El aleteo de una mariposa

IMG_2281
En el jainismo, una antigua religión de la India, el principal precepto es el de no dañar. Como esta tradición concibe a toda la vida como sagrada, la intención de no ejercer violencia (conocida como ahimsa) se extiende no solo a las personas sino a los animales, las plantas y hasta a los espíritus del agua y el aire, por lo que los santos de este linaje llevan barbijo, en un intento de no ingerir involuntariamente pequeños insectos u organismos al hablar.

Este mandato aparece también en las religiones de Occidente, en forma quizás más moderada, y llega a nuestros días con la forma de una máxima romana (reflejada en el juramento hipocrático, que pronuncian los médicos al recibirse):  “Antes que nada, no hacer daño”.

Es una aspiración noble, constitutiva de la quintaesencia de lo humano. Cualquier alma sensible ansía evitar el sufrimiento ajeno, un impulso que ya aparece en forma precoz en los bebés de menos de un año, que rompen en llanto al estar en presencia de otros niños que lloran. Tan fuerte es este mandato que, cuando lo infligimos, aun involuntariamente, el resultado es la culpa  y la emoción que conocemos como “arrepentimiento”.

A diferencia de lo que plantean algunos autores, malinterpretando a Darwin, hoy se sabe que el altruismo y la compasión son perfectamente compatibles con el impulso evolutivo, y quizás sean, incluso, el corolario más precioso del proceso hasta la fecha.

Pero aquí mi relato toma un giro diferente. Así de loable y elevada como es esta inclinación del corazón, cuando se une a ideales espirituales desmedidos, puede llevarnos por un camino riesgoso, y derivar en una suerte de trance o ilusión que elijo llamar, por falta de mejor nombre, “la trampa de la impecabilidad”. ¿En qué consiste esta trampa? En suponer que existe la opción de atravesar la vida sin dejar otra estela que la de nuestros gestos e intenciones más luminosas. En otras palabras, vivir sin hacer daño.

La verdad es que, aun albergando los mejores propósitos (y sin siquiera ocuparnos aquí de las motivaciones inconscientes que nos habitan), no nos será dado, en esta vida, ser inocuos. No lo son los leones en la sabana, los delfines en el mar, los pájaros en el aire, los microorganismos en el corazón de la tierra. La vida vive de la vida, ya lo dijo el preclaro y valiente mitólogo, Joseph Campbell. Y más allá de esta primera ley sobre la que todo se funda, hay una segunda cualidad, igual de innegociable: todo existe en permanente interconexión. Si el aleteo de una mariposa puede causar un tifón, como postula la teoría del caos, ¿qué maremotos seremos capaces de generar nosotros, con cada una de nuestras pequeñas y grandes elecciones cotidianas?

Esta intuición del efecto que causamos en el mundo es capaz de paralizar a un espíritu delicado. No es fácil trazar una línea clara que divida la sensibilidad compasiva de este otro estado anímico, más pernicioso, que se asemeja más a un retiro culposo del mundo, una inmovilidad forzosa, un abandono.

Todos lo sentimos en algún momento. El campo vincular, sobre todo, es caldo de cultivo propicio para el auto-reproche. Contestar mal porque uno está irritado, cansado o nervioso. Sucumbir a un impulso egoísta. Estar ausente o distraído con pensamientos propios cuando el otro requiere de nuestra atención. Terminar una relación. Decidir no empezarla. Ni que hablar de los daños más graves que causamos por accidente, impericia o simple y sencilla mala fortuna. Las posibilidades de herir o lastimar son infinitas, casi tanto como el deseo de no hacerlo cuando el corazón se impone y nos lleva -por momentos- a un lugar mejor.

¿Debemos intentar desterrar la culpa? Sin duda que no. Así como el miedo, es una emoción funcional y evolutiva indispensable. Nos guía, nos alerta, nos despierta a realidades que podríamos desconocer si nos moviéramos únicamente desde el auto-interés y el cuidado de lo propio.

Pero esa culpa, esa sensibilidad, debe poder convivir con una intuición igual de certera: la realidad de que nuestros esfuerzos por no dañar siempre se quedarán cortos. No está en nosotros corregir esta dimensión de la existencia, que incluye el gesto de la destrucción en sus mismas entrañas, como precondición para el resurgir de la vida.

¿Es posible conciliar, en las profundidades del corazón, nuestro impulso de socorrer al mundo del dolor, y a la vez aceptar que este arduo atributo es uno de los hilos con los que se teje la trama? ¿Podremos admitir que, así como daremos amor y fundaremos mundos con cada oportunidad que tengamos, otras tantas veces seremos conducto de energías diferentes, por el solo hecho de existir, de movernos, de respirar en este universo preñado de inquietud y de misterio?

Quizás esta sea la compasión más difícil de lograr y la más importante: sabernos parte de una danza que apenas gobernamos, actores en una obra que no llegaremos a comprender, pero de la que somos parte inescindible.

Crear-dañar-sanar. Abrazar-resistir-transformar. En ese péndulo alquímico nos movemos, aleteando como la mariposa, desatando tifones y recreando el mundo a cada paso.

Fabiana Fondevila

Foto: Miriam Pösz

Anuncios

Horizontes

cubista 1024002_

 

Ni arces ni abedules:

sauces, tipas, palos borrachos.

Ni águilas ni ruiseñores:

tordos, zorzales, horneros.

Ni mares ni montañas:

pasturas pavimentadas

en ángulo recto,

en cuadrícula.

Ni amplios horizontes,

ni pleno sol ni plena luna.

 

Pero es el hogar

el que conoce mi sombra,

y todo camino es un lento

peregrinar

hacia sus brazos.

 

Fabiana Fondevila

Fotografía: Miren Aboitiz