Un lugar en el mundo

IMG_3282Miriam Pösz

“Topofilia” significa amor por un determinado lugar. Generalmente, el lugar donde uno nació y se crió, pero también puede sentirse por algún espacio o paisaje que apenas se conoce, y que nos conmueve por su belleza o la emoción que despierta misteriosamente en nosotros.

Para los antiguos, hubiese resultado un concepto innecesario y redundante. ¿Cómo podría uno no sentir amor por el propio terruño? Todos los pueblos originarios conciben al lugar que los vio nacer como parte de su círculo más íntimo de pertenencia. Los Mambuti, del Congo, por ejemplo, tienen un solo nombre –“Ndura”- para aludir al bosque, al clan y a la familia. El cacique Seattle, de la etnia Suquamish, dijo en su recordado discurso (en su versión auténtica y original): “Cada parte de esta tierra es sagrada el corazón de mi pueblo. Cada colina, cada valle, cada pastura y cada surco, ha sido santificado por algún hecho triste o feliz en días remotos. Hasta las rocas, que parecen yacer mudas y muertas bajo el sol, en la costa silenciosa, se estremecen con el recuerdo de sucesos conmovedores en las vidas de mi gente.”

Para el habitante de la ciudad, puede ser difícil acercarse a este nivel de conexión, cuando el paisaje a su alrededor cambia constantemente. Donde antes hubo una panadería de barrio hoy hay un garage, donde antes vivió la vecina de toda la vida, en su casa con zaguán, hoy irrumpe un edificio de hormigón y vidrio. Puede que queden pocos hitos en pie de la topografía que conocimos y amamos de niños.

Pero aun así, el amor el lugar persiste y busca sus anclajes. Quizás la plaza, renovada pero con los recuerdos intactos, esa esquina en la que mordimos el polvo en nuestra primera vuelta en bicicleta, aquel gomero bajo cuya sombra transcurrió el primer beso.

Es triste perder el primer paisaje, pero más triste aun es no sentirse parte de lugar alguno. A veces el desarraigo se debe simplemente a un exceso de movilidad, pero más a menudo responde a un fenómeno penoso, propio de nuestros días: la amenaza de la inseguridad, que nos arranca los pies del suelo y nos deja desconectados y ajenos, recluidos en nuestros hogares como islas en un océano hostil.

Este flagelo se suma a una cosmovisión heredada de la Revolución Industrial, que nos lleva a vincularnos con los espacios que habitamos de manera automática, circunstancial y utilitaria. De esta cosmovisión nace el concepto de “no lugar”, acuñado por el antropólogo francés Marc Augé, que alude a puntos neurálgicos de la modernidad como los shoppings, los hoteles, los supermercados y los aeropertos, que de tanta transitoriedad casi no pueden considerarse sitios en un sentido verdadero.

Pero apelo entonces a una frase del poeta ecologista Wendell Berry, que forma parte de una bella poesía: “No hay lugares profanos. Solo hay lugares sagrados, lugares profanados”. ¿Será que los shoppings y los aeropuertos son simplemente eso, lugares que profanamos diariamente con nuestra indiferencia? ¿Podrían, entonces, ser distintos, si osasemos mirarlos de manera diferente, como parte indispensable de nuestras idas y venidas por el mundo? ¿Como escenarios -como sin duda lo son- de nuestras alegrías, zozobras y tristezas? ¿Será que, vistos así, demostrarían estar llenos de vida, como las piedras mudas del cacique Seattle? ¿Es posible que lugar alguno en la tierra quede separado de la vida, si no es demanera ilusoria y superficial?

Lo cierto es que la historia milenaria de la especie no se borra tan fácilmente, y donde sea que nos encontremos, algo en nosotros pide recuperar una forma distinta de convivir con el mundo. Y una parte poderosa del llamado nos pide, además, que vayamos más allá de los pisos de mármol o concreto, a recuperar el suelo verdadero, aun cuando apenas lo divisemos de tanto en tanto en alguna fisura de la vereda.

La topofilia abarca el amor por una cultura específica, pero, en sus raíces, es una atracción de naturaleza biológica. Aun los nacidos y criados en el cemento somos hijos del barro (y, más atrás, del polvo de estrellas), y ahí late nuestra filiación más profunda.

Lo recordamos cada vez que, por equivocación o por milagro, volvemos a meter manos en la tierra, y nuestras células despiertan de su largo letargo. El aroma del humus, la vida que cava surcos visibles e invisibles en el polvo, la nutrición subterránea de todos nosotros sale a nuestro encuentro en una sola bocanada, y de golpe sabemos bien quiénes somos, y a dónde pertenecemos.

Ya en el siglo pasado dijo el escritor D. H. Lawrence, con tono sombrío: “Desde un punto de vista vital, la raza humana está muriendo. Es como un gran árbol desgajado de la tierra, con sus raíces en el aire. Debemos volver a plantarnos en el universo”.

Quizás el camino de vuelta sea más sencillo de lo que pensamos. Quizás no haga falta que nos vayamos a vivir al campo o a los pocos espacios naturales que aún permanecen. Quizás alcance con recordar que todos somos indígenas de este, nuestro único planeta, que el lugar donde vivimos –sea el primero, el cuatro o el undécimo- es nuestro por fuerza del amor que nos despierta, si así lo permitimos. Que no hay inseguridad ni utilitarismo ni espacio profanado que pueda borrar nuestras huellas de la tierra ni separar nuestros ojos del cielo. Que por más cosmopolitas y ciudadanos del mundo que nos sintamos, somos siempre, al final del día, lugareños.

