Recibir la noche oscura

   IMG_5675                                                                                                                                                              Miriam Pösz

Llega el frío, llega la reclusión, llega la noche oscura. Intelectualmente, quizás sepamos que a partir de hoy -la noche más larga- los días lentamente vuelven a alargarse. Pero en lo inmediato, la vivencia es otra. La temperatura seguirá bajando, hasta ser, por momentos, gélida, los árboles se despojarán de las hojas que les quedan, el paisaje cambiará, invitará a pasar más tiempo adentro, hibernando.

En las ciudades, salvo para aquellos que padecen el frío por sus trabajos o condiciones de vida, es fácil saltearse este rito de pasaje y seguir de largo, como si nada de importancia estuviera ocurriendo. Después de todo, la vida moderna está armada para que así sea: casas calefaccionadas, autos y transporte público, luz artificial en cada calle, ropa antitérmica y abrigo.

Pero ocurre que, aun con toda esta infraestructura, no logramos desentendernos del todo de la matriz que nos creó y nos sigue rondando a cada paso. No fue intrascendente, para nuestros antepasados, la llegada del invierno. Así como otros animales hibernaban o migraban, los primeros seres humanos migraron también, lucharon para resguardarse del frío, descubrieron el fuego y supieron dominarlo, fueron capaces- al fin- de echar luz en la noche oscura. Pero no dejaron de atravesarla, ni de honrarla como parte indivisible de la vida del planeta y de su propia existencia.

¿Es un regalo el frío? ¿Podrá serlo?

En el reino vegetal, no caben dudas: sabemos que las temperaturas bajas favorecen el crecimiento de plantas y frutales, nos dan la dulzura de las manzanas, de los frutos rojos (e incluso de otras frutas que llegan más tarde pero que no maduran sin mediar esos meses gélidos), que árboles y arbustos necesitan la alerta del frío para entrar en hibernación y que solo emergen del largo sueño una vez transcurrido el tiempo necesario a temperaturas suficientemente bajas.

¿Y nosotros? ¿Será que necesitamos, también, un descanso de la sensual euforia veraniega? ¿Será que sentimos, también, el impulso de replegarnos, guardar energías, soltar nuestros cansancios y generar calor con el alimento que comemos y nuestro propio fuego interno?

Si podemos desconectar por un momento de las pantallas y las luces artificiales, sentiremos que la voz tenue del invierno nos llama también, como llama a las semillas, a las hojas, a la savia que desciende, a los animales que cambian de color y refuerzan su pelaje, al pasto que demora su crecimiento y guarda fuerzas para la primavera.

Habremos perdido la brújula de muchos pasajes naturales, habremos desordenado los ciclos con nuestras intervenciones inconscientes, pero no por eso dejamos de ser parte. De a poco, guiados por algunas voces certeras, vamos redescubriendo el antiguo vecindario, la vieja y olvidada familia. Los científicos hablan por primera vez de “biofilia” -el amor por lo vivo- y recurren al término  “biomimética” para dar cuenta de que cómo la naturaleza puede, todavía, enseñarnos a resolver nuestros problemas, aun aquellos que creamos por herirla y torcer sus designios.

Aparecen nuevas disciplinas como la ecopsicología, que busca reinsertar la psiquis humana en su entorno natural, del cual nunca se escindió más que en apariencia. Se habla de la “resalvajización” de los ecosistemas, en la que se reponen especies originarias que en nuestra soberbia extirpamos (los lobos de los bosques, las ballenas de los mares), pensando que no haría diferencia, que era una mejora en el estado de cosas.

Queda una frontera aún por conquistar: “resalvajizarnos” a nosotros mismos. Redescubrirnos como parte del paisaje, sabernos tan sujetos a las mareas, los soles y las lunas como cualquier otro integrante del planeta.

