Curso anual: Las moradas del amor

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“El amor es el único acto racional de una vida”, dijo el maestro y autor Stephen Levine. Esta energía primordial nos conecta con el sentido profundo y nos invita a pertenecer. ¿Pertenecer a qué? A un paisaje, a un entorno, a una idea, a un sueño, al mundo, unos a otros, a nosotros mismos. El amor es un diamante de muchas aristas: es una emoción, un sentimiento, una decisión, un trabajo, una forma de vida. Desde una mirada espiritual, es la sustancia última de la existencia. Pero lo cierto es que el amor nos pide algunos tributos, antes de devolvernos con creces la inversión. Nadie nos enseña de qué se trata ese “precio de admisión” y, como consecuencia, muchas veces vivimos alienados de su presencia, como si no nos hubiera sido dado experimentarla.

 

En este curso anual, exploraremos a fondo los hilos de esta fuerza tan primaria como desconocida. Responderemos a preguntas como:

¿Qué es el amor?

¿Cuáles son los elementos que lo constituyen?

¿Cómo distinguimos al amor del apego o la obsesión?

¿Es una realidad el amor romántico, o solo una ilusión pasajera?

¿Cuáles son los obstáculos que se interponen en el camino?

Y, sobre todo: ¿qué es lo que el amor pide de nosotros?

Estas son las diez “moradas” que visitaremos, para responder a estas y otras preguntas:

 La morada de la emoción

Las emociones son como los colores de una paleta en constante fluctuación, que tiñe nuestros días. Nos conectan con el mundo, con otras personas, con nuestros propios deseos, temores, creencias y pensamientos. Son fluidas como un río, pero si impedimos su pasaje, pueden convertirse en maremotos. Aquí aprenderemos a nombrar nuestras emociones, conocerlas a fondo y establecer con ellas -aun con las más difíciles, sobre todo con las más difíciles- una amorosa intimidad.

La morada de la visión

Podríamos pensar que el amor no requiere de la razón, pero estaríamos equivocado. Si bien la empatía es un don que traemos de la cuna, por herencia evolutiva también venimos equipados con un sensor que separa a “lo similar” de “lo diferente”, y nos hace inclinar la balanza a favor de lo primero. Para poder ejercer el amor, necesitamos poder entender y aceptar formas y visiones que no coinciden con las propias, y apelar a algo que va aún más allá que la inteligencia emocional: la inteligencia espiritual.

La morada del cuerpo

“Solo debes permitir que el animal suave de tu cuerpo ame lo que ama”, dice Mary Oliver. ¿Cuán a menudo nos damos este permiso? ¿Cuánto sabemos, siquiera, acerca de lo que ama el “animal de nuestro cuerpo”? En esta morada, exploraremