El héroe que nos habita

 

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En este taller exploraremos los pasos que hemos dado en la vida, y lo que seguimos dando, desde una mirada mitológica.

¿Cuál es el camino que estamos eligiendo -más o menos conscientemente- transitar? ¿Es el que hubiéramos querido para nosotros? ¿Es el que le hace honor a nuestra alma? ¿Quién nos dio el mapa que seguimos y cómo nos está resultando? Estas y otras preguntas abren ventanas importantes al deseo y la motivación profunda del alma.

Abordaremos este rico paisaje con palabras, música y movimientos.

Para ver más información:  https://madmimi.com/s/ad4317

Ojalá puedan ser de la partida.

¡Los esperamos!

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El alma, esa feliz visita

Así retrata el alma Wislawa Szymborska, Premio Nobel de Literatura de 1996, y figura inusual en el mundo literario. Carente de pretensiones y sincera hasta el asombro, su respuesta favorita a las preguntas de la prensa siempre fue: “No sé”.

Su poesía refleja una fusión encantadora de inocencia y madurez, optimismo e ironía, realismo y vuelo. Aquí, su descripción de esa visitante fugaz que tan bien nos hace cuando aparece, y que nunca permanece todo lo que quisiéramos. 1328129907_122688_1328130866_noticia_normal Sigue leyendo

El lugar indicado

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De Sam Keen, lúcido y provocador filósofo contemporáneo:

“He llegado a sentir sospecha de cualquier religión o forma de terapia que se centra exclusivamente en cultivar la vida interior o salvar el alma, y no incluye una celebración de los sentidos, una visión ecológica, y un interés en la justicia social. Podemos aspirar a cuidar y transformar este mundo sólo si confiamos en que el espíritu está encarnado en carne y tierra. Este mundo es nuestro hogar. Estamos en el lugar indicado”

Reencantar el mundo

pájaro en mano

Empieza el año, y a muchos nos pasa lo mismo. Perdemos contacto con la naturaleza que hamacó nuestras tardes y colmó nuestras noches de lunas y estrellas. Tememos perder, con ello, la quietud, el gozo y el asombro que vuelve cuando logramos parar, mirar con ojos frescos y disfrutar de las cosas sencillas. Sabemos que la ciudad impondrá sus ritmos, que el trabajo acortará los tiempos, que el celular y la laptop y las pantallas de toda clase competirán por nuestra atención, robándonos -si así lo permitimos- la gracia de habitar el momento.

Nada de esto es inevitable. Todo ocurre, en mayor o menor medida, con nuestra complicidad. O, al menos, se vale -para establecerse- de cierto grado de inconsciencia.

No podemos vivir de vacaciones, y salvo afortunados, no habitamos todo el año rodeados de selvas, mares, desiertos o montañas. Pero sí podemos recuperar espacios de conexión con nosotros mismos y con el entorno natural que nos acompaña en todo momento: el cielo, las nubes y las estrellas, los árboles del barrio, los pájaros, las ranas, las mariposas y las libélulas. Podemos, también, llevar la naturaleza al interior de nuestros hogares, a través de antiguas prácticas que fueron el pan de cada día de nuestros ancestros: recuperar la medicina de las plantas, redescubrir el placer de moldear barro para hacer nuestros cuencos, platos y tazas, tejer nuestro propio cobijo, amasar nuestro alimento, alumbrar nuestra noche.

Esta es la invitación que late en el taller que ofrezco este año. Más que a aprender, convoca a recordar. Más que a estudiar o a esforzarse, incita a embarrarse, entregarse, reencontrarse en quehaceres que le hablan al alma en su propio idioma, y volver a pulsar con la mera experiencia de estar vivos.

La invitación queda hecha, los espero! Abajo, los detalles.

