El alma, fervorosa y terrenal

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Nosotros, los que crecimos a pura educación cartesiana, con las cabezas atiborradas de reglas y datos (o sea, todos desde hace varios siglos a esta parte), solemos buscar respuestas a nuestros problemas por una única vía: apelando a nuestro hiperactivo y superestimulado intelecto. Y no hay nada de malo en ello: esta facultad, que tanto desarrollo ha alcanzado en el ser humano, es responsable de los logros y descubrimientos que gestaron la civilización de la que todos nos beneficiamos.

Pero fue también su hegemonía absoluta -en desmedro de todo otro saber o forma de entender el mundo- la que dio pie a los excesos, la insensatez y la profunda desconexión que hoy malogran muchos de esos hitos y ponen en riesgo la supervivencia del planeta.

Reconquistar el equilibrio -como especie y como individuos- requiere de nosotros una aventura singular: despertar la memoria del cuerpo, renovar el vínculo con la tierra y entablar un diálogo fecundo con nuestras propias almas; tres acciones que se nutren unas de otras y se allanan mutuamente el camino.

En el sentido que aquí uso la palabra, “alma” no es sinónimo de “espíritu”. Me refiero a ese núcleo vital, misterioso y salvaje que representa nuestra esencia única e incomparable. Esa esencia que es más profunda que nuestra personalidad, pero se relaciona íntimamente con ella; que excede los límites de nuestro cuerpo, pero se expresa constantemente a través de él.

¿En qué se diferencia esta esencia misteriosa del espíritu?

Si el espíritu es impersonal, descarnado, trascendente y puro, el alma es personal, terrenal, inmanente y rica en zonas oscuras. Podría decirse que el alma es una emisaria del espíritu, y que ambos caminos -el que llama a ir al encuentro de lo Absoluto (espiritualidad ascendente) y el que se adentra en lo personal (espiritualidad descendente)- son igual de necesarios. Sin embargo, antes de intentar escalar los diáfanos picos, es conveniente haber transitado, con honestidad y con entrega, las honduras de nuestra existencia terrenal concreta: nuestros recuerdos, nuestro pasado, nuestras pasiones y temores; nuestros símbolos e imágenes, nuestros sueños. En otras palabras, nuestra forma única e inimitable de habitar el universo.

Así define James Hillman, brillante psicólogo junguiano, la diferencia entre alma y espíritu: “El alma se encuentra en el inconsciente, y el espíritu en el reino de lo supra-consciente, aquello que está más allá de cualquier objeto. Ambos se asocian con estados de éxtasis (fuera de la conciencia ordinaria), pero los encuentros con el alma se manifiestan en los sueños y las visiones del destino personal, mientras que la realización del espíritu engendra conciencia pura, sin contenido”.

En otro de sus libros hace una distinción más visceral: “El alma ama la intimidad; el espíritu nos eleva por encima de ella. El alma es peluda; el espíritu, calvo. El espíritu ve aun en la oscuridad; el alma tantea el camino a su paso, o necesita de un perro guía. El espíritu arroja flechas; el alma las recibe en el pecho.”

Entramos en contacto con el alma cada vez que sentimos el hechizo de una imagen: una escena que nos conmueve aun sin entenderla, un paisaje que nos seduce como la llama a la polilla, un objeto que nos resulta familiar, aunque sea la primera vez que lo vemos.

A veces el puente es un sabor, un aroma, una música; el alma ama expresarse a través de los sentidos. Y los sentidos son, junto con las emociones, un excelente medio para empezar a explorarla. No hace falta ser artista para hacer de los colores un puente, de las formas o los gestos una carta de presentación. Basta con dejar que el interior se exprese como le nazca hacerlo: en un plato que lleva nuestra impronta, en un tejido lento y laborioso, en palabras que brotan sin censura, en sueños que nadie más osaría soñar.

No siempre es fácil este camino descendente. Nos asusta meternos con aspectos de nuestro ser que hace años desterramos por inmaduros, caprichosos, sombríos, antojadizos. Nos cuesta escuchar lo que pide el cuerpo y actuar en consecuencia, sobre todo si esto implica desafiar la etiqueta o “las buenas costumbres”.

La desnudez nos inquieta: ¿quiénes seremos, si osáramos despojarnos de los ropajes que vestimos a diario? ¿Y si no le gusta al mundo ese o esa que somos? ¿Y si no nos gusta a nosotros mismos?

A veces, hacer las paces con el alma significa abrazar nuestras limitaciones y fronteras; saber aceptar que ese miedo irracional, esa propulsión a brindarnos por demás, o a rehuirle a ciertas situaciones sociales, quizás sea por siempre parte de nuestro paisaje interior. No todo se trasciende. Aprender a convivir con nuestro no poder puede ser, en ocasión, un gesto de amor hacia uno mismo, y de sabiduría.

Dijo el gran (C.G.) Jung: “Las personas hacen cualquier cosa para evitar enfrentarse con sus almas. Practican el yoga de la India y todos sus ejercicios, observan un estricto régimen dietario, aprenden la literatura del mundo, todo porque no quieren meterse con ellos mismos, y no tienen la menor fe de que algo útil pueda salir de sus propias almas.” Este temor fogonea la sobre-espiritualización tan frecuente en nuestros días (ver Los riesgos del bypass espiritual).

