La elección que nos cabe

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Mi primera reacción, como la de casi todos, fue estremecerme. Tratar de salir del estado de shock. Tratar de creer. Tratar de entender.

Mi segunda reacción fue el enojo, la indignación, las ganas de salir a gritar mi ira por las calles, como si eso pudiese hacer entrar en razón, mágicamente, a este mundo enloquecido.

Mi tercera reacción es esta. Lo que vivimos hoy es el resultado de una elección. Considero lo que la palabra significa: alguien -una mayoría, por mucho que cueste comprender- votó democráticamente este desenlace. Insultar a quienes hicieron esa elección es instalarnos, de inmediato, en el bando de aquello que nos enoja, nos preocupa y nos asusta.

¿Qué nos cabe, entonces, a quienes queremos otra cosa para el mundo? La respuesta es simple, aunque -como casi todas las cosas que valen la pena- difícil y esforzada: seguir trabajando, trabajar más duro que nunca, para promover y defender los valores que queremos y necesitamos. Proponer la inclusión con cada gesto, educar sobre la tolerancia con cada acto, ofrecer lo mejor de nosotros: nuestra calma, nuestro empeño, nuestra vocación de vivir para algo más que nuestros ombligos, nuestro amor por unos y por otros, nuestro amor por el mundo.

Voto por eso.

Fabiana Fondevila

 

 

 

Alumbramientos

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Tras un invierno que se rehúsa a partir, la primavera llegó este año como una explosión de fuegos de artificio. El frío perdura, amenazando la vida de los capullos, pero la savia no se da por enterada y arremete, pariendo hojas, brotes y proyectos de flor por donde se mire.

Son días en que duele estar entre paredes y toda excusa es buena para una vuelta más. El desfile arranca temprano. El alba –o ese lapso incierto antes de que la luz se explaye- paga con creces la inversión de esfuerzo en dejar la cama. A esa hora los pájaros ensayan sus páginas más virtuosas y andan más cerca, más desprevenidos, no habiendo sufrido aún el insulto de frenadas y bocinazos.

Al rato empieza la fiesta del sol, que se derrama hasta por las alcantarillas y hace saltar una octava a los colores. Debería haber un nombre para el tono de las hojas de roble recién nacidas (¿existe el ‘verde retoño’? Si existe, le pertenece). Otro para el brillo de la hiedra al mediodía, ese que siempre trae a la mente la expresión “dorado a la hoja”. Y una palabra, también, solo en versión femenina, para el rosa amanecer de las flores de álamo.

Por allá los tilos ya se desperezan. Se adivina en el ramillete de medias hojas el contorno de las hélices que transportarán a las semillas en su viaje al suelo, el día en que las flores se agoten. Cuesta creer que en cuestión de semanas esas flores que hoy no se adivinan harán su propia magia. Por dos semanas, acaso tres, desafiarán al más ensimismado a pasar a su lado sin mirar hacia arriba. Por un instante, al menos, el cabizbajo deberá soltar el hueso que viene masticando –aquel vago temor, aquella pelea- y hacer lugar a pensamientos perfumados.

Hoy no están las flores de tilo pero sí los jazmines, sí los azahares. Caminar es buscarlos con el olfato, como quien otea cada esquina en busca del amado. Y aquí la gloria: no se hacen esperar. Desde que empieza su área de influencia hasta que termina, todo es dicha. Dicha de fruta madura, dicha de golpe de suerte, dicha de feriado. Sabemos que esta dicha no nos cambiará la vida pero, mientras dure, nos hará mirarla con otros ojos.

Demasiado pronto llegan las sombras de la tarde, los frescos de la noche. Y empieza una función distinta. La filigrana de las ramas contra el cielo oscuro, el primer tintineo de estrellas, la luna con su ajuar de turno. Es la hora de los grillos, por supuesto. La noche nació para tener música de fondo.

A medida que oscurece las casas empiezan a transparentar la intimidad de los vecinos, esa que ni se nos ocurre mirar a la luz del día. Y es todo una sinfonía de claroscuros: charcos de luz bajo cada farol, negro tinta en los rincones, los faros de algún avión cortando la penumbra y, más acá, el simulacro de bosque que son los árboles a medianoche.

No sé quién fue la primera persona en soñar el paraíso, pero una cosa es segura. Era primavera.