“En lo salvaje está la preservación del planeta”, escribió el filósofo y poeta Henry David Thoreau. Suele citarse en forma errónea el comienzo de la frase, y mal traducirse, como “En la naturaleza salvaje está…”. Pero no es eso lo que dijo el gran naturalista –como señala la autora Mary Reynolds Thompson-. Lo que dijo, lo que quiso señalar, es tanto más profundo y atinado: hablaba de lo salvaje que nos habita, de esa chispa del fuego original que se rehúsa a apagarse, adormecerse o domesticarse.

“Salvaje” no significa aquí (como se entiende en su acepción vulgar) violento y desalmado. Significa vivo, indómito, núcleo vibrante de una trama que antecede cualquier invento. Visto de este modo, “salvaje” es en realidad una cualidad del alma. Y aunque hoy apenas la conozcamos, el hecho es que esta cualidad convive en armonía con otros cometidos, profundamente humanos,que nos convocan también por esta época del año: cobijar, reforzar los esfuerzos por abrigar a quienes pasan frío, buscar nuevas formas creativas de ser refugio, y hasta tender puentes con otros reinos, ofreciendo semillas en el balcón para ayudar a los pájaros a resistir los meses fríos.

“Salvaje” no significa obviar las bendiciones que supimos conseguir. Por el contrario: vivir el frío a conciencia nos hace más proclives a agradecer con emoción genuina esa taza de té caliente, esa hornalla que se prende con el chasquido de un fósforo, ese abrazo. De hecho, quizás no haya otra época del año que nos invite tan poderosamente a dar gracias.

Pero nada reemplaza el desafío de atravesar la noche oscura. Habrá que mirar las estrellas cara a cara, echando humo por la boca como un leve volcán, hasta sentirlo recalar en los propios huesos. Solo así honraremos el llamado del invierno, ese antiguo y certero animal.

Fabiana Fondevila

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11 comentarios en “Recibir la noche oscura

  1. ¡¡Este texto resuena en lo más profundo de mi alma!! gracias Fabiana!!! lo voy a compartir porque es una semilla que, deseo, embellezca otras almas. ¡GRACIAS!

  2. Que belleza Fabiana!!! Me gusta eso de: “el invierno, ese antiguo y certero animal” Me lo tomo prestado y prometo compartirlo. Me gusta el DESAFRIO, acabo de inventar ese término, que es el desafío de entrar consciente al frío! Te quiero y te doy la gracias, tambien te abrazo, como un rito de abrigo en este poderoso invierno!!!!

  3. hermoso y clarisimo paralelismo entre el afuera y nuestro propio procesointerno.. yo le huyo al frio.. seraque tambien le huyo al proeso determinar deadentrarme en mi propia “noche oscura“.. seracuestion de averiguarlo

  4. maravilloso y conmovedor.
    Me siento amiga del invierno y todo lo que propone…hay que ir gustàndolo de a poco, saboreàndolo, porque aunque es rudo y contundente, a su paso no queda alimaña resistiendo.Los pàjaros que hay por cientos buscando comida debajo de los àrboles se ven bañarse en la escarcha! es subrealista el cuadro!
    Elegì esta Patagonia por sus frios, por encontrar el reparo como el mayor placer frente a su rigor.Y encuentro los momentos mas gratos de creaciòn donde el color y la forma buscan eso…si…hacerse uno con los elementos naturales.Gracias por ese texto tan bello!

  5. 19 hs , domingo , anochece en traslasierra . Junto al rio , paso mis dias y mis noches , claras y oscuras . Solsticio de invierno , noche de muerte y renacimiento . Gracias por este encuentro con almas que vibran como la mia , bajo las estrellas y con los pies en tierra, al ritmo de las estaciones , el momento presente … Voy a encender la salamandra , ya hace frio !!!!

  6. Gracias, Anita y Daniela, por compartir esas vivencias tan lindas y tan propias. Un placer viajar con ustedes a sus inviernos personales. Casi que se siente la salamandra… Abrazos de solsticio para las dos!

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