Espacio interior

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¿Cuántas veces nos pasa que un hecho fortuito, de apariencia insignificante, se lleva nuestro buen ánimo puesto como un vendabal en el desierto? A veces el hecho en cuestión resulta tener, al fin, su trascendencia, y (en tantas) otras ocasiones no; el tiempo y su luz implacable lo revela como lo que verdaderamente fue: una preocupación innecesaria, un temor por reflejo o por costumbre, una magulladura del ego que duró lo que duró, hasta que algún resquicio de eternidad vino a nuestro rescate.

En esos momentos, conviene tener a mano un concepto que los budistas conocen bien, y que a los occidentales nos resulta ajeno casi por completo. Me refiero al “espacio interior”, que también podría traducirse como “espaciosidad”, si no fuera un término tan aparatoso. ¿De qué hablamos cuando hablamos de espacio interior? La ecuanimidad -la capacidad para enfrentar los sucesos positivos y negativos de la vida sin perder el centro- se le asemeja bastante. Pero este concepto suma, valga la redundancia, un componente espacial, visual casi, y esto ayuda a encarnarlo en el aquí y ahora, y a darle un elemento casi sensorial.

Habitar ese espacio interior significa saberse vasto, generoso de proporciones, capaz de abarcar “los mil gozos y las mil penurias” de las que hablan los textos budistas, sin perder la paciencia, el amor, la compasión por uno mismo y por el esfuerzo que hacemos para enfrentar las cosas que nos acontecen sin perder el norte.

¿Equivale esto a tomar distancia de los acontecimientos difíciles? No precisamente. Tomar distancia sería, de algún modo, negar esos hechos, separarnos de ellos, desconocer su importancia, su alcance emocional, su impacto. Vivenciar el espacio interior, en cambio, nos invita a reconocerlos en toda su magnitud, a aceptar el dolor que nos provocan, a entregarnos incluso a ese dolor por el tiempo que sea necesario, sin apegarnos a él.

Para poder vislumbrar ese espacio, es necesario que podamos observar, con amoroso discernimiento, aquella voz pequeñita (que a veces suena a muchas voces, incluso a tumulto) que nos representa ante el mundo, y al mundo ante nosotros, cada día. Esa voz que se queja y se lamenta, que hace planes y se entusiasma, que dice y se desdice, que opina y sermonea; la que está, a veces, en franco desacuerdo consigo misma. Si logramos, por un momento, desapegarnos de aquella voz, para percibir al oyente silencioso y pacífico que le hace de audiencia, habremos entrado en la antesala del gran espacio. Si por medio de la meditación, la oración, la jardinería u otras artes, logramos pasar ratos más o menos prolongados codo a codo con ese testigo sereno y omnipresente, habremos logrado alquilarnos un cuartito de espacio interior propio, con vista a la inmensidad.

Lo prodigioso de esta morada es que, una vez que nos enteramos de su existencia, se vuelve cada vez más fácil desandar nuestros propios pasos, y salir de cualquier entuerto para llegar a ella. Su propio fulgor nos convoca, y apenas nos perdemos en el ruido, apenas nos enrredamos en algún pensamiento fútil, su llamado de sirena nos va atrayendo, como silbando bajito, de vuelta a su regazo.

Dicho esto, cabe aclarar que, como con todos los vínculos que preciamos, el único reaseguro es el amor. “El tiempo que has perdido con tu rosa hace que tu rosa sea tan importante”, decía el Principito. Si pasamos tiempo en ese espacio, si lo buscamos y lo cultivamos, si lo amamos con la incondicionalidad que es el reflejo de su propia esencia, estará cada vez a nuestra disposición para abarcar a conciencia todas nuestras pequeñeces.

En “Loving-kindness. The Revolutionary Art of Happiness” (Amor universal. El arte revolucionario de la felicidad), Sharon Salzberg cuenta un poquito más de qué se trata esta dimensión de nuestro ser. Aquí, un fragmento:

“Albert Einstein dijo: ‘La división del átomo ha cambiado todo, excepto cómo pensamos.’ Cómo pensamos, cómo vemos nuestras vidas, es fundamental, y el grado de amor que manifestamos define el grado de espacio interior y la libertad que podemos darle a los acontecimientos de la vida.

