Todo lo que es sí

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Dios mío, te doy gracias por este asombroso día:
por los saltarines espíritus verdes de los árboles
y por el sueño azul del cielo;
y por todo lo que es natural que es infinito que es sí.

(yo que he muerto estoy vivo hoy de nuevo,
éste es el cumpleaños del sol;
es el día en que nace la vida y el amor y las alas;
y del alegre gran suceso ilimitablemente la tierra)

¿cómo podría saboreando tocando oyendo viendo respirando
cualquier humano simple ser — creado desde el no de toda nada-
dudar del Tú inimaginable?

(ahora los oídos de mis oídos despiertan
y ahora los ojos de mis ojos están abiertos)

e.e. cummings

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La piedra de la mujer sabia

grandmother-and-cat-miyoko-ihara-fukumaru-2 Una mujer sabia que caminaba por las montañas encontró una piedra preciosa en un arroyo. Al día siguiente se topó con otro viajante que parecía hambriento, y la mujer sabia abrió su bolsa para ofrecerle alimento. El viajante hambriento vio la piedra preciosa, y le pidió a la mujer que se la diera. Ella lo hizo sin dudar.

El viajante siguió su camino, alegrándose de su buena fortuna. Sabía que esa piedra valía tanto como para mantenerlo cómodo y seguro por el resto de su vida. Pero unos días más tarde volvió en busca de la anciana.

“He estado pensando”, le dijo. “Sé cuán valiosa es esta piedra, pero se la devuelvo con la esperanza de que me dé algo aún más valioso: por favor, deme aquello que posee que hizo posible que me diera esta piedra.”

Autor desconocido.

Foto: Miyoko Ihara.

El mejor regalo

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Que tu día esté impregnado de belleza. No solo la belleza del mundo que nos rodea, todo vestido por estos días de brotes y promesas, sino también de la belleza de tus intenciones, tus palabras, tus acciones.

¿Qué mejor que volcar en el mundo, con libertad y disfrute, esa porción de lo sagrado de la que sos custodio? Compartirla es mutiplicarla: regalá belleza!

F.F.

Arquetipos: los personajes que nos habitan

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Quizás alguna vez fue necesario ser dócil y complaciente; hay infancias que lo exigen como método de supervivencia. Quizás, para otros, fue inteligente esconder lo que sentían bajo una coraza de inmutabilidad. Acaso uno debió ser adulto antes de tiempo. O, por el contrario, tuvo que entregarse a una inocencia forzosa de ojos que no ven, corazón que no siente.

Todas estas opciones -estas formas de ser que nos habitan, estos arquetipos– han sido, sin duda, fieles compañeros de camino. Pero es probable que hoy, como ropas que ya quedan chicas o disfraces que no nos representan, limiten nuestros movimientos y constriñan nuestra energía. En algún momento, la inmutabilidad que nos ayudó a llegar enteros a la madurez se erigió en una armadura que nos roba la alegría. La docilidad que nos aseguró el amor materno nos volvió débiles, incapaces de expresar nuestros deseos y resguardar nuestro espacio. La adultez prematura dejó goces vitales por el camino. La inocencia forzosa nos impidió echar sólidas raíces. Cuando esto ocurre, es tiempo de rever esos mitos fundantes y descubrir cuánto de nosotros encarnan verdaderamente.

A no engañarse: no es tarea fácil. Por su propia naturaleza, un arquetipo se lleva como una segunda piel, sin la distancia necesaria para reconocerlo como tal. Pero siempre hay pistas. A veces son los otros los que nos señalan que un comportamiento se ha vuelto obsesivo o anquilosado, que no sirve a nuestros mejores intereses, o, incluso, que no parece genuino sino heredado de alguna situación antigua, o aceptado como mandato.

Tomemos como ejemplo un arquetipo muy frecuente entre las mujeres (aunque de ningún modo exclusivo de ellas): el de la ayudadora compulsiva, representado en el Eneagrama (antiguo sistema de clasificación de personalidades) por el eneatipo 2. Estas personas van por la vida adoptando (muchas veces, en sus vínculos amorosos) “almas necesitadas”, que son expertas en detectar, y establecen así un vínculo de mutua satisfacción: ellas hacen por ellos (o por otras “ellas”); ellos dejan hacer. (Los segundos, seguramente, estarán encarnando a su vez un arquetipo que les es familiar: el que los representa como dependientes y incapaces de ocuparse de sus propias vidas.) Como todo mito fundante, la cualidad esencial que encarna el rol del ayudador es real, legítima y valiosa: dar cuidado, servicio, ternura y amor. Pero también es prerrogativa de los arquetipos “tomar” a la persona al punto de convertirla en una caricatura de sí misma. Entonces se pierde toda noción de intercambio, y la “ayudadora” pasa a ser una dadora universal en todo ámbito y circunstancia, a expensas de sus necesidades, autonomía y a veces de su propia salud.

