La elección que nos cabe

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Mi primera reacción, como la de casi todos, fue estremecerme. Tratar de salir del estado de shock. Tratar de creer. Tratar de entender.

Mi segunda reacción fue el enojo, la indignación, las ganas de salir a gritar mi ira por las calles, como si eso pudiese hacer entrar en razón, mágicamente, a este mundo enloquecido.

Mi tercera reacción es esta. Lo que vivimos hoy es el resultado de una elección. Considero lo que la palabra significa: alguien -una mayoría, por mucho que cueste comprender- votó democráticamente este desenlace. Insultar a quienes hicieron esa elección es instalarnos, de inmediato, en el bando de aquello que nos enoja, nos preocupa y nos asusta.

¿Qué nos cabe, entonces, a quienes queremos otra cosa para el mundo? La respuesta es simple, aunque -como casi todas las cosas que valen la pena- difícil y esforzada: seguir trabajando, trabajar más duro que nunca, para promover y defender los valores que queremos y necesitamos. Proponer la inclusión con cada gesto, educar sobre la tolerancia con cada acto, ofrecer lo mejor de nosotros: nuestra calma, nuestro empeño, nuestra vocación de vivir para algo más que nuestros ombligos, nuestro amor por unos y por otros, nuestro amor por el mundo.

Voto por eso.

Fabiana Fondevila

 

 

 

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Como el aire, me levanto

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Puedes inscribirme en la historia
con tus amargas, torcidas mentiras,
puedes aplastarme en el barro
y aun así, como el polvo… me levanto.

¿Mi descaro te molesta?
¿Por qué estás ahí, apesadumbrado,
porque camino
como si tuviera pozos petroleros
bombeando en la sala de mi casa?

Como lunas y como soles,
con la certeza de las mareas,
como las esperanzas saltando alto,
así… me levanto.

¿Me quieres ver destrozada
cabeza gacha y ojos bajos,
hombros caídos como lágrimas,
debilitados por el llanto de mi alma?

¿Mi arrogancia te ofende?
No lo tomes tan a pecho,
solo porque río como si tuviera minas de oro
excavándose en el fondo de mi casa.

Puedes dispararme con tus palabras,
puedes herirme con tus ojos,
puedes matarme con tu odio,
y aun así, como el aire, me levanto.

¿Mi sensualidad te molesta?
¿Te sorprende que yo baile
como si tuviera diamantes
ahí, donde se encuentran mis muslos?

De las barracas de vergüenza de la historia
me levanto
desde el pasado enraizado en dolor
me levanto
soy un negro océano, amplio e inquieto,
manando
me extiendo sobre la marea,
dejando atrás noches de temor, de terror,
me levanto,
a un amanecer maravillosamente claro,
me levanto,
brindado los regalos de mis ancestros.
Soy el sueño y la esperanza del esclavo.
Me levanto.
Me levanto.
Me levanto.

Maya Angelou

(Traducción: Fabiana Fondevila)

Alumbramientos

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Tras un invierno que se rehúsa a partir, la primavera llegó este año como una explosión de fuegos de artificio. El frío perdura, amenazando la vida de los capullos, pero la savia no se da por enterada y arremete, pariendo hojas, brotes y proyectos de flor por donde se mire.

Son días en que duele estar entre paredes y toda excusa es buena para una vuelta más. El desfile arranca temprano. El alba –o ese lapso incierto antes de que la luz se explaye- paga con creces la inversión de esfuerzo en dejar la cama. A esa hora los pájaros ensayan sus páginas más virtuosas y andan más cerca, más desprevenidos, no habiendo sufrido aún el insulto de frenadas y bocinazos.

Al rato empieza la fiesta del sol, que se derrama hasta por las alcantarillas y hace saltar una octava a los colores. Debería haber un nombre para el tono de las hojas de roble recién nacidas (¿existe el ‘verde retoño’? Si existe, le pertenece). Otro para el brillo de la hiedra al mediodía, ese que siempre trae a la mente la expresión “dorado a la hoja”. Y una palabra, también, solo en versión femenina, para el rosa amanecer de las flores de álamo.