Fabiana Fondevila

La vida como práctica

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Allá atrás en los años 60, en plena efervescencia de la contracultura y con el desembarco de las filosofías y tradiciones de Oriente a la costa oeste de Estados Unidos, Michael Murphy y Richard Price crearon una sede de lujo para alojar la revolución en puertas: lo llamaron Esalen. En esta suerte de Shangri-La ubicado sobre un acantilado con aguas termales y vista al Pacífico, miles de personas se asomaron a la meditación, el yoga, el tantra y todo un abanico de prácticas que les ofrecieron un primer atisbo del infinito.

Por Esalen desfilaron las mentes brillantes del momento: Abraham Maslow, Fritz Perls, Roberto Assagioli, Joseph Campbell, Aldous Huxley, Stanislav Groff, Carlos Castaneda. El estímulo era poderoso, y así también eran las aperturas que se producían. Todo indicaba que ese centro neurálgico de la Nueva Era estaba gestando una versión mejorada y ampliada de la humanidad.

Sin embargo, con el tiempo Michael Murphy advirtió un fenómeno preocupante que bautizó “síndrome de seminario de fin de semana”. Una personas tras otra reportaba grandes visiones, intuiciones y descubrimientos tras participar de un taller o un retiro, sin duda impulsados por la calidad de las prácticas y la fuerza de lo colectivo. Pero a poco de volver a sus casas el domingo a la noche los efectos comenzaban a esfumarse, y para el martes ya se sentían presas de las mismas ansiedades, miedos y neurosis con las que habían arribado.

Murphy investigó este patrón y llegó a la conclusión de que solo la práctica sostenida a lo largo del tiempo, sumada a ejercicios como la auto-observación y la visualización de las cualidades que se busca desarrollar, redundaban en una auténtica transformación de la conciencia (modelo que sintetizó luego en un programa de excelencia que llamó “Práctica transformadora integral”).

Pero aun con el cultivo sostenido de una o más prácticas, hay un eslabón que no debemos ni podemos olvidar. En su precioso libro “Aceptación radical. Abrazando tu vida con el corazón de un Buda”, la maestra de meditación budista Tara Brach cuenta la siguiente anécdota. Se encontraba un día inmersa en una meditación particularmente profunda. En el silencio de su cuarto, vislumbraba a ojos cerrados un universo de unidad y armonía indecibles. No hubiese querido moverse de ese encuentro con lo más profundo de su conciencia nunca más. En ese preciso instante, tocó la puerta su hijo Naroyan. Como una tromba le contó que había perdido el ómmibus escolar y que no iba a llegar a tiempo a la escuela si ella no lo llevaba.

La mujer salió de su estado, tomó la cartera y se lanzó al auto con su hijo. En el camino, atravesando el tráfico matutino, refunfuñaba por lo bajo. Cuando Naroyan hizo un gesto de querer prender la radio, como hacía habitulamente, ella le apartó la mano de un zarpazo. No tardó en reparar en la ironía de lo que estaba ocurriendo: de sentirse amorosamente unida a todo el universo, había pasado -sin escalas- a sentirse alejada y hasta enfrentada de la persona a quien más amaba en el mundo. Profunda como era, a su práctica le faltaba un crucial eslabón.

Las prácticas contemplativas, energéticas o meditativas son antiguas tecnologías de lo sagrado. Cultivadas a conciencia, pueden ayudar a aquietar nuestros pensamientos, abrir nuestros corazones y derretir nuestra fijación al “pequeño yo”,  conectándonos con nuestra naturaleza esencial. Pero si solo concentramos nuestros esfuerzos en lo que ocurre en el almohadón de meditación, el dosho o el salón de yoga, olvidándonos de quienes somos y cómo nos comportamos cuando dejamos ese laboratorio, corremos el riesgo de crear un nuevo síndrome, el del “gimnasta espiritual” que vive para lograr sutiles realizaciones o estados de conciencia, se desvela por la salud de sus chakras o por la impecabilidad de su dieta, y pierde de vista el auténtico objetivo de todo este hacer, que es ser.

¿Ser qué? Todo lo que las prácticas realmente quieren enseñarnos: ser sabios, compasivos, bondadosos, pacientes, ecuánimes, confiables, agradecidos. En el léxico que alcanzó y sobró para nuestros abuelos, ser -nada más, nada menos- “buenas personas”.