Otro ejemplo (algo más prevalente entre los hombres), es el de la persona que, por falencias afectivas de la infancia, se construye un bastión de autosuficiencia y impermeabilidad al dolor. Este puede ser un mito altamente funcional durante muchos años. Pero llegado el momento de establecer un vínculo de pareja, por ejemplo, se resquebraja y hace agua con cada intercambio.

A veces el mito fundante no se erige tanto en una forma de ser sino en la pertenencia a una institución, como, por ejemplo, el de la familia y el matrimonio. Si ese marco contenedor ha sido el norte y fin último de toda una vida, una crisis conyugal amenazará con poner fin, no a una historia de pareja, sino a la propia existencia.

Hasta que las personas logran reconocer a sus arquetipos por lo que son, viven convencidos de que ellos “son” así, del mismo modo en que tienen determinada altura y cierto color de ojos, y que no hay nada que puedan hacer al respecto. Por supuesto, subterráneamente siempre hay voces de descontento que buscan hacerse oír. Si son escuchadas, la aparición de un nuevo mito será suave y paulatina; si no, tendrá la forma de un motín a bordo.

Decía Joseph Campbell: “Los mitos no son correctos o equivocados; funcionan o no funcionan”. ¿Cuál es el ocaso deseable de un mito que ya no funciona? Ser subsumido e incluido en un nuevo mito más coherente con la nueva realidad. Pero siempre, primero, el viejo y el nuevo mito entrarán en tensión. En esa instancia, lo ideal es poder establecer un diálogo entre ambos que ayude a generar una síntesis genuina.

En este proceso puede ser muy útil la escritura: registrar las vivencias, conflictos y tensiones que van apareciendo, invitando a las distintas voces que a uno lo habitan a desplegarse y dialogar en el papel.

Otra manera de percibir al viejo mito es escucharse, prestando especial atención a declaraciones del estilo de “Yo soy culposa”, “Soy incapaz de poner límites”, “La intimidad no es lo mío”… Esas expresiones tajantes de identidad pueden dar lugar a la pregunta: “¿Por qué soy culposa?” “¿En qué me ha beneficiado, hasta ahora, la incapacidad de poner límites?” “¿Qué es lo me tanto me cuesta de la intimidad?”

Si nos animamos a explorar esos antiguos guiones que viven en nosotros, nos sorprenderemos al comprobar que son nada más que eso: guiones. La vida es una larga historia que contamos a los demás y a nosotros mismos. Si perdemos el miedo de reescribirla todas las veces que sea necesario, lograremos hacer, de cada momento, la expresión más honda y más genuina de quienes somos. Y esto se parece bastante a la libertad.

Fabiana Fondevila

Ilustración: patwasi.

Una gran sinfonía

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¿Alguna vez tuviste la sensación de que tu vida se va escribiendo sola, casi sin tu intervención, y que los puertos de destino (aun sin conocerlos) parecen haber estado prefijados en algún mapa invisible?

Tras investigar los mitos ancestrales de la humanidad, y observar el desarrollo de tantas vidas, Joseph Campbell advirtió lo mismo. Así lo cuenta en sus diálogos con el periodista Bill Moyers, reunidos en el libro “El poder del mito”:

“En su espléndido ensayo titulado Sobre la aparente intención en el destino de un individuo, Schopenhauer señala, que cuando uno llega a una edad avanzada y mira hacia atrás, su vida parece haber tenido un orden y un plan consistente, como si hubiera sido compuesta por un novelista. Sucesos que al ocurrir parecieron accidentales y de poca importancia resultan haber sido factores indispensables en la composición de una trama consistente. ¿Quién compuso esa trama? Schopenhauer sugiere que, así como nuestros sueños son compuestos por un aspecto de uno mismo del que la propia consciencia no tiene noticias, así también, nuestra vida entera es compuesta por una voluntad oculta en nuestro interior. Y así como personas que conociste de manera aparentemente accidental terminaron por convertirse en agentes protagónicos de tu vida, vos también habrás servido sin saberlo como agente, brindando sentido a las vidas de otros. Todo se engrana como una gran sinfonía, con cad cosa estructurando inconscientemente todo lo demás. Schopenhauer concluye que es como si nuestras vidas fueran las distintas pinceladas del gran sueño de un gran soñador, en el que todos los soñantes sueñan a su vez; de forma que todo está vinculado, movido por la gran voluntad de vivir que es la voluntad universal de la naturaleza.