La propuesta:

Indagar, a través de un rico abanico de prácticas vivenciales, la manera en la que la propia esencia se manifiesta y despliega. Reconocer el espejo de esa esencia en la naturaleza y sus ritmos (no hace falta vivir en el campo ni en el bosque, la naturaleza nos sigue adonde vayamos, es sólo cuestión de abrir nuestro corazón a ella). Recuperar formas de habitar el mundo que nos recuerdan quienes somos, nos llenan de alegría y colman nuestra nostalgia por lo no vivido. Empapar nuestra vida cotidiana de una espiritualidad corpórea, terrena y sensual, hasta borrar las fronteras entre ocio y trabajo, disfrute y esfuerzo, interior y exterior, ser y hacer.

 

La modalidad:

Los encuentros tendrán lugar una vez por semana, en día y hora a consignar.

 

El programa:

Nuestra exploración acompañará los ciclos del año, degustando y abrazando sus ofrendas. Como la vida misma, el programa permitirá desvíos, pero seguirá un orden orgánico y esencial.

En los primeros encuentros se irá desglosando la filosofía que sustenta el programa, fuertemente anclado en la relación del alma (un concepto distinto al espíritu, como ya veremos) con la naturaleza, y la forma en que una y otra se nutren mutuamente. Una relación vital que urge recuperar en nuestros días, porque no hay cómo cuidar ni preservar el entorno que nos rodea y sustenta si no amamos y cortejamos al objeto de ese amor.

Nos valdremos de lecturas y meditaciones para ayudar a profundizar cada experiencia, y daremos pie a la reflexión y el intercambio de ideas respecto de lo que estos quehaceres nos plantean sobre la vida. Llevaremos un diario de experiencias, que será de especial utilidad en noviembre, al abocarnos a la escritura creativa.

Y a través de las experiencias compartidas y la vivencia de una comunidad basada en el amor y el asombro, recuperaremos la magia de un mundo vivo, tan vivo como elegimos estar nosotras en cada momento.

El temario

En marzo nos zambulliremos en el universo de las plantas silvestres. Haremos tinturas, mieles, elixires, jarabes, aceites, vinagres. Profundizaremos en plantas puntuales, investigándolas a fondo como uno hace con aquello que ama. Ensayaremos mezclas para distintas dolencias, y arribaremos a recetas propias, que nombraremos y envasaremos para tener y regalar. Continuaremos con el botiquín de la cocina: hierbas y especias que usamos a diario y que pueden brindarnos, además de sabor y sustento, importantes propiedades curativas. Investigaremos los árboles medicinales, y aprenderemos a cosechar y preparar sus bondades. Nos detendremos en las flores comestibles y en cómo sumarlas para agregar color y alegría a nuestras ensaladas, tortas y confituras. Prepararemos golosinas a base de frutos de Crataegus y agua de rosas, entre otras delicias  insospechadas.

En abril, con los días que comienzan a acortarse, iniciaremos la migración: lenta y paulatinamente, iremos llevando la naturaleza al interior de nuestros hogares, amasando pan (y luego, en orden sucesivo, arcilla, tejidos,  imágenes y sueños).

Aprenderemos a hacer una hogaza rebosante de semillas; pan dúctil y nutritivo, lleno de sustento, que invita a personalizarlo y hacerlo propio. Prepararemos pretzels, para deleite de los pequeños (y del niño/a interior). Daremos forma a un espléndido challah, pan trenzado que es el corazón de las fiestas y ceremonias judías, y que representa, en sí mismo, un pequeño ritual celebratorio. Culminaremos con una valiente incursión en el universo del pan con masa madre: un “pan con alma”, capaz de vivir siglos a través de un único fermento que pasa de generación en generación. Dato curioso: aun los que nunca lo han probado indefectiblemente lo recuerdan al degustarlo.

Mayo dará lugar a la arcilla. Disfrutaremos del primer encuentro con este ingrediente primigenio. ¿Qué viejas visiones le transmite a nuestras manos? ¿Qué pide de nosotras? ¿Qué ofrece? Ensayaremos con formas sencillas y profundamente evocativas: el cuenco, la vasija, la fuente. No por nada ha sido ésta una forma de expresión y manufactura de todos los pueblos originarios. ¿Qué se siente al alimentarnos con un pan casero, servido en un cuenco moldeado con nuestras propias manos? ¿Qué dice esto sobre nuestro vínculo con el mundo, y nuestra capacidad de proveer nuestro propio sustento?