Si confundimos los medios con los fines, nos alejamos de aquellos inspirados gestores de todo este universo, cuyo anhelo fue contribuir a una humanidad menos sufriente pero también más humilde y amorosa, más consciente de su pequeño lugar en el vasto concierto de las cosas.

Las preguntas que nos haremos al final del camino son sencillas: ¿hice feliz a otro? ¿Di lo mejor de mí? ¿Aporté mi cuota de belleza al mundo? ¿Elegí el camino más humano y compasivo? ¿amé bien?

Recordarlas cada día quizás sea la práctica mejor.

 

Fabiana Fondevila

 

Una noche que fue ofrenda

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No importa cuántos “gracias” se dijeron. Quizás demasiados, ya que ese era el tema de la noche y no existe, aún, en castellano, otra palabra que supere a ese vocablo en riqueza y que nombre esa precisa emoción, esa exacta actitud ante la vida que la noche buscaba homenajear.

No importa cuántos gracias fueron porque, al decir de Brother David Steindl-Rast, monje benedictino, autor de una decena de libros sobre las honduras de la vida espiritual, constructor de puentes entre las religiones y también entre quienes sustentan una fe y quienes se abstienen de ello, la gratitud se expresa y se explicita en la alegría del corazón, venga o no acompañada esa emoción de la palabra “gracias”. Y esa alegría fue palpable en cada instancia de la velada que compartieron unas mil personas, el martes 3 de mayo, en el auditorio La Nave de las Ciencias, de Tecnópolis. Afuera, el viento era helado. Adentro las velas ardían aun antes de encenderse.

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El desafío de la humildad

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¿A quién no le pasa? ¿Y a quién no le cuesta? Creemos que entendemos algo, que lo entendemos en serio, de arriba hasta abajo y de atrás para adelante, que no hay nada más que decir al respecto, que eso que pensamos, simplemente, es. Podría ocurrir que, en ese momento de dichosa comprensión, alguien venga a sugerir, o incluso a echarnos en cara, que la verdad, para él o para ella, es nada más ni nada menos que exactamente lo contrario.

¿Qué hacer? ¿Escuchar su posición y la considerarla, aunque sea por un instante? ¿Ver en qué lugar es posible que su postura y la nuestra se encuentren, aun cediendo algo de precioso territorio? No. Lo que hacemos, la mayor parte del tiempo, y más cuando aquello que se cuestiona es, para nosotros, incuestionable, es cerrar filas detrás de nuestro pensamiento y erigir fortalezas de espinas contra el infractor.

Curiosamente, suele pasar que cuando más avanzamos en nuestros conocimientos, más nos encerramos en ellos. El principiante está abierto a todo. El experto está cada vez más encaramado en sus saberes y deja cada vez menos resquicios abiertos a la duda. Visto de otra manera, tiene ya poco espacio para aprender. Pero ocurre que, con la maduración intelectual, emocional y espiritual, el conocedor, eventualmente, deviene en sabio. Y el sabio, al fin, recuerda que no sabe nada.

Es un no saber relativo, claro. En verdad sabe un montón de cosas, pero por sobre todas ellas sobrevuela esa cualidad única que nos conecta con la tierra y sus habitantes más pequeños: la humildad. El saberse uno entre tantos, ni por encima, ni por debajo, tan acertados como nuestra próxima equivocación, tan inmortal como la lombriz y la mariposa, tan incólume como la tierra que no para de mutar. No casualmente viene de ahí la palabra humilde –de humus, tierra- y ahí, en ese sólido territorio, es donde somos verdaderamente grandes.

Por estos días, en la Argentina se erigen fortalezas. En cada una hay argumentos, convicciones, ideales. Como en toda fortaleza hay, también, poca visibilidad y síntomas de encierro. En esas condiciones, es muy posible que los ideales terminen por oscurecer más de lo que iluminan.

Para nadie es fácil abrir esas ventanas, porque detrás de ellas hay tesoros que defendemos. Pero el corazón tiene otros designios, y tarde o temprano nos pide que abramos las puertas hasta a lo más desafiante, porque solo así nos transformamos mutuamente y hacemos, de un laberinto de muros, una comunidad.

Mientras tanto, en las calles de Buenos Aires los tilos se aprestan a florecer. Cuando abran esos capullos -piadosos como la luna en aquel verso borgeano-, a nadie negarán su perfume.  ¿Dejaremos que nos recuerden esa verdad antigua, tan cierta hoy como en el principio: cuan bella e inexorablemente nos pertenecemos?