Después de todo, lo sabemos, siempre se vuelve al primer amor.

Fabiana Fondevila

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Cómo ser poeta

IMG_5166b                                                                                                                           Miriam Pösz

(para recordármelo)

i

Haz un lugar para sentarte.

Siéntate. Haz silencio.

Debes depender del

afecto, la lectura, el conocimiento,

la capacidad—más de cada uno

de lo que posees—inspiración,

trabajo, envejecer, paciencia,

porque la paciencia une al tiempo

con la eternidad. Cualquier lector

que guste de tus poemas,

duda de su juicio.

ii

Respira con aire no condicionado

el aire no acondicionado.

Evita el cable eléctrico.

Comunícate lentamente. Vive

una vida tri-dimensional;

mantente alejado de las pantallas.

Mantente alejado de todo

lo que oscurezca el lugar en el que está.

No existen lugares profanos;

solo existen lugares sagrados

y lugares profanados.

iii

Acepta lo que viene del silencio.

Haz lo mejor que puedas con ello.

De las pequeñas palabras que emergen

del silencio, como rezos,

dirigidos al que reza,

haz un poema que no perturbe

el silencio del cual proviene.

Wendell Berry

Recibir la noche oscura

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Llega el frío, llega la reclusión, llega la noche oscura. Intelectualmente, quizás sepamos que a partir de hoy -la noche más larga- los días lentamente vuelven a alargarse. Pero en lo inmediato, la vivencia es otra. La temperatura seguirá bajando, hasta ser, por momentos, gélida, los árboles se despojarán de las hojas que les quedan, el paisaje cambiará, invitará a pasar más tiempo adentro, hibernando. Sigue leyendo

El revés de la trama

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Fue una tarde de emociones encontradas, seguramente para muchos. La bronca y el dolor convivían con la alegría de ver a esa multitud ahí reunida, haciendo fuerza por poner fin –de una vez por todas!- a la violencia y la locura. Mujeres, hombres, niños cargados sobre los hombros, carros de bebés, pelos pintados, pancartas manuscritas, gestos de triunfo, caras sombrías; variopinta expresión de un pueblo dolido, agotado, incrédulo ante una barbarie impropia de nuestros días.

Entre la multitud, sin hacer ruido ni pedir permiso, se abría camino una joven en silla de ruedas. Varios nos dimos vuelta para ver si alguien la acompañaba. No, estaba sola. Avanzaba con determinación, a puro remo entre el mar de gente. Su presencia destacaba más que cualquier cartel el peso y la urgencia del evento.

Los adolescentes que vivían su primera marcha lo hacían con la emoción a flor de piel y una conmoción casi visible: en este país eternamente enfrentado, los adultos marchaban juntos, sin conflictos ni divisiones, encolumnados y unidos por un único fin.

Ya en la plaza, los carteles con los nombres de las mujeres asesinadas inclinaban la balanza para el lado del dolor. Costaba mirarlos; costaba más no hacerlo. Observando las fotos de las que ya no están, recordé algo que contó el Hermano David Steindl-Rast en una entrevista en Buenos Aires hace un par de años. Habiendo crecido durante la Segunda Guerra Mundial, tuvo ocasión de presenciar muchos sucesos tristes y dramáticos. Su madre, luminosa como él, le aconsejó: “Siempre que veas una catástrofe, buscá a las personas que ayudan. Donde pasa algo malo, siempre hay personas que ayudan”. Así, mi mirada hilvanaba las fotos de las víctimas con los rostros conmovidos de los que me rodeaban, pancartas en alto, pidiendo paz.

Hubo dolor, hubo bronca, pero me atrevo a decir que la emoción que predominó, ayer, entre los hombres y mujeres que marchaban, fue otra. Como el revés de una trama, como la tenacidad a toda prueba del corazón, sobrevolaba sobre las cabezas y los carteles algo parecido a la ilusión. ¿Es posible que la violencia pueda más que este “¡Basta!” fervoroso a una sola voz? ¿Es posible que los políticos y los jueces puedan hacer oídos sordos a tan categórico rechazo? ¿Es posible que la cultura no despierte, al fin, de su largo sueño machista?

Es posible, lo sabemos. Pero ayer, al menos, no había lugar para otro futuro que el que caminaba entre nosotros, un futuro en el que las voces de la compasión, la ética y la justicia le cierren una y otra vez el paso a la la ignorancia y la atrocidad; un futuro en el que la solidez de los vínculos -y las leyes que los amparan- sea la mejor defensa contra el oscurantismo de unos pocos.

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No es la primera vez que un pueblo “reza con los pies”, como tan bien lo expresó el rabino Abraham Joshua Heschel al marchar junto a Luther King por los derechos civiles de los afroamericanos en 1965. Y no será la última. Que el noble ejemplo de los que nos precedieron nos inspire a librar la batalla necesaria. Que la ilusión que ayer nos hizo fuertes nos siga guiando hoy y cada día.

El futuro que ansiamos es posible. Ni una menos. Nunca más.

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Fabiana Fondevila

Mi gratitud a Virginia Gawel por las hermosas fotos.