El aleteo de una mariposa

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En el jainismo, una antigua religión de la India, el principal precepto es el de no dañar. Como esta tradición concibe a toda la vida como sagrada, la intención de no ejercer violencia (conocida como ahimsa) se extiende no solo a las personas sino a los animales, las plantas y hasta a los espíritus del agua y el aire, por lo que los santos de este linaje llevan barbijo, en un intento de no ingerir involuntariamente pequeños insectos u organismos al hablar.

Este mandato aparece también en las religiones de Occidente, en forma quizás más moderada, y llega a nuestros días con la forma de una máxima romana (reflejada en el juramento hipocrático, que pronuncian los médicos al recibirse):  “Antes que nada, no hacer daño”.

Es una aspiración noble, constitutiva de la quintaesencia de lo humano. Cualquier alma sensible ansía evitar el sufrimiento ajeno, un impulso que ya aparece en forma precoz en los bebés de menos de un año, que rompen en llanto al estar en presencia de otros niños que lloran. Tan fuerte es este mandato que, cuando lo infligimos, aun involuntariamente, el resultado es la culpa  y la emoción que conocemos como “arrepentimiento”.

A diferencia de lo que plantean algunos autores, malinterpretando a Darwin, hoy se sabe que el altruismo y la compasión son perfectamente compatibles con el impulso evolutivo, y quizás sean, incluso, el corolario más precioso del proceso hasta la fecha.

Pero aquí mi relato toma un giro diferente. Así de loable y elevada como es esta inclinación del corazón, cuando se une a ideales espirituales desmedidos, puede llevarnos por un camino riesgoso, y derivar en una suerte de trance o ilusión que elijo llamar, por falta de mejor nombre, “la trampa de la impecabilidad”. ¿En qué consiste esta trampa? En suponer que existe la opción de atravesar la vida sin dejar otra estela que la de nuestros gestos e intenciones más luminosas. En otras palabras, vivir sin hacer daño.

La verdad es que, aun albergando los mejores propósitos (y sin siquiera ocuparnos aquí de las motivaciones inconscientes que nos habitan), no nos será dado, en esta vida, ser inocuos. No lo son los leones en la sabana, los delfines en el mar, los pájaros en el aire, los microorganismos en el corazón de la tierra. La vida vive de la vida, ya lo dijo el preclaro y valiente mitólogo, Joseph Campbell. Y más allá de esta primera ley sobre la que todo se funda, hay una segunda cualidad, igual de innegociable: todo existe en permanente interconexión. Si el aleteo de una mariposa puede causar un tifón, como postula la teoría del caos, ¿qué maremotos seremos capaces de generar nosotros, con cada una de nuestras pequeñas y grandes elecciones cotidianas?

Esta intuición del efecto que causamos en el mundo es capaz de paralizar a un espíritu delicado. No es fácil trazar una línea clara que divida la sensibilidad compasiva de este otro estado anímico, más pernicioso, que se asemeja más a un retiro culposo del mundo, una inmovilidad forzosa, un abandono.

Todos lo sentimos en algún momento. El campo vincular, sobre todo, es caldo de cultivo propicio para el auto-reproche. Contestar mal porque uno está irritado, cansado o nervioso. Sucumbir a un impulso egoísta. Estar ausente o distraído con pensamientos propios cuando el otro requiere de nuestra atención. Terminar una relación. Decidir no empezarla. Ni que hablar de los daños más graves que causamos por accidente, impericia o simple y sencilla mala fortuna. Las posibilidades de herir o lastimar son infinitas, casi tanto como el deseo de no hacerlo cuando el corazón se impone y nos lleva -por momentos- a un lugar mejor.

¿Debemos intentar desterrar la culpa? Sin duda que no. Así como el miedo, es una emoción funcional y evolutiva indispensable. Nos guía, nos alerta, nos despierta a realidades que podríamos desconocer si nos moviéramos únicamente desde el auto-interés y el cuidado de lo propio.

Pero esa culpa, esa sensibilidad, debe poder convivir con una intuición igual de certera: la realidad de que nuestros esfuerzos por no dañar siempre se quedarán cortos. No está en nosotros corregir esta dimensión de la existencia, que incluye el gesto de la destrucción en sus mismas entrañas, como precondición para el resurgir de la vida.

¿Es posible conciliar, en las profundidades del corazón, nuestro impulso de socorrer al mundo del dolor, y a la vez aceptar que este arduo atributo es uno de los hilos con los que se teje la trama? ¿Podremos admitir que, así como daremos amor y fundaremos mundos con cada oportunidad que tengamos, otras tantas veces seremos conducto de energías diferentes, por el solo hecho de existir, de movernos, de respirar en este universo preñado de inquietud y de misterio?

Quizás esta sea la compasión más difícil de lograr y la más importante: sabernos parte de una danza que apenas gobernamos, actores en una obra que no llegaremos a comprender, pero de la que somos parte inescindible.