 

Fabiana Fondevila

Cuando el mundo duele

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Difícil aceptar que este mundo, pródigo en asombros y alegrías, albergue también lluvias de fuego, chicos vueltos huérfanos por aviones anónimos, gente que halla el fin en una noche de teatro. Difícil entender que los seres humanos, proclives a crear sinfonías, lagos de los cisnes y Mona Lisas, sean capaces, también, de actos tan ruines.

Pero esta es la verdad y de nada sirve negarlo. Como a Mafalda alguna vez, hoy a todos nos duele el mundo. Nos duele, sobre todo, que no haya extraterrestres ni fuerzas cósmicas a quienes culpar, que por mucho que cueste admitirlo, quienes perpetraron las masacres, desde todos los bandos, son personas como nosotros.

Si intentamos comprender los motivos de la barbarie, podemos perdernos en los laberintos de la historia. La geopolítica es compleja y la de Oriente Medio lo es por encima de todas. Una historia poblada de infinidad de actores, antagonismos raciales y religiosos, hambre de poder, codicia, intereses mezquinos que se disfrazan de humanitarios, iras y rencores. Siglos, milenios de violencia ininterrumpida. Y no es, ni por lejos, el único rincón del planeta en sufrir estos desgarros.

Quiero recordarme este estado de cosas cuando me siento tentada a alegrarme del despertar de la consciencia en el planeta, de ser cada vez más las personas que practicamos la compasión y el altruismo, que meditamos y procuramos ser la mejor versión de nosotros mismos, que enarbolamos ideas progresistas.  Todo esto es vital y es necesario, pero no podemos descansar en estos logros hasta que el respeto por las diferencias haya alcanzado masa crítica, hasta que nuestras humanas sombras estén cercadas por fortalezas de luz, hasta que por cada voz que predique el odio haya tres que proclamen el amor.

Si alguna vez imaginamos que la espiritualidad –entendida ampliamente como la reverencia por la vida- podía seguir su propio camino, desentendiéndose por completo de los aconteceres del planeta, hoy sabemos que no es así. Por un lado, porque de hacerlo, pronto no quedará planeta donde ejercerla. Y por otro, porque cuando el horror pisa fuerte, permanecer al margen equivale a una suerte de complicidad. “Todo lo que hace falta para que el mal triunfe es que las buenas personas no hagan nada”, dijo el filósofo Edmund Burke hace casi cien años. Hoy es tan cierto como entonces.

¿Qué hacer? Ejercer la paz en nuestra propia vida. No solo en el almohadón de meditar, sino en la calle, tras el volante, en la oficina. Enseñarla con el ejemplo a nuestros hijos. Pero igual de importante es estar listos para levantar nuestras voces contra la intolerancia y el odio cada vez que estos asomen cabeza, sea cerca o lejos de casa. Usar todos los medios a nuestro alcance para decir basta a la violencia de cualquier bando o bandera, basta a los atropellos, basta a la obscena indiferencia.

Es tanto lo que hemos logrado. Exploramos los confines del universo. Descubrimos microcosmos. Desterramos enfermedades. Conquistamos derechos. Creamos obras de inaudita belleza. Soñamos inmensidades y las alcanzamos.

¿Podremos lograr, al fin, nuestro anhelo más antiguo? ¿Podremos vivir como hermanos?

Fabiana Fondevila

 

 

 

 

 

El aleteo de una mariposa

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En el jainismo, una antigua religión de la India, el principal precepto es el de no dañar. Como esta tradición concibe a toda la vida como sagrada, la intención de no ejercer violencia (conocida como ahimsa) se extiende no solo a las personas sino a los animales, las plantas y hasta a los espíritus del agua y el aire, por lo que los santos de este linaje llevan barbijo, en un intento de no ingerir involuntariamente pequeños insectos u organismos al hablar.

Este mandato aparece también en las religiones de Occidente, en forma quizás más moderada, y llega a nuestros días con la forma de una máxima romana (reflejada en el juramento hipocrático, que pronuncian los médicos al recibirse):  “Antes que nada, no hacer daño”.