Junio traerá el cobijo de la lana. Al tomar contacto con el ovillo, recordaremos el camino que ha hecho para llegar a nuestras manos: la oveja que se desvistió de sus ropajes, la laboriosa esquila, el lavado y el cardado, el cuidadoso hilado, el teñido, el traslado. Honrando esta cadena de esfuerzos, elegiremos un destinatario para nuestra ofrenda. Con él o ella en nuestro corazón, tejeremos una bufanda o chalina que llevará impreso nuestro amor en cada fibra. Tejeremos a modo de meditación, de plegaria, de fervorosa entrega.

En julio vendrán las velas. Hay magia en el acto de iluminar la penumbra con luz propia, sea que esta provenga de velas hechas a mano o de otras fuentes de luz más sutiles. Elaboraremos velas sumergidas, a la vieja usanza, y también velas con cera de abeja. Exploraremos algunos aromatizantes y colorantes naturales. Estas velas elaboradas a fuego lento serán las aliadas perfectas para las indagaciones que siguen, en el corazón del invierno.

En agosto, cuando la oscuridad ya está afincada en nuestras almas y el velo con el mundo invisible es finito, nos adentraremos en puntas de pie en el universo de nuestros sueños e imágenes interiores. Con diversos métodos no analíticos  invitaremos esas imágenes a manifestarse, y les daremos lugar para que nos comuniquen sus secretos. ¿De qué modo? Les pondremos música, sonidos, color y movimiento. Actuaremos sus historias, les haremos preguntas, plasmaremos sus símbolos y los honraremos. Buscaremos tender un puente firme con “el mundo de abajo”, al decir de las tradiciones chamánicas, para que sus antiguos secretos fluyan e informen nuestra conciencia.

En septiembre volveremos a abrir las puertas de la casa: saldremos al jardín, a la plaza, al barrio, a escuchar el llamado de los pájaros. Aprenderemos a distinguir entre una invocación de compañía y un sonido de alerta, entre una canción celebratoria y un cortejo. Descifrar este lenguaje nos revelará un mundo; advertiremos que no hay nada casual ni errático en el comportamiento de las aves que nos rodean, sino que cada gesto tiene un sentido, y ese sentido nos incluye. Con un poco de práctica sabemos cómo volvernos invisibles para poder compartir sus espacios de cerca, y observarlos. El premio final será conocer a los pájaros que habitan nuestro territorio como individuos, y vincularnos con ellos como los vecinos que son. Nuestros antepasados comprendieron el idioma de los pájaros y se guiaron por él en sus interacciones con el mundo; con unas pocas pautas, y apelando a la memoria de la especie, nosotros también podemos hacerlo.

En octubre retornamos al mundo vegetal, pero esta vez para elaborar ungüentos, lociones, cremas y jabones con ingredientes naturales. La idea es usar estos productos como vehículos para experimentar con las cualidades de diferentes plantas y aceites esenciales. Las así llamadas “brujas” fueron, en esencia, grandes conocedoras de las propiedades de las plantas y de su sintonía con cada dolencia o malestar. Al examinar una persona no veían un síntoma sino un estado del alma y del organismo en general. La propuesta para estas exploraciones es buscar esencias y texturas que generen no sólo un efecto físico sobre la piel, sino también uno energético y espiritual.

En noviembre, recurriremos a la escritura para trazar un diálogo íntimo y fructífero entre nuestra alma y el universo. Invitaremos a participar en él a las voces de los ancestros, de nuestros seres queridos, de los que amamos aun sin conocerlos, de los árboles y los pájaros, las sombras, los truenos y la noche. Le daremos a estos intercambios diversas formas: cuento, poesía, carta, canción. Y en nuestras propias palabras, hallaremos ese puente que la tierra reverdeciente nos invita a celebrar: nuestra alma y el mundo, dos caras de una misma polifacética realidad.

