¿Qué nos propone la primavera?

Un artículo sobre las energías peculiares que se despiertan en esta época del año, y por qué conviene acompañar consciente (y gozosamente) el proceso.

Henri Matisse: The Sheaf.

Le ocurre a los árboles, a las plantas de jardín, a los yuyos de la vereda, hasta le ocurre al pasto. ¿Y a nosotros? A nosotros también. Lo sepamos o no, algo nos llama a reverdecer en primavera. Así como el otoño nos pide soltar las hojas mustias, y el invierno nos invita a ir hacia adentro, a invertir el ciclo de la savia y nutrirnos con nuestro propio calor, la primavera viene, como una ninfa, a despertarnos. Ya pasó, dice, el frío retrocedió, la oscuridad se disipa y seguimos vivos, hora de salir a festejar!

Pero a no equivocarse: el festejo de las flores no es un suceso frívolo. No se trata sólo de vestir más liviano y abrir las ventanas para dejar entrar al sol. Lo que esta fiesta propone es más ambicioso. Esa paleta de verdes vibrantes, esos aromas que emborrachan, esa calidez que acaricia la piel –todo el despliegue del que hace alarde esta próspera madre nuestra- encierra un secreto designio: recordarnos que a nosotros, también, nos toca parir lo nuevo.

En la mitología, el espíritu de la primavera tiene muchas encarnaciones. Una es el Puer Aeternus (el niño eterno), dios de la eterna juventud. Aunque con el tiempo cobró una connotación negativa, por su asociación con aquellos hombres o mujeres que no logran soltar la adolescencia, en sus orígenes fue una figura vinculada al goce y al festejo, a la sed de aventuras y descubrimiento, a la vida en su forma más pujante y animosa. Reapareció más tarde como Dionisos, representante del éxtasis (otra energía divina que haríamos bien en recuperar e integrar a nuestras vidas), y en la figura del dios del amor, Eros. También podríamos invocar aquí a Flora, diosa de las flores, los jardines y la primavera, a quienes los romanos rendían culto con la fiesta de Floralia. Entre bailes, cantos y guirnaldas de pimpollos,  lo que celebraban en verdad era la renovación de la vida.

Hoy ya no adoramos a un panteón de dioses. Pero eso no significa que estas fuerzas ancestrales nos hayan abandonado. Siguen vivas y latiendo en nuestros cuerpos e imaginarios. Puer aun agita nuestras células con su invitación a jugar, a desafiar los límites, a salir en busca de nuevos universos. Dionisos nos incita a tirarnos sobre la tierra y absorber, de una sola bocanada, toda su humedad, sus texturas, sus olores, y volver a la vida embarrados y con cofia de pastos en el pelo. Eros nos enamora una y otra vez, si lo dejamos, asomando incluso –he aquí el regalo- en los ojos de la misma persona que nos acompaña desde siempre. ¿Y Flora? Flora desfila entre nosotros ataviada de azahares y madreselva, y siembra a su paso suspiros y recuerdos del paraíso.

Todo ha cambiado. Todo cambia siempre, pero esto nunca en forma más certera y contundente que por estos días. Basta con asomar la cabeza al balcón para dar cuenta de la enormidad de la metamorfosis.  Allí donde había troncos pelados hoy hay yemas que asoman, mañana hojas, pasado ramas. Los pájaros tejen nidos, empollan, alumbran y crían. ¿Qué dice eso de nuestro propio cometido? ¿Qué nuevas vidas se nos invita a desplegar?

Si hay sueños guardados bajo llave –un cuento por escribir, un cuadro por pintar, una idea que puja por salir, un amigo al que buscar para sanar esa vieja herida-, no hay otro tiempo mejor. El mundo renacido nos azuza, nos recuerda que nuestro ser no se agota en quienes hemos sido, quienes sabemos ser, quienes supusimos que seríamos, sino que abarca también –con idéntica convicción y aun mayor fervor- todos los que aún seremos.

Las hojas de ayer ya cayeron, abonaron la tierra y piden nueva forma. Sigamos las huellas de Puer, de Dionisos, de Eros, de Flora y unámonos al cortejo de la osadía. Es hora de reverdecer.

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