales el signo de Acuario se asocia con el humanismo, el idealismo, la intuición, la rebelión y el inconformismo, rasgos todos que se pusieron de relieve en las décadas en cuestión, alimentando la ilusión de que un pródigo nuevo capítulo comenzaba a escribirse entre los humanos.

Curiosamente, en el mismo período en que se expandían estas tendencias -de los sesenta a los noventa-, cobraban fuerza paralelamente los movimientos fundamentalistas e integristas en las distintas religiones. El cristianismo, el judaísmo, el Islam, y en menor medida el hinduísmo y el shintoísmo vieron crecer en su seno corrientes que predicaban la re-sacralización de la vida cotidiana. Señala Merlo la paradoja: no era muy distinto lo que pretendían los adherentes de la Nueva Era; sólo que si los fundamentalistas buscaban esa re-sacralización en el retorno a las antiguas tradiciones y los textos de su fe, los new agers lo hacían, por el contrario, apelando a lo nuevo: nuevas revelaciones, canalización de inéditos mensajes divinos y la defensa de la autoridad espiritual interior por encima de cualquier institución.

Merlo también pasa revista al punto de encuentro que existió entre el ideario de la Nueva Era y ciertos sectores de la biología y la física, como Fritjof Capra (con su Tao de la Física), el paradigma holográfico, la hipótesis Gaia (el planeta como ser viviente) de James Lovelock, los campos morfogenéticos de Rupert Sheldrake, y más recientemente, el acercamiento a la física cuántica (aunque la ciencia oficial se queje de que este paralelismo haya sido forzado y tergiversado).

Pero quizás la distinción más interesante que hace Merlo es la de “las tres dimensiones constitutivas de la Nueva Era”: la dimensión oriental, la dimensión psico-terapéutica, y la dimensión esotérica. 

Respecto de la primera, narra el arribo de la espiritualidad de Oriente a Occidente, en sus muchas formas -yoga, tantra, meditación transcendental, Zen, Vedanta, en menor medida taoísmo- y con sus muchas caras: Swami Vivekananda, Swami Muktananda, Paramahansa Yogananda, Osho, Sai Baba, Maharishi Mahesh Yogi,  D.T. Suzuki, Thich Nhat Hanh y Chogyam Trungpa, más los divulgadores occidentales como Alan Watts, Aldous Huxley y Ram Dass. Además de describir el contexto en que fue apareciendo cada uno, da cuenta de cómo la idealización inicial por la mística oriental en los 60 dio lugar en muchos casos a un sincretismo maduro y conducente.

Al analizar la segunda dimensión, Merlo recuerda a los precursores -William James, Carl Gustav Jung y Roberto Assagioli-, recorre el nacimiento de importantes escuelas psicológicas como el movimiento de potencial humano y la psicología transpersonal, y en sus cultores: Fritz Perls, Abraham Maslow, Carl Rogers, Gregory Bateson, Roger Walsh, Ida Rolf, entre otros; la creación del Esalen Institute en 1962, un hito de tal magnitud que muchos lo consideran el verdadero comienzo de la Nueva Era. No pasa por alto el impacto de estas ideas en la salud, con el boom de las terapias alternativas (homeopatía, acupuntura, fitoterapia, flores de Bach, musicoterapia, curaciones chamánicas, terapia de la polaridad y de vidas pasadas); en todos los casos subyacía una nueva visión que contraponía a la perspectiva mecanicista, que busca curar la enfermedad, una mirada holística, que pretende entender su sentido en el marco de la persona. Cada una a su modo, todas estas terapias procuraban unir psicología con espiritualidad. En términos de algunos autores, lo que se produjo con estas corrientes fue “la sacralización de la psicología y la psicologización de la espiritualidad”. 

Por fin, recala en los desarrollos y exploraciones de Stanislav Grof y Ken Wilber, quien suelen enmarcarse en el paradigma de la psicología transpersonal, aunque éste último eligió eventualmente deslindarse de ella y crear la psicología integral. Sin que sea el propósito reproducir aquí el extenso análisis que hace de la obra de ambos, debe quedar claro que Merlo se encarga de destacar la seriedad de estas investigaciones, y el esfuerzo por lograr una síntesis nueva y auténtica de los conocimientos diversos que confluían en ese momento.

Así y todo, no obvia algunas críticas lapidarias que hace el mismo Wilber a la Nueva Era, de la que claramente no se siente deudor, como la siguiente:

“Como tales, la mayoría de los movimientos de la Nueva Era no incluyen la visión racional del mundo de forma que pueda ser trascendida e incluida; más bien, la mayoría de ellos acaban retrocediendo a distintas formas de imperialismo mítico (incluso, magia tribal). Estos movimientos destacan la autorrealización, que con frecuencia se reduce a egoísmo mágico; y este narcicismo mágico ha sido trabajado y convertido en una mitología de la transformación mundial que apenas esconde su tendencia imperialista.”

Merlo considera que esta crítica se dirige en realidad a la así llamada “ala de prosperidad y abundancia” de la Nueva Era, un desarrollo tardío que se basa en la idea que la prosperidad económica sería una legítima manifestación del espíritu y un indicio de armonía con el universo.

La tercera dimensión que analiza el autor deriva de las ideas teosóficas y posteosóficas, y se lleva la mayor parte, ya que (como anticipa al comienzo) es el centro del interés personal del autor. Desfilan en estas páginas los aportes de H.P. Blavastky, Annie Besant, Alice Bailey, Alistair Crowley y muchos más. Analiza los antecedentes rosacruces, antroposóficos y de otras escuelas, y remite a exponentes modernos del esoterismo occidental como David Spangler (el teórico de la comunidad escocesa de Findhorn, que según sus propulsores habría sido creada con ayuda de los devas y espíritus protectores de la naturaleza), y al ya mencionado Vicente Beltrán, entre otros. Hay lugar también para las canalizaciones más reconocidas, como la del Curso de Milagros, las de OMnia (las que más lo impactaron personalmente), las visiones de Edgar Cayce, la creencia en los Maestros Ascendidos y la Fraternidad planetaria, y desarrollos terapéuticos como el Pathwork (canalizados por Eva Pierrakos), y el Rebirthing de Leonard Orr.

Como un desarrollo nuevo, menciona lo que algunos están dando a llamar el “Next Age”,  con génesis en Italia. Esta corriente se habría iniciado con el fracaso de las esperanzas milenaristas, que hizo que todos los cañones apuntaran de pronto al mejoramiento del individuo. Esta corriente se nutriría básicamente de autores provenientes del Pensamiento Positivo y de la Auto-Ayuda (menciona entre ellos a Anthony Robbins, Paulo Coehlo y James Redfield), y ya no incluiría la aspiración a la iluminación colectiva de la que se nutría el paradigma anterior.

El final del libro es una defensa de la Nueva Era contra las críticas más importantes a las que ha sido sometida: desde el racionalismo moderno-ilustrado, el protestantismo evangélico, el esoterismo tradicionalista-perennialista y el catolicismo vaticanista.

Más allá de la opinión que merezca a cada uno las corrientes analizadas, la obra de Merlo impacta por su alcance y conmueve por su evidente interés en desentrañar y salvar del escarnio a un cúmulo de ideales que dejaron huella y que siguen siendo, para muchos, artículo de fe, motivación, aspiración y norte.

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