La felicidad: tras las huellas del amor

Foto Green Tara, 2

Me gustaría compartirles un cuento del pueblo San (antes conocido como el pueblo Bosquimano), que habita en el desierto del Kalahari. Dice así:

“Si un día salgo a caminar y miro atentamente a un pájaro, un hilo fino se forma entre nosotros. Si salgo otro día y veo a ese mismo pájaro y lo reconozco, el hilo se vuelve un poco más grueso. Cada vez que veo y reconozco a ese pájaro único, particular, el hilo crece, hasta convertirse en una soga. Nosotros tendemos sogas con todos los aspectos de la creación, con todo el universo”.

¿Por qué traigo esta historia? Porque si la noción de “éxito” implica alcanzar un objetivo propuesto, me parece que es importante elegir un objetivo que pueda conducir, efectivamente, a la felicidad. Entonces, surgen las preguntas: ¿a dónde queremos llegar? O ¿dónde queremos estar? (Porque, quizás, ya estemos ahí) ¿Cómo queremos vivir? Y, sobre todo, ¿cómo nos queremos sentir?

Yo creo que nos queremos sentir un poco como cuenta la narración de este pueblo africano: conectados, parte de un universo más vasto que nos contiene a la vez que nos refleja, parte de la gran familia humana y de los seres sintientes, protagonistas de una historia vasta que otros ya transitaron, marcándonos el camino, pero que se nos requiere que actualicemos y hagamos verdadera nuevamente. Creo que queremos sentirnos asombrados por esta historia, estimulados, enamorados por sus aspectos más bellos, desafiados por sus aspectos más temibles. Creo que, como decía el gran Joseph Campbell, lo que buscamos no es tanto el sentido de la vida como la exquisita experiencia de estar vivos.

Dudo que haya un único camino para lograr este objetivo, pero sí creo que hay una constelación de emociones que son mojones en el camino, por no decir, los peldaños y la tierra sobre el que el camino se construye. Voy a nombrar a algunas de ellas, y los invito a sentir en el cuerpo qué les suscitan sus nombres:

Asombro. Pasión. Gratitud. Entrega. Devoción. Coraje. Reverencia. Humildad. Bondad. Compasión.

Son virtudes. Son emociones. Son formas de habitar nuestros cuerpos. Son cualidades esenciales, unánimamente señaladas por las tradiciones de sabiduría como piezas clave de una buena vida, y hoy avaladas por la ciencia como materia prima de la felicidad. Todos concuerdan, además, en que son virtudes cultivables.

Es cierto que la vida a veces conspira contra el ejercicio de estas emociones. Por un lado, la sociedad las desestima, poniendo en duda su misma existencia. Por otro lado, las cosas que nos van sucediendo las ponen en jaque de muchas maneras.   ¿Podemos seguir confiando en la bondad de la existencia después de perder a un ser querido? ¿Podemos seguir sintiendo el asombro de un niño una vez que crecemos y envejecemos? ¿Podemos seguir apostando al amor, sin cinismo, tras sufrir un rechazo o un desengaño?

Podemos. Pero es una elección que hay que hacer de nuevo cada día; a veces, varias veces en el día.

Creo que un buen lugar para empezar a desarrollar estas virtudes es partir de lo que uno ama. Para algunos la naturaleza es una fuente privilegiada de asombro, gratitud, devoción y coraje. Para otros lo es la música, o cualquiera de las artes. Para muchos la fuente suprema de energía sean los vínculos, la lucha contra la injusticia, trabajar por una causa justa.

Es importante que dediquemos tiempo a estas fuentes de inspiración y sentido, que las absorbamos como maná divino, porque lo son. Pero hay que saber también que las pasiones que hoy nos conmueven pueden cambiar, que en el fondo no importa tanto si hoy nos deslumbran los árboles y mañana la arquitectura futurista, los trenes o los escarabajos, porque todo lo que nos hace vibrar no es finalmente más que un vehículo para un sentir más profundo; lo que verdaderamente nos apasiona, siempre, es la vida.

Y el órgano con que vivimos esa pasión es el corazón. El corazón, ese intrincado órgano físico y metafísico capaz de abrazar el misterio, de conciliar nuestros deseos con las necesidades de otros (y, muchas veces, de privilegiar esas necesidades a nuestras propias preferencias), de hacer lugar para el dolor y volver a apostar, una y otra vez, por la alegría, en una suerte de segunda inocencia más profunda y auténtica que la primera.

Así que quizás sí haya un camino; un camino arduo pero siempre fecundo: vivir desde y con el corazón.

En una de sus más lúcidas poesías, Mary Oliver se permite un consejo en cuatro líneas:

“Instrucciones para vivir la vida.

Prestar atención.

Rendirse al asombro.

Contarlo”.

Junto al amor, es lo más parecido que conozco a una receta de la felicidad.

Fabiana Fondevila

(Presentación compartida en el encuentro Green Tara Happiness, junto a Matthieu Ricard, Margarita Barrientos, Elena Roger y Cristian Cardoner. Precioso encuentro del que me sentí honrada de participar.)