En diciembre el círculo se cierra. Recorreremos las actividades y las experiencias vividas, sacaremos conclusiones, proyectaremos las mejores maneras de llevar con nosotras, en el día a día de nuestras vidas, el espíritu de conexión, disfrute y ofrenda que estas actividades representan. Buscaremos un puente en el universo de lo ritual. ¿Qué es un rito, y en qué consiste su poder evocativo? ¿De qué forma podemos hacer una ceremonia de cada pequeño acto  cotidiano? ¿Podemos hacer entrar al mundo natural, con su cuota de misterio, de silencio, de belleza y salvajismo, en estas ceremonias? ¿Podemos compartirlas con nuestros amigos y conocidos, con nuestras comunidades? Ensayaremos algunas formas rituales antiguas y efectivas, y las imbuiremos de nuestra propia, rica simbología.

Cerraremos así el ciclo del año, sabiendo que nada termina y todo recomienza, y que la vida nos espera para seguir danzando. La posibilidad de reencantar el mundo está, hoy y cada día, en nuestras manos.

El alma, fervorosa y terrenal

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Nosotros, los que crecimos a pura educación cartesiana, con las cabezas atiborradas de reglas y datos (o sea, todos desde hace varios siglos a esta parte), solemos buscar respuestas a nuestros problemas por una única vía: apelando a nuestro hiperactivo y superestimulado intelecto. Y no hay nada de malo en ello: esta facultad, que tanto desarrollo ha alcanzado en el ser humano, es responsable de los logros y descubrimientos que gestaron la civilización de la que todos nos beneficiamos.

Pero fue también su hegemonía absoluta -en desmedro de todo otro saber o forma de entender el mundo- la que dio pie a los excesos, la insensatez y la profunda desconexión que hoy malogran muchos de esos hitos y ponen en riesgo la supervivencia del planeta.

Reconquistar el equilibrio -como especie y como individuos- requiere de nosotros una aventura singular: despertar la memoria del cuerpo, renovar el vínculo con la tierra y entablar un diálogo fecundo con nuestras propias almas; tres acciones que se nutren unas de otras y se allanan mutuamente el camino.

En el sentido que aquí uso la palabra, “alma” no es sinónimo de “espíritu”. Me refiero a ese núcleo vital, misterioso y salvaje que representa nuestra esencia única e incomparable. Esa esencia que es más profunda que nuestra personalidad, pero se relaciona íntimamente con ella; que excede los límites de nuestro cuerpo, pero se expresa constantemente a través de él.

¿En qué se diferencia esta esencia misteriosa del espíritu?

Si el espíritu es impersonal, descarnado, trascendente y puro, el alma es personal, terrenal, inmanente y rica en zonas oscuras. Podría decirse que el alma es una emisaria del espíritu, y que ambos caminos -el que llama a ir al encuentro de lo Absoluto (espiritualidad ascendente) y el que se adentra en lo personal (espiritualidad descendente)- son igual de necesarios. Sin embargo, antes de intentar escalar los diáfanos picos, es conveniente haber transitado, con honestidad y con entrega, las honduras de nuestra existencia terrenal concreta: nuestros recuerdos, nuestro pasado, nuestras pasiones y temores; nuestros símbolos e imágenes, nuestros sueños. En otras palabras, nuestra forma única e inimitable de habitar el universo.

Así define James Hillman, brillante psicólogo junguiano, la diferencia entre alma y espíritu: “El alma se encuentra en el inconsciente, y el espíritu en el reino de lo supra-consciente, aquello que está más allá de cualquier objeto. Ambos se asocian con estados de éxtasis (fuera de la conciencia ordinaria), pero los encuentros con el alma se manifiestan en los sueños y las visiones del destino personal, mientras que la realización del espíritu engendra conciencia pura, sin contenido”.

En otro de sus libros hace una distinción más visceral: “El alma ama la intimidad; el espíritu nos eleva por encima de ella. El alma es peluda; el espíritu, calvo. El espíritu ve aun en la oscuridad; el alma tantea el camino a su paso, o necesita de un perro guía. El espíritu arroja flechas; el alma las recibe en el pecho.”

Entramos en contacto con el alma cada vez que sentimos el hechizo de una imagen: una escena que nos conmueve aun sin entenderla, un paisaje que nos seduce como la llama a la polilla, un objeto que nos resulta familiar, aunque sea la primera vez que lo vemos.