Imagina un vaso de agua muy pequeño, al que le agregamos una cucharadita de sal. Por el tamaño pequeño del contenedor, esa cucharadita de sal va a tener un impacto muy grande sobre ese agua. Por el contrario, si tomamos un cuerpo de agua mucho mayor, como un lago, y le agregamos esa misma cucharadita de agua, no tendrá un impacto tan intenso por la vastedad y la apertura del vehículo que la contiene.

Nos pasamos mucho tiempo en la vida procurando una sensación de seguridad o protección; intentamos controlar la cantidad de sal que la vida nos arroja. Irónicamente, la sal es precisamente la cosa que no podemos afectar en absoluto, ya que la vida cambia y nos ofrece todo el tiempo alegrías y penurias. Nuestra verdadera tarea es crear un contenedor tan inmenso que cualquier cantidad de sal, aunque sea un camión repleto, pueda penetrar en él sin afectar nuestra capacidad para recibirlo. En ese caso ninguna situación, por más extrema que sea, causará una reacción obligada.”

F.F.

El cuarto portal

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Todos sabemos que las palabras tienen poder. Poder para alegrarnos, poder para lastimarnos, poder para adormecernos y poder para despertarnos. Tienen poder sobre nosotros las palabras que emiten otros, y también lo tienen las que nos dirigimos a nosotros mismos.

En la tradición budista, el hablar correcto forma parte del sila, o conducta ética, que a su vez es el tercer elemento del noble camino óctuple, que lleva al cese del sufrimiento. ¿Qué involucra ese “hablar correcto”? Hablar con la verdad, hablar con ánimo de no dañar y si es posible de ayudar, hablar con el corazón. Dice Jack Kornfield, autor de valiosos libros sobre el budismo y la meditación: “Si queremos hacer el bien, éste debe estar presente en las las palabras que decimos a las personas con las que vivimos, a las personas que nos cruzamos en la calle, a las personas con las que interactuamos en los negocios, a las personas con las que trabajamos. Si queremos evitar la guerra nuclear, debemos prestar atención a lo que decimos, prestar atención a si las palabras que decimos están conectadas con nuestro corazón, a cuándo no lo están, y a qué está ocurriendo cuando no lo están”.

A veces es el miedo el que nos lleva a guardarnos la palabra justa y necesaria: miedo a exponernos, a decir demasiado, a mostrarnos débiles o arrogantes, a equivocarnos. Y otras veces, por el contrario, la ansiedad y el temor nos llevan a hablar por demás, tapando los silencios incómodos que nos obligarían a mirar para adentro, a desnudarnos ante nosotros mismos, a entender más y mejor.

Cuenta Joseph Goldstein, profesor de meditación Vipassana, que una vez se propuso pasar un mes sin participar en ninguna instancia de “chismes”: no hablar ni una palabra sobre terceros en su ausencia, ni siquiera para decir algo positivo. Para su gran sorpresa, pronto advirtió que de ese modo perdía el 90 por ciento de su discurso.

¿Cómo saber cuándo hablamos desde el corazón? A veces alcanza con detenernos en medio de una conversación, conectar con nosotros mismos por un instante, y preguntarnos qué es lo que realmente queremos decir en ese momento. No lo que sale automáticamente, no la respuesta de rigor, la más ingeniosa, inteligente o simpática, sino aquella que desde nuestras profundidades pide ser dicha.

Ante la duda, cabe evocar aquella antigua máxima Sufí, que no ha perdido ni un ápice de su sabiduría con el correr de los siglos.

Dice así:

“Antes de hablar, deja que tus palabras atraviesen tres portales:

Ante el primer portal, pregúntate: ¿Es verdad?

Ante el segundo: ¿es necesario?

Ante el tercero: ¿es provechoso?”

Y hasta podríamos agregar un cuarto portal, a modo de profundización del tercero:

“¿Es amoroso?”

Allí estaremos golpeando las puertas del único juez capaz de responder con veracidad y conocimiento de causa: el antiguo y certero corazón.

F.F.