Gracias especiales a Diego Ortiz Mugica por la gentileza de la foto.

La osadía de desnudar el alma

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El coraje tiene muchas caras. Algunas son adustas, de rictus filoso y tenaz. Otras tienen la altivez del idealismo y la mirada perdida en el horizonte. Y hay caras, como las de Margarita Gordyn, que muestran otra forma de la valentía. Como si el alma hubiese decidido de  pronto despojarse de todas sus vestiduras y nos mirara desde el otro lado del cuarto, contenta con ser quién es, invitándonos a hacer lo mismo.

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Bailar a solas

Una imagen del fabuloso Salar de Uyuni, en Bolvia, nos recuerda la importancia de hacer lugar a la expansidad y la alegría en nuestras vidas. ¿Por qué esperar a ocasiones especiales para cantar, bailar, o expresar de algún modo, con el cuerpo y con el alma, el placer de estar vivos? ¿Por qué no empezar hoy?

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¿Y dónde está la alegría?

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“Y la alegría está en todas partes;
Está en la verde cubierta de hierba de la Tierra;
Está en la serenidad del cielo azul ;
Está en la exuberancia de la imprudente primavera;
Está en la abstinencia severa del gris invierno;
Está en la carne Viva que anima nuestra estructura corporal;
Está en el perfecto equilibrio de la figura humana, noble y justo;
Está en la Vida;
Está en el ejercicio de todos los poderes;
Está en la adquisición de Conocimiento;
en la lucha contra los males …
La alegría es allí en todas partes.”

Rabindranath Tagore

(1861-1941)

En nombre de la alegría

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Jamez Baraz pertenece a esa estirpe espiritual que la comunidad norteamericana ha dado en llamar “Jubus”, o judíos convertidos al budismo. A modo de constatación, quizás, su madre, una idische mame con todas las de la ley, dio una charla en el marco de uno de los seminarios de James, en la que hizo una asombrosa declaración: “Como buena madre judía, uno de mis pasatiempos favoritos era quejarme. Me quejaba de todo y por todo. Un día, mi hijo me propuso que siguiera cada queja con la frase ‘Y, sin embargo, sé que mi vida es un regalo”. Le hice caso, y mi nivel de alegría aumentó asombrosamente. Ahora ya no puedo quejarme en paz… mi hijo me arruinó la vida!”, exclamó ante una gran carcajada del público.

Si la felicidad fue una sorpresa inesperada para su madre, para Baraz mismo ha sido un camino elegido a plena conciencia. Hace muchos años tomó esta decisión: destilaría de entre los preceptos y prácticas budistas un aspecto que habitualmente se pasa por alto: la inclinación a cultivar la alegría. Tras años de practicar meditación Vipassana (una de las técnicas de meditación más antiguas de la India, originada de la tradición Theravada), tras asistir a incontables retiros, y dirigir más aún, tras fundar junto con Jack Kornfield y otros afamados budistas americanos el centro “Spirit Rock Meditation Center”, en California, Baraz sintió la necesidad de ofrecer algo diferente, y en el 2003 inauguró un curso llamado “Awakening joy”, con la intención de ayudar a los practicantes a alcanzar un bienestar profundo y duradero.

La preocupación había nacido temprano. En conversación vía Skype con La Usina Mística, recordó el momento exacto. Una tarde, mientras escuchaba una clase de filosofía budista, recordó que llevaba puesta la camiseta de su equipo de basketball. Entonces le surgió el siguiente pensamiento: si se convertía en un budista hecho y derecho, ¿perdería esa pasión? ¿Terminaría limitándose a presenciar los partidos con completa ecuanimidad, girando la cabeza en uno y otro sentido, aprobando en silencio cada jugada de su equipo? Con timidez se acercó en un descanso a Joseph Goldstein, su maestro (renombrado divulgador del budismo) y le hizo la pregunta. “En absoluto -respondió Goldstein- a lo sumo te deprimirás menos con las derrotas.”

Ese fue todo el aliento que James necesitó. Persistió en la práctica, se adentró más y más profundo en las enseñanzas, descubrió nuevas perspectivas y enriqueció su visión de la vida. “Sin embargo -recuerda ahora- en algún momento empecé a tomarme todo demasiado en serio, y sin darme cuenta perdí la alegría. Algunas enseñanzas en la práctica budista son fáciles de malentender, y creo que a un nivel inconsciente yo pensaba que no era lícito disfrutar ni sentir pasión por lo que hacía, entonces lo reprimí.”

Fue largo el camino de vuelta. Estudió nuevamente las enseñanzas de Buda, deteniéndose en aquellos lugares en el que el maestro hablaba, no solamente de evitar el sufrimiento, como en las cuatro nobles verdades, sino también de alcanzar la más felicidad más alta. “Quise lograr esto no sólo para mí, sino para compartirlo con otros,” dice.