Es una aspiración noble, constitutiva de la quintaesencia de lo humano. Cualquier alma sensible ansía evitar el sufrimiento ajeno, un impulso que ya aparece en forma precoz en los bebés de menos de un año, que rompen en llanto al estar en presencia de otros niños que lloran. Tan fuerte es este mandato que, cuando lo infligimos, aun involuntariamente, el resultado es la culpa  y la emoción que conocemos como “arrepentimiento”.

A diferencia de lo que plantean algunos autores, malinterpretando a Darwin, hoy se sabe que el altruismo y la compasión son perfectamente compatibles con el impulso evolutivo, y quizás sean, incluso, el corolario más precioso del proceso hasta la fecha.

Pero aquí mi relato toma un giro diferente. Así de loable y elevada como es esta inclinación del corazón, cuando se une a ideales espirituales desmedidos, puede llevarnos por un camino riesgoso, y derivar en una suerte de trance o ilusión que elijo llamar, por falta de mejor nombre, “la trampa de la impecabilidad”. ¿En qué consiste esta trampa? En suponer que existe la opción de atravesar la vida sin dejar otra estela que la de nuestros gestos e intenciones más luminosas. En otras palabras, vivir sin hacer daño.

La verdad es que, aun albergando los mejores propósitos (y sin siquiera ocuparnos aquí de las motivaciones inconscientes que nos habitan), no nos será dado, en esta vida, ser inocuos. No lo son los leones en la sabana, los delfines en el mar, los pájaros en el aire, los microorganismos en el corazón de la tierra. La vida vive de la vida, ya lo dijo el preclaro y valiente mitólogo, Joseph Campbell. Y más allá de esta primera ley sobre la que todo se funda, hay una segunda cualidad, igual de innegociable: todo existe en permanente interconexión. Si el aleteo de una mariposa puede causar un tifón, como postula la teoría del caos, ¿qué maremotos seremos capaces de generar nosotros, con cada una de nuestras pequeñas y grandes elecciones cotidianas?

Esta intuición del efecto que causamos en el mundo es capaz de paralizar a un espíritu delicado. No es fácil trazar una línea clara que divida la sensibilidad compasiva de este otro estado anímico, más pernicioso, que se asemeja más a un retiro culposo del mundo, una inmovilidad forzosa, un abandono.

Todos lo sentimos en algún momento. El campo vincular, sobre todo, es caldo de cultivo propicio para el auto-reproche. Contestar mal porque uno está irritado, cansado o nervioso. Sucumbir a un impulso egoísta. Estar ausente o distraído con pensamientos propios cuando el otro requiere de nuestra atención. Terminar una relación. Decidir no empezarla. Ni que hablar de los daños más graves que causamos por accidente, impericia o simple y sencilla mala fortuna. Las posibilidades de herir o lastimar son infinitas, casi tanto como el deseo de no hacerlo cuando el corazón se impone y nos lleva -por momentos- a un lugar mejor.

¿Debemos intentar desterrar la culpa? Sin duda que no. Así como el miedo, es una emoción funcional y evolutiva indispensable. Nos guía, nos alerta, nos despierta a realidades que podríamos desconocer si nos moviéramos únicamente desde el auto-interés y el cuidado de lo propio.

Pero esa culpa, esa sensibilidad, debe poder convivir con una intuición igual de certera: la realidad de que nuestros esfuerzos por no dañar siempre se quedarán cortos. No está en nosotros corregir esta dimensión de la existencia, que incluye el gesto de la destrucción en sus mismas entrañas, como precondición para el resurgir de la vida.

¿Es posible conciliar, en las profundidades del corazón, nuestro impulso de socorrer al mundo del dolor, y a la vez aceptar que este arduo atributo es uno de los hilos con los que se teje la trama? ¿Podremos admitir que, así como daremos amor y fundaremos mundos con cada oportunidad que tengamos, otras tantas veces seremos conducto de energías diferentes, por el solo hecho de existir, de movernos, de respirar en este universo preñado de inquietud y de misterio?

Quizás esta sea la compasión más difícil de lograr y la más importante: sabernos parte de una danza que apenas gobernamos, actores en una obra que no llegaremos a comprender, pero de la que somos parte inescindible.

Crear-dañar-sanar. Abrazar-resistir-transformar. En ese péndulo alquímico nos movemos, aleteando como la mariposa, desatando tifones y recreando el mundo a cada paso.

Fabiana Fondevila

Foto: Miriam Pösz