Es una idea magnífica, una idea que aparece en la India con la imagen mítica de la Red de Indra, que es una red de gemas en la que, en cada hilo que se entrecruza con otro, hay una gema que refleja a todas las demás gemas. Todo nace en relación mutua con todo lo demás, de manera que uno no puede culpar a nadie por nada. Es como si hubiera una única intención detrás de todo, que siempre tiene una suerte de sentido, aunque ninguno de nosotros sepa cuál es ese sentido, ni haya vivido exactamente la vida que tenía planeada.”

¿Cuál podría ser ese argumento que tu vida ha ido dibujando, mientras te ocupabas diligentemente de tantas otras cosas? ¿Quiénes fueron los agentes protagónicos de ese destino que aguardaba para sorprenderte?

¿Qué clase de mito has sido dibujando, y cuál espera aun tu atención para desplegarse a pleno?

Puede que los grandes mitos universales se hayan resquebrajado bajo el peso de la modernidad, el choque de culturas, la visión cientificista de la vida. Pero a un nivel profundo, subterráneo, seguimos siendo animales míticos. La diferencia está en que los mitos son hoy, en gran medida, íntimos y personales.

Y así como hay una trama invisible, en la que todo ocurre como por designio, es posible conectar conscientemente con la trama, y tocar las cuerdas que más nos representan. De una forma u otra, construiremos un mito. Podemos elegir encarnar el mito heredado de nuestros padres, de las vivencias de la infancia, de “lo que se espera de nosotros” según nuestras coordenadas geográficas y culturales. O podemos atravernos a escuchar otra melodía, o incluso a descubrirla, operando calladamente en nuestras vidas, y dibujar una historia de misterio donde solo había rutina, o una épica de amor o aventura donde se preanunciaba recato y monotonía. “Sigue tu pasión”, aconsejaba Campbell. Que es otra forma de decir: elige la verdadera trama de tu vida.

Fabiana Fondevila

Ilustración: patwasi

Taller de escritura y mitología personal

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Invito a quien le interese explorar en los elementos míticos de su historia a un taller de escritura que brindaré a partir del miércoles 11 de septiembre en La Posada del Té, en Martínez (www.laposadadelte.com.ar).

El taller consta de seis encuentros, en los que trabajaremos con diversas técnicas para evocar la trama de historias y móviles inconscientes que han dado forma a quienes somos. El medio principal de exploración será la escritura. Aunque no se trata de un taller literario per ser, sabremos reconocer y cultivar la dimensión estética y poética que envuelve nuestros recuerdos, imágenes, ensoñaciones y pensamientos.

Además del taller, estaré publicando en los próximos días artículos que abordarán distintos aspectos de esta temática rica y profunda. Espero que los disfruten, y me encantará leer en los comentarios sus propias reflexiones y vivencias al respecto.

Los espero!

¿Qué es la mitología personal?

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Con su habitual humor, Joseph Campbell alguna vez definió al mito como “la religión de otras personas”. Por supuesto, para el gran mitólogo de la humanidad, los mitos eran mucho más que esto, y así lo dejó en claro en obras titánicas como “El héroe de las mil caras”, “Las máscaras de Dios” y el “El poder del mito”.

En sus escritos explora los mitos de cada cultura, enumera sus funciones, subraya su importancia en la vida de las personas, recuerda lo que ocurre cuando un mito reinante pierde vigencia y vitalidad. Una definición se enfoca en lo psicológico y dice: “Las ideas mitológicas son las imágenes a través de las cuales la conciencia toma contacto con el Inconsciente”.

Estas imágenes no pasan por la razón: nos hablan a través de sueños, intuiciones, impulsos irreprimibles, llamados a emprender aventuras que nos alejan decididamente de lo conocido. Por esta razón, cuando una persona pierde sus imágenes mitológicas se desconecta de su ser más íntimo, y sufre una sensación de ansiedad, vacío, desánimo y desarraigo.