A veces el puente es un sabor, un aroma, una música; el alma ama expresarse a través de los sentidos. Y los sentidos son, junto con las emociones, un excelente medio para empezar a explorarla. No hace falta ser artista para hacer de los colores un puente, de las formas o los gestos una carta de presentación. Basta con dejar que el interior se exprese como le nazca hacerlo: en un plato que lleva nuestra impronta, en un tejido lento y laborioso, en palabras que brotan sin censura, en sueños que nadie más osaría soñar.

No siempre es fácil este camino descendente. Nos asusta meternos con aspectos de nuestro ser que hace años desterramos por inmaduros, caprichosos, sombríos, antojadizos. Nos cuesta escuchar lo que pide el cuerpo y actuar en consecuencia, sobre todo si esto implica desafiar la etiqueta o “las buenas costumbres”.

La desnudez nos inquieta: ¿quiénes seremos, si osáramos despojarnos de los ropajes que vestimos a diario? ¿Y si no le gusta al mundo ese o esa que somos? ¿Y si no nos gusta a nosotros mismos?

A veces, hacer las paces con el alma significa abrazar nuestras limitaciones y fronteras; saber aceptar que ese miedo irracional, esa propulsión a brindarnos por demás, o a rehuirle a ciertas situaciones sociales, quizás sea por siempre parte de nuestro paisaje interior. No todo se trasciende. Aprender a convivir con nuestro no poder puede ser, en ocasión, un gesto de amor hacia uno mismo, y de sabiduría.

Dijo el gran (C.G.) Jung: “Las personas hacen cualquier cosa para evitar enfrentarse con sus almas. Practican el yoga de la India y todos sus ejercicios, observan un estricto régimen dietario, aprenden la literatura del mundo, todo porque no quieren meterse con ellos mismos, y no tienen la menor fe de que algo útil pueda salir de sus propias almas.” Este temor fogonea la sobre-espiritualización tan frecuente en nuestros días (ver Los riesgos del bypass espiritual).

Es fácil confundirse y pensar que la meditación y otras prácticas propias de la espiritualidad ascendente pueden envolverlo todo en un hálito de virtud y transparencia, tendiendo un manto piadoso sobre nuestras zonas oscuras. Pero no sólo no lo logran (porque no es para eso que fueron creadas), sino que, en el intento, a veces sofocan todo lo que hay de fértil y propicio en nuestro propio camino del crecimiento. Silenciamos -por un tiempo- las pasiones y los bríos, y les ponemos sordina a las emociones que nos ayudarían a entendernos y a cultivar quienes verdaderamente somos.

Distinto es abocarse a estas prácticas habiendo transitado -o transitando aun- el camino del llano. O, para usar una metáfora más precisa, el viaje por el propio submundo. En las honduras hay dolor, hay recuerdos odiosos y antipatías, pero también sorpresas, tesoros, descubrimientos. Sobre todo, hay verdad.

La naturaleza es el espejo primero y perfecto de esta jungla interior: en ella vemos, donde sea que miremos, muerte y renacimiento, peligros que acechan y rincones de solaz, luchas denodadas e instancias de comunión sin palabras. Quizás lo que mejor nos muestra la naturaleza -de ella misma y de nosotros, sus hijos- es una eterna, inacabable y fervorosa creatividad; vida que alimenta vida, y se celebra a sí misma en cada acto.

Propongo que reconectar con lo silvestre, en el entorno así como en nuestro centro, puede devolvernos no sólo una cuota de autenticidad y alegría, sino algo más grande aún: la incomparable experiencia de estar vivos. Dijo Rilke: “Si nos entregáramos a la inteligencia de la Tierra, / podríamos erguirnos enraizados, como los árboles. / En cambio nos enredamos en nudos de nuestra propia creación, / y luchamos, solos y confundidos. / Y entonces, como niños, comenzamos de nuevo / a caer / a confiar en nuestro peso, pacientemente. / Aun un pájaro debe hacerlo, antes de poder volar.”

Fabiana Fondevila