El regalo de Madiba

9215883633_9c5008e1ed_b-615x312 “Si alguna vez necesitas recordar el poder del espíritu humano, párate ante la celda de un un metro y medio por dos metros y medio de Nelson Mandela en Robben Island, la desolada prisión en la que fue el preso de máxima seguridad del régimen del Apartheid sudafricano. La cárcel de la isla yace a sólo siete millas de la bella Ciudad del Cabo, en el frío Océano Atlántico. Imagina el calor en el verano, el frío cruel en invierno, y Mandela yendo cada mañana a picar piedra, las superficies blancas de la piedra caliza reflejando el sol a toda hora y lastimando su visión para siempre. Recuerda que estuvo ahí 18 largos años, antes de pasar otros pasar otros nueve en prisiones varias del continente”. Esto recuerda Susan Collin Marks, activista del movimiento anti-Apartheid en Sudáfrica y y co-directora del Global Leadership Team, una ONG que trabaja para mediar pacíficamente en conflictos.

Y continúa: “Luego míralo el 2 de febrero de 1990, como lo vi yo -junto a otras 80.000 personas que nos reunimos en la plaza de Ciudad del Cabo para celebrar y darle la bienvenida el día en que lo liberaron. No sabíamos quién sería ni cómo se vería, porque la ley sudafricana prohibía la difusión de información alguna de las personas que el régimen tildaba de ‘prisioneros políticos’. Esperamos todo el día bajo el sol caliente, y de golpe ahí estaba, alto, fuerte, sonriente, riéndose, un hombre (de la etnia) Xhosa, los ojos bailando, y gritamos y cantamos y bailamos nuestra admiración y nuestro amor”.

¿Por qué recordar, hoy, estas palabras, cuando Nelson Mandela (Madiba, en el título honorífico otorgado por los ancianos de su clan) acaba de partir? Quizás porque es bueno recordar, en momentos dolorosos como este, que nadie que haya vivido con el corazón abierto y la frente en alto se va sin dejar rastro. Que además de la lección de valentía para rechazar racismos, discriminaciones y otras formas del odio, además de la fe y la perseverancia inimaginable de su lucha, Mandela nos deja un regalo aún más precioso. Su paso por este mundo transformó a un país, un continente, un planeta, y al hacerlo nos mostró a todos que lo imposible es posible, no por gracia de un slogan publicitario, sino por la fortaleza de un alma noble.

Era consciente de que la lucha continuaba. Así lo dice en su autobiografía, Mi larga caminata: “Luego de escalar una gran montaña, uno se entera de que hay muchos más picos por superar. Me he tomado momentos para descansar, para pescar una visión de la maravillosa vista que me rodea, para mirar hacia atrás al camino recorrido. Pero sólo puedo descansar por un momento, porque con la libertad vienen grandes responsabilidades, y no me atrevo a quedarme, porque mi larga caminata no ha terminado”.

Hoy que su caminata concluye al fin, es imposible despedirlo sin tristeza. Pero más importante es ejercer la gratitud: agradecer que haya estado, que haya sido, que haya logrado lo que logró, y que nos ofrezca a todos un espejo tan generoso en el cual mirarnos. Que un hombre con tres décadas de encarcelamiento y maltratos pudiera elegir el amor, la justicia y el compromiso como postura ante la vida, renunciando a la violencia y a la venganza, nos invita a vivir vidas más altas, inspiradas por la convicción de que siempre hay un camino mejor que se abre ante nosotros, sin importar las circunstancias. Nos recuerda, como concluye Invictus, la poesía (de William Ernest Henley) que lo amparó tantos años en la cárcel, que “No importa cuán estrecha sea la puerta, / Cuán cargada de castigos la sentencia,/ Soy el amo de mi destino: / Soy el capitán de mi alma.”

Gracias Madiba. Con gratitud y con asombro, el mundo te despide y te honra.

F.F.

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