Es fácil confundirse y pensar que la meditación y otras prácticas propias de la espiritualidad ascendente pueden envolverlo todo en un hálito de virtud y transparencia, tendiendo un manto piadoso sobre nuestras zonas oscuras. Pero no sólo no lo logran (porque no es para eso que fueron creadas), sino que, en el intento, a veces sofocan todo lo que hay de fértil y propicio en nuestro propio camino del crecimiento. Silenciamos -por un tiempo- las pasiones y los bríos, y les ponemos sordina a las emociones que nos ayudarían a entendernos y a cultivar quienes verdaderamente somos.

Distinto es abocarse a estas prácticas habiendo transitado -o transitando aun- el camino del llano. O, para usar una metáfora más precisa, el viaje por el propio submundo. En las honduras hay dolor, hay recuerdos odiosos y antipatías, pero también sorpresas, tesoros, descubrimientos. Sobre todo, hay verdad.

La naturaleza es el espejo primero y perfecto de esta jungla interior: en ella vemos, donde sea que miremos, muerte y renacimiento, peligros que acechan y rincones de solaz, luchas denodadas e instancias de comunión sin palabras. Quizás lo que mejor nos muestra la naturaleza -de ella misma y de nosotros, sus hijos- es una eterna, inacabable y fervorosa creatividad; vida que alimenta vida, y se celebra a sí misma en cada acto.

Propongo que reconectar con lo silvestre, en el entorno así como en nuestro centro, puede devolvernos no sólo una cuota de autenticidad y alegría, sino algo más grande aún: la incomparable experiencia de estar vivos. Dijo Rilke: “Si nos entregáramos a la inteligencia de la Tierra, / podríamos erguirnos enraizados, como los árboles. / En cambio nos enredamos en nudos de nuestra propia creación, / y luchamos, solos y confundidos. / Y entonces, como niños, comenzamos de nuevo / a caer / a confiar en nuestro peso, pacientemente. / Aun un pájaro debe hacerlo, antes de poder volar.”

Fabiana Fondevila

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La canción de los tilos

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El aire de noviembre es una invitación abierta. Primero los jacarandás y su fulgor violeta; después la fiesta blanca de los jazmines; tras caer el sol, las damas de la noche endulzando la penumbra; y ahora, cual regalo tardío, los tilos. No importa que sepamos que están, que ya vienen, que en cualquier momento estallan sus racimos en flor: caminar por Buenos Aires perfumada de tilo siempre es una sorpresa.

Como la banda sonora en las películas, la tonalidad del aire por estos días tiñe todo lo que acontece. Por momentos uno olvida y hace su vida como si no existieran, como si no importaran. Pero ellos no se olvidan de nosotros, su influjo sutil pinta nuestros gestos y nos invita, una y otra vez, a salir de la cerrazón de nuestras cabezas y volver a habitar la tierra.

Quizás ellos lo sepan: hay un parentesco íntimo entre el alma y la naturaleza. Si el alma es aquel principio primario que guía y anima la vida de un individuo, su esencia irreductible, el lugar donde esa esencia se despliega y reconoce es en el universo natural; su espejo. Los pueblos primitivos de todas partes del planeta honraron este vínculo, sabiéndose parte indisoluble del entorno que los nutría, y al cual nunca dejaban de rendirle tributo.

Los indios de las praderas norteamericanas, por ejemplo, iniciaban sus ceremonias honrando con su pipa a las cuatro direcciones, luego al cielo sobre ellos y a la tierra bajo sus pies. De esa manera se colocaban, simbólicamente, en el centro del universo, y se sabían acompañados por los poderes del mundo.

Entre los mapuches (gente de la tierra) de nuestra Patagonia, la espiritualidad no se vivía en templos ni en construcciones: alcanzaba con un claro en la espesura y un baile ritual que lo purificara; era sólo a través del contacto con la naturaleza que se accedía a lo sagrado.

En África central, los Bambuti (mal llamados pigmeos), descriptos por los antiguos egipcios como  “la gente de los árboles”, tienen una única palabra –Ndura– para nombrar al bosque, a la familia y al mundo.

Aunque hoy vivamos en ciudades, mayormente disociados de estos lazos invisibles, una parte más antigua y primitiva de nuestra psiquis aun los recuerda; sabe que los árboles y las plantas, las libélulas y los cascarudos, los vientos y los relámpagos nos constituyen y nos animan. Que no hay forma de cercenar ese vínculo porque lo llevamos impreso bajo la piel, y que todas nuestras creaciones no son más que una continuidad de esos asombros, arquetipos y esplendores (tomando prestado de Borges cierta descripción del paraíso).

Es a esa alma antigua que le hablan, cada noviembre, los tilos en flor. Podremos seguir con nuestras vidas, podremos olvidarnos de cosechar y beber sus aromas, de echarnos bajo su sombra y rendirles tributo, de registrarlos siquiera.

Por lo bajo y en silencio, nuestra alma festeja.

F.F.