Crear-dañar-sanar. Abrazar-resistir-transformar. En ese péndulo alquímico nos movemos, aleteando como la mariposa, desatando tifones y recreando el mundo a cada paso.

Fabiana Fondevila

Foto: Miriam Pösz

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7 comentarios en “El aleteo de una mariposa

  1. ¿Es posible vivir sin dañar?
    Lo primero que vino a mi es otra pregunta:

    ¿Provocar dolor es igual a dañar? no lo creo.
    Imposible escapar en esta dimensión al dolor, ya nacer es doloroso para la madre y para el hijo.

    Cuando digo una verdad, esta puede provocar dolor a quien la escucha, pero no lo daña, lo libera.

    Cuando mato a un animal para comerlo, le causo dolor pero también libero la energía que está en su cuerpo.

    Dañar es para mí otra cosa, dañar es algo que queda a mitad de camino. Es cortar una sola ala a un pájaro. Dañar es decir una media verdad. Dañar es vengarse. Dañar es dejar un hueco en el otro, quebrarlo. Dañina es la incoherencia y también lo son los subproductos de nuestros miedos.

    ¿Es posible vivir sin dañar? Creo que podemos tender hacia ello. “Tender” implica dirección e implica desvíos, como cuando uno navega: no se puede ir derecho, se corrige rumbo constantemente.

    Quizás entonces sea posible ir dejando de dañar, sin por ello dejar de ser humanos y sin dejar de atravesar dolores que liberan, porque dañar es otra cosa. Dañar nos hace daño.

    Gracias Fabi por invintarme a reflexionar

    Vero

    1. Muy buena la distinción que hacés, Vero! Las palabras tienen mucho peso, y es valioso respetar los matices (que a veces conllevan mundos de diferencia).
      Pero me permito repreguntar, para seguir abriendo el tema, no para cerrar: ¿Qué pasa cuando hacemos daño de verdad? Sin ánimo de evocar escenarios terribles, ejemplifico: atropellar a alguien con el auto (incluso sin tener culpa), causar un accidente por olvido u omisión, o, en un plano más cotidiano, equivocarnos con los consejos que damos a nuestros hijos, exigirles más de la cuenta, dejar de acompañar a alguien que nos necesita por estar ocupados (o superados) con otra cosa, y tantas otras instancias coditianas en las que hacemos mal por ignorancia, confusión o distracción momentánea? ¿Estamos a salvo de estas vicisitudes?
      Concuerdo en tratar de minimizar estas instancias, y ser lo más conscientes posibles de nuestros actos, pero no dejo de sentir que hay algo de ilusión en este deseo, y que aceptar la vida en toda su dimensión es sabernos y aceptarnos, también, capaces de dañar, como cualquier criatura.
      Acaso la distinción crucial sea, en el caso de los humanos, la capacidad de arrepentirse, lamentar (hasta lo que no hicimos adrede), pedir perdón e intentar reparar. No siempre se podrá, claro, pero en el intento hay un valor inmenso.
      Gracias otra vez, Vero, por aportar tu lúcida reflexión, y ayudarme (a mí y a todos) a seguir indagando en este tema tan delicado y tan arduo.

  2. Tu último párrafo me dejó pensando,es la dualidad que vivimos como seres humanos,crear-dañar,etc.A mi me pasa aquello que decía San Pablo,por qué hago el mal que no quiero y no el bien que quiero,por qué ceder a nuestros impulsos que nos llevan a lastimar al otro,y,después cargar con el arrepentimiento y la culpa.Sería mejor estar más atentos a las necesidades de los otros,los próximos,la familia ,a la que a veces,dañamos por ser simplemente desatentos.Estoy muy de acuerdo con la distinción del comentario anterior.Creo que provocamos dolor más que daño.El daño lo dejo para las personas maliciosas,que las hay.

    Gracias Fabiana ,por invitarnos a pensar,es muy sanador

    Cariños

    Quequi

  3. Querida Fabiana, qué bueno encontrarme con éste planteo, profundo, concreto y tan verdadero, valoro tambien los dos comentarios que encuentro al pié, al igual que el segundo, el último párrafo me moviliza y mucho, crear,sanar,abrazar,resistir,transformar,…claro que nos movemos en ese péndulo, es así, somos humanos, agradecemos, alabamos, pedimos perdón y nos arrepentimos, saco la palabra “daño”, es demasiado fea pero, sí, sucede. Gracias por tanto, Flora

  4. Comparto que es distinto provocar dolor que dañar y tambien siento que podemos dañar aun sin intencion . Es parte de la vida . Abrir los ojos a esta verdad , aceptarla , aprender a darse cuenta de la trampa de la impecabilidad o complejo de angeles , lleva su trabajo interno . Conectar con los propios limites , la vulnerabilidad , la impotencia , la soberbia y omnipotencia . Gracias por este viaje al interior del entramado misterio que es la vida . Un abrazo desde el corazon . Daniela.

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