Campbell no fue el primero en escribir sobre la importancia de conocer el mito que guía nuestras vidas.  En su autobiografía, Carl G. Jung cuenta que cuando terminó de escribir  “Símbolos de transformación”, le surgió una importante inquietud. En sus propias palabras: “Apenas concluí el manuscrito,  me di cuenta de lo que significaba vivir con un mito, y lo que significaba vivir sin uno…”. Acto seguido se preguntó cuál era el mito por el que él, personalmente, estaba viviendo, y tuvo que admitir que no lo sabía. “Por lo tanto, de la manera más natural, me propuse conocer mi propio mito, y consideré ésta la más importante de las tareas”, concluye el psiquiatra.

¿Qué es, entonces, un mito personal?

Así lo definen los psicólogos David Feinstein y Stanley Krippner, autores de “Tu camino mítico” y exploradores de larga data del universo psíquico: “Un mito personal es una constelación de creencias, sentimientos, imágenes y reglas –que operan mayormente de manera inconsciente- que interpretan la sensaciones, construyen nuevas explicaciones y dirigen la conducta”. Esta constelación responde a las preguntas más urgentes del ser humano: la de la identidad (¿Quién soy?), la dirección (¿A dónde voy?) y el propósito que nos guía (¿Qué me motiva?).

Si en el pasado estas preguntas hallaban respuesta unívoca en los grandes mitos de cada cultura, en nuestra sociedad fragmentada y cosmopolita, las respuestas son forzosamente personales. A excepción de quienes aún encuentran guía y sustento en las grandes religiones, el camino hoy es solitario y requiere de ajustes y revisiones permanentes. Pero aun los mitos personales deben cumplir las cuatro grandes funciones descriptas por Campbell: ayudarnos a comprender el mundo que nos rodea (función cosmológica, hoy cubierta en gran parte por la ciencia), a atravesar las etapas evolutivas de la vida (función psicológica), a establecer vínculos con la comunidad (función sociológica), y a comprender nuestro lugar en el vasto y misterioso universo (función mística o metafísica).

Hablar de “mito personal” tiene un inconveniente: da la sensación de que aquellas reglas, creencias e imágenes que guían nuestro accionar fueran un todo único e inmutable, cuando la realidad es que están en permanente tensión y movimiento. Los mitos heredados de la infancia siguen vigentes hasta la que vida nos enfrenta con situaciones que los ponen en jaque, y nos obligan a cambiarlos. Cuando no lo hacemos, e intentamos seguir viviendo de acuerdo a patrones agonizantes, la sensación es de estar desconectados de nosotros mismos, como viviendo una vida ajena.

Dice Campbell: “Muchos vivimos con mitos que pueden servirnos para toda la vida. Para esas personas, no hay ningún problema. Conocen su mito: proviene de alguna de las grandes tradiciones religiosas heredadas. Es muy posible que este mito baste para guiarlos por los caminos de la vida.

Pero hay otros en este mundo para quienes esos puntos de referencia no llevan a ninguna parte. Encontramos a estas personas, especialmente, entre alumnos universitarios, profesores, personas en las ciudades –los que los rusos llaman “la intelligentsia” (los intelectuales). Para estas personas, los antiguos patrones no convencen, por lo que, cuando llegan las crisis, no les sirven de ayuda.

Otros sienten que están viviendo de acuerdo a cierto sistema, pero en rigor no lo están. Van a la iglesia los domingos y leen la Biblia, pero los símbolos no les hablan. La fuerza que los motiva viene de otra parte.”

Campbell propone una pregunta para ayudar a develar por dónde pasa nuestro propio mito: “Si me enfrentara un día con una situación completamente catastrófica, si todo lo que amo y por lo que vivo fuera de pronto devastado, ¿para qué viviría? Si llegara a mi casa y encontrara a mi familia asesinada, mi casa en cenizas, mi carrera de golpe aniquilada por una fuerza u otra, ¿qué me sostendría? (…) ¿Qué me haría saber que puedo seguir viviendo y no simplemente desmoronarme y rendirme?”

Hay formas menos extremas de indagar en ese mar profundo del que extraemos sustento: ejercicios de escritura, trabajo con los sueños, meditaciones y reinterpretaciones artísticas de nuestra propia vida. Cualquiera sea el camino que elijamos, entablar ese diálogo nos vitaliza y despierta, recupera la energía única que brota de la fuente. De algún modo, lanzarnos a bucear en estas aguas es crear nuestra propia llamada a la aventura. Y dar, como respuesta, un sí rotundo y febril.

Fabiana Fondevila

Ilustración: patwasi