El curso que creó, “Awakening Joy”, y el libro homónimo que escribiría como resultado (en coautoría con Shoshana Alexander), se dirige a personas de cualquier religión, o de ninguna, y vuelve accesibles las prácticas budistas, desvistiéndolas de doctrina y de todo rasgo de exigencia. No hay en la propuesta de Baraz una sola exhortación a meditar en posición de loto, ni a ayunar una vez por semana, ni a raparse la cabeza. De hecho, si algo advierte reiteradamente al lector es que ni se esfuerce por ser feliz ni se castigue si no consigue serlo. El camino que propone se apoya fuertemente en pilares del budismo el desarrollo del mindfulness (la conciencia testigo), el cultivo del desapego y de virtudes como la gratitud, pero tiene como trasfondo vital el mantener una actitud compasiva hacia el mundo y sobre todo hacia uno mismo. “Esta debe ser una experiencia nutricia”, dice. “Lo que sea que hagas, por favor, que sea con disfrute. Y lo que no puedas hacer, suéltalo.”

El libro fue elogiado por Bill Gates en su blog con estas palabras: “No suelo leer muchos libros de auto-ayuda ni de inspiración, pero aun si tú no leyeras nunca nada en este género, este libro vale la pena. Se trata sobre disfrutar la vida, eligiendo a conciencia las cosas que la hacen más disfrutable y pensando sobre ellas deliberadamente.”

Gates no se equivoca. Awakening joy es, en efecto, una invitación a ser feliz. Pero no feliz todo el tiempo, ni feliz a base a negación, represión o inconsciencia; feliz “a lo budista”, o sea, con amorosa aceptación de todos los estados que la vida nos ofrece, sin apegarnos a ninguno. Las estrategias regentes del libro -y del curso- son tres principios enunciados por el Buda: inclinar la mente hacia la alegría, propiciar estados saludables (gratitud, ecuanimidad, compasión) y disfrutar del bienestar que esos estados provocan.

Baraz se apoya también en consejos prácticos inspirados en los hallazgos de las neurociencias, como entrenar a la mente para expandir los estados de bienestar cuando estos ocurren, prolongándolos y anclándolos en el cuerpo. Pero tal como anuncia el subtítulo (“Diez pasos que te pondrán en el camino de la verdadera felicidad”), se estructura en base a una serie de prácticas diseñadas para desarrollar, cada una, una facultad importante.

En diálogo vía Skype, el autor las resume de esta manera: “Empezamos con la intención de despertar la alegría en uno mismo. Luego el mindfulness nos trae al presente. La gratitud abre el corazón. La capacidad para trabajar con las dificultades nos asegura que podremos enfrentar cualquier situación que se presente. Vivir con integridad nos alinea con nuestros más altos valores y nos libera de la culpa, trayéndonos paz interior. Animarnos a soltar nos libera y vuelve al camino más liviano. Aprender a querernos suspende la auto-condena y nos permite acceder a la pureza de nuestra esencia. Conectar con otros deja que nuestro amor se expanda. La compasión aparece cuando nuestro corazón se encuentra con el sufrimiento, y responde. Todos son ingredientes importantes de la felicidad, pero, al fin, llegamos a una clase de bienestar que es natural y está más allá del esfuerzo.”

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Esa alegría se parece mucho al asombro y basa en una profunda conexión con el mundo y a un sentido de reverencia por la riqueza de la vida.

“Nuestra naturaleza básica es pacífica, y hay una verdadera alegría en eso. Un bebé que está alimentado y limpio chilla de felicidad. De adultos, también, y esto está estudiado por la neurociencia: si no estamos tomados por el estrés, nuestro estado natural es de calma, contento, creatividad y sensibilidad. Por eso es tan importante que logremos aquietar la mente y habitar el presente; porque en esos momentos, ese es el estado que viene a nuestro encuentro.”

“Más allá de su uso neurocientífico”, agrega James, “el término ‘estado natural’ habla de quienes somos cuando no estamos confundidos, y se lo conoce con distintos nombres en las diversas tradiciones espirituales (el Reino de Dios, el Dios Interior, La Suave Voz Interior, la Naturaleza de Buda, la Verdadera Naturaleza).”

Es más, señala, esto es lo que suele sorprender a las personas que hacen un retiro de meditación: apenas logran calmarse, emerge el amor y la sabiduría que siempre estuvo en ellos. “Lo mismo ocurre a veces cuando hacemos un alto en nuestra actividad y nos relajamos con una caminata en la naturaleza o hacemos yoga. Las interferencias caen cuando creamos suficiente espacio para que las cualidades saludables de la mente se desplieguen naturalmente.”

Esa alegría inmanente se parece mucho al asombro y basa en una profunda conexión con el mundo y a un sentido de reverencia por la riqueza de la vida.

Paz, contento, felicidad, éxtasis. Cualquiera sea el matiz con que la vivamos, la alegría no parece ser tanto un logro a alcanzar como un hogar al cual regresar. Quien crea que esto es otra lejana utopía, que le pregunte a James Baraz.

O, mejor aún, a la madre de James Baraz. Ella les dirá.

Para quienes hablen inglés, nada mejor que escucharla en vivo y en directo:
http://www.youtube.com/watch?v=FRbL46mWx9w