Por allá los tilos ya se desperezan. Se adivina en el ramillete de medias hojas el contorno de las hélices que transportarán a las semillas en su viaje al suelo, el día en que las flores se agoten. Cuesta creer que en cuestión de semanas esas flores que hoy no se adivinan harán su propia magia. Por dos semanas, acaso tres, desafiarán al más ensimismado a pasar a su lado sin mirar hacia arriba. Por un instante, al menos, el cabizbajo deberá soltar el hueso que viene masticando –aquel vago temor, aquella pelea- y hacer lugar a pensamientos perfumados.

Hoy no están las flores de tilo pero sí los jazmines, sí los azahares. Caminar es buscarlos con el olfato, como quien otea cada esquina en busca del amado. Y aquí la gloria: no se hacen esperar. Desde que empieza su área de influencia hasta que termina, todo es dicha. Dicha de fruta madura, dicha de golpe de suerte, dicha de feriado. Sabemos que esta dicha no nos cambiará la vida pero, mientras dure, nos hará mirarla con otros ojos.

Demasiado pronto llegan las sombras de la tarde, los frescos de la noche. Y empieza una función distinta. La filigrana de las ramas contra el cielo oscuro, el primer tintineo de estrellas, la luna con su ajuar de turno. Es la hora de los grillos, por supuesto. La noche nació para tener música de fondo.

A medida que oscurece las casas empiezan a transparentar la intimidad de los vecinos, esa que ni se nos ocurre mirar a la luz del día. Y es todo una sinfonía de claroscuros: charcos de luz bajo cada farol, negro tinta en los rincones, los faros de algún avión cortando la penumbra y, más acá, el simulacro de bosque que son los árboles a medianoche.

No sé quién fue la primera persona en soñar el paraíso, pero una cosa es segura. Era primavera.

Fabiana Fondevila

La vida como práctica

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Allá atrás en los años 60, en plena efervescencia de la contracultura y con el desembarco de las filosofías y tradiciones de Oriente a la costa oeste de Estados Unidos, Michael Murphy y Richard Price crearon una sede de lujo para alojar la revolución en puertas: lo llamaron Esalen. En esta suerte de Shangri-La ubicado sobre un acantilado con aguas termales y vista al Pacífico, miles de personas se asomaron a la meditación, el yoga, el tantra y todo un abanico de prácticas que les ofrecieron un primer atisbo del infinito.

Por Esalen desfilaron las mentes brillantes del momento: Abraham Maslow, Fritz Perls, Roberto Assagioli, Joseph Campbell, Aldous Huxley, Stanislav Groff, Carlos Castaneda. El estímulo era poderoso, y así también eran las aperturas que se producían. Todo indicaba que ese centro neurálgico de la Nueva Era estaba gestando una versión mejorada y ampliada de la humanidad.

Sin embargo, con el tiempo Michael Murphy advirtió un fenómeno preocupante que bautizó “síndrome de seminario de fin de semana”. Una personas tras otra reportaba grandes visiones, intuiciones y descubrimientos tras participar de un taller o un retiro, sin duda impulsados por la calidad de las prácticas y la fuerza de lo colectivo. Pero a poco de volver a sus casas el domingo a la noche los efectos comenzaban a esfumarse, y para el martes ya se sentían presas de las mismas ansiedades, miedos y neurosis con las que habían arribado.

Murphy investigó este patrón y llegó a la conclusión de que solo la práctica sostenida a lo largo del tiempo, sumada a ejercicios como la auto-observación y la visualización de las cualidades que se busca desarrollar, redundaban en una auténtica transformación de la conciencia (modelo que sintetizó luego en un programa de excelencia que llamó “Práctica transformadora integral”).

Pero aun con el cultivo sostenido de una o más prácticas, hay un eslabón que no debemos ni podemos olvidar. En su precioso libro “Aceptación radical. Abrazando tu vida con el corazón de un Buda”, la maestra de meditación budista Tara Brach cuenta la siguiente anécdota. Se encontraba un día inmersa en una meditación particularmente profunda. En el silencio de su cuarto, vislumbraba a ojos cerrados un universo de unidad y armonía indecibles. No hubiese querido moverse de ese encuentro con lo más profundo de su conciencia nunca más. En ese preciso instante, tocó la puerta su hijo Naroyan. Como una tromba le contó que había perdido el ómmibus escolar y que no iba a llegar a tiempo a la escuela si ella no lo llevaba.

La mujer salió de su estado, tomó la cartera y se lanzó al auto con su hijo. En el camino, atravesando el tráfico matutino, refunfuñaba por lo bajo. Cuando Naroyan hizo un gesto de querer prender la radio, como hacía habitulamente, ella le apartó la mano de un zarpazo. No tardó en reparar en la ironía de lo que estaba ocurriendo: de sentirse amorosamente unida a todo el universo, había pasado -sin escalas- a sentirse alejada y hasta enfrentada de la persona a quien más amaba en el mundo. Profunda como era, a su práctica le faltaba un crucial eslabón.

Las prácticas contemplativas, energéticas o meditativas son antiguas tecnologías de lo sagrado. Cultivadas a conciencia, pueden ayudar a aquietar nuestros pensamientos, abrir nuestros corazones y derretir nuestra fijación al “pequeño yo”,  conectándonos con nuestra naturaleza esencial. Pero si solo concentramos nuestros esfuerzos en lo que ocurre en el almohadón de meditación, el dosho o el salón de yoga, olvidándonos de quienes somos y cómo nos comportamos cuando dejamos ese laboratorio, corremos el riesgo de crear un nuevo síndrome, el del “gimnasta espiritual” que vive para lograr sutiles realizaciones o estados de conciencia, se desvela por la salud de sus chakras o por la impecabilidad de su dieta, y pierde de vista el auténtico objetivo de todo este hacer, que es ser.

¿Ser qué? Todo lo que las prácticas realmente quieren enseñarnos: ser sabios, compasivos, bondadosos, pacientes, ecuánimes, confiables, agradecidos. En el léxico que alcanzó y sobró para nuestros abuelos, ser -nada más, nada menos- “buenas personas”.

Si confundimos los medios con los fines, nos alejamos de aquellos inspirados gestores de todo este universo, cuyo anhelo fue contribuir a una humanidad menos sufriente pero también más humilde y amorosa, más consciente de su pequeño lugar en el vasto concierto de las cosas.

Las preguntas que nos haremos al final del camino son sencillas: ¿hice feliz a otro? ¿Di lo mejor de mí? ¿Aporté mi cuota de belleza al mundo? ¿Elegí el camino más humano y compasivo? ¿amé bien?

Recordarlas cada día quizás sea la práctica mejor.

 

Fabiana Fondevila

 

Una noche que fue ofrenda

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No importa cuántos “gracias” se dijeron. Quizás demasiados, ya que ese era el tema de la noche y no existe, aún, en castellano, otra palabra que supere a ese vocablo en riqueza y que nombre esa precisa emoción, esa exacta actitud ante la vida que la noche buscaba homenajear.

No importa cuántos gracias fueron porque, al decir de Brother David Steindl-Rast, monje benedictino, autor de una decena de libros sobre las honduras de la vida espiritual, constructor de puentes entre las religiones y también entre quienes sustentan una fe y quienes se abstienen de ello, la gratitud se expresa y se explicita en la alegría del corazón, venga o no acompañada esa emoción de la palabra “gracias”. Y esa alegría fue palpable en cada instancia de la velada que compartieron unas mil personas, el martes 3 de mayo, en el auditorio La Nave de las Ciencias, de Tecnópolis. Afuera, el viento era helado. Adentro las velas ardían aun antes de encenderse.

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A cielo abierto

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La mariposa agita sus enaguas

al viento

y dura apenas nada,

y su brevedad

solo ahonda el embrujo.

La tortuga,

emperatriz de piedra,

hace alarde de paz en un rincón,

sin pedir perdón

ni permiso.

El ciruelo entona sus frutos

con tesón de abuelo.

No importa cuánto lo apuren,

su regalo siempre llega

a tiempo.

El pasto arremete,

impulsado por savia fervorosa.

Hijo del barro y las estrellas,

sabe ser puente

entre los mundos.

A cielo abierto

no hay atajos, no hay apremio.

No hay ruegos de eternidad

ni atisbos de amargura.

Solo un viaje de siglos o segundos

por inciertos paisajes,

el corazón borracho

de aventura

diciendo sí,

sí, y otra vez

sí.

No conozco esa gracia todavía.

Pero abro los ojos

y aprendo.

Fabiana Fondevila