La vida te da sorpresas

Todos caemos, alguna vez, en esta confusión: creer que si uno estudia lo suficiente, lee lo suficiente, cultiva las prácticas justas y piensa los pensamientos correctos, podrá desprenderse, algún día, de sus antiguos defectos, sus dudas e inseguridades, su humilde humanidad. Los verdaderos maestros saben que no es así, y lo dicen con todas las letras. El camino de la espiritualidad no lleva a trascenderlo todo; trascenderlo todo, de hecho, se parece un poco a la muerte. No. Llegaremos al final con nuestra humanidad a cuestas. Más dócil quizás, más blanda y menos defendida, más firme allí donde hubo magullones, más habitada y genuinamente nuestra. 

Pero si el camino espiritual nos depara alguna sorpresa, seguramente sea ésta que expresa el amado verso de T.S. Eliot: el misterio del fin que se parece tanto al comienzo, pero guarda en sí un mundo de diferencia.

verso T.S. Eliot

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La aventura más osada

Tantas vías de escape, tantas distracciones, tantos caminos que se abren y convocan a cada paso. Qué fácil es dejarse llevar por alguno de ellos y entender que el desafío es el próximo logro, la conquista que permanece esquiva, el mérito que nos traerá, al fin, la paz deseada.

Libros por escribir, ideas por parir, un mundo que espera ser moldeado por nuestras ansiosas manos; todo el hacer, todo el apuro, aguardando nuestro próximo paso.

Pero en la tarde otoñal, una escena familiar pequeña y cotidiana basta para romper el hechizo. El corazón se apaciga, la mirada se aquieta. Y en lugar de hacer, soltamos. En vez de perseguir, recibimos. En tren de partir, arribamos.

Las verdaderas aventuras llaman en susurros y no siempre llevan lejos. Pero esconden un  secreto, premio de amantes y esperanzados: en los confines de esa sencillez, todas las conquistas, todo el mérito. 

Chesterton

El camino de vuelta a casa

path III

Pasamos nuestros días tan enfrascados en nuestras cabezas, que el más simple movimiento hacia el corazón basta a veces para generar una pequeña revolución interna. Aquello que nos molestaba o nos irritaba, las preocupaciones que enturbiaban la paz del ego, las diferencias de apariencia insalvable que nos separaban de otros, todo se disuelve como hielo bajo el sol cuando logramos recuperar el lenguaje de la gratitud, la mirada del asombro.

Todas las tradiciones de sabiduría enseñan prácticas y métodos para ayudarnos a zanjar esa brecha. Pero lo curioso es que el portal a esa dimensión de la intimidad nunca queda lejos: el pájaro que nos roza con su vuelo, las hojas que se desprenden con el viento, la mirada alzada al cielo alcanza para sacudirnos la ilusión y despertarnos. Mirar a otro, verdaderamente mirarlo, como si en sus ojos buscásemos el secreto último de la vida, es otro camino seguro. Escribir, pintar, bailar, cocinar, los mil y un caminos que nos ponen a disposición, como si abriéramos las manos para recibir un regalo.

Poco importa si vivimos en una ciudad atestada de autos, o en la remota cumbre de la montaña: el camino de vuelta nos pertenece. Ejercer esa gracia, al menos un instante cada día, puede que sea nuestra ambición más alta.

F.F.