Alumbramientos

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Tras un invierno que se rehúsa a partir, la primavera llegó este año como una explosión de fuegos de artificio. El frío perdura, amenazando la vida de los capullos, pero la savia no se da por enterada y arremete, pariendo hojas, brotes y proyectos de flor por donde se mire.

Son días en que duele estar entre paredes y toda excusa es buena para una vuelta más. El desfile arranca temprano. El alba –o ese lapso incierto antes de que la luz se explaye- paga con creces la inversión de esfuerzo en dejar la cama. A esa hora los pájaros ensayan sus páginas más virtuosas y andan más cerca, más desprevenidos, no habiendo sufrido aún el insulto de frenadas y bocinazos.

Al rato empieza la fiesta del sol, que se derrama hasta por las alcantarillas y hace saltar una octava a los colores. Debería haber un nombre para el tono de las hojas de roble recién nacidas (¿existe el ‘verde retoño’? Si existe, le pertenece). Otro para el brillo de la hiedra al mediodía, ese que siempre trae a la mente la expresión “dorado a la hoja”. Y una palabra, también, solo en versión femenina, para el rosa amanecer de las flores de álamo.

Por allá los tilos ya se desperezan. Se adivina en el ramillete de medias hojas el contorno de las hélices que transportarán a las semillas en su viaje al suelo, el día en que las flores se agoten. Cuesta creer que en cuestión de semanas esas flores que hoy no se adivinan harán su propia magia. Por dos semanas, acaso tres, desafiarán al más ensimismado a pasar a su lado sin mirar hacia arriba. Por un instante, al menos, el cabizbajo deberá soltar el hueso que viene masticando –aquel vago temor, aquella pelea- y hacer lugar a pensamientos perfumados.

Hoy no están las flores de tilo pero sí los jazmines, sí los azahares. Caminar es buscarlos con el olfato, como quien otea cada esquina en busca del amado. Y aquí la gloria: no se hacen esperar. Desde que empieza su área de influencia hasta que termina, todo es dicha. Dicha de fruta madura, dicha de golpe de suerte, dicha de feriado. Sabemos que esta dicha no nos cambiará la vida pero, mientras dure, nos hará mirarla con otros ojos.

Demasiado pronto llegan las sombras de la tarde, los frescos de la noche. Y empieza una función distinta. La filigrana de las ramas contra el cielo oscuro, el primer tintineo de estrellas, la luna con su ajuar de turno. Es la hora de los grillos, por supuesto. La noche nació para tener música de fondo.

A medida que oscurece las casas empiezan a transparentar la intimidad de los vecinos, esa que ni se nos ocurre mirar a la luz del día. Y es todo una sinfonía de claroscuros: charcos de luz bajo cada farol, negro tinta en los rincones, los faros de algún avión cortando la penumbra y, más acá, el simulacro de bosque que son los árboles a medianoche.

No sé quién fue la primera persona en soñar el paraíso, pero una cosa es segura. Era primavera.

Fabiana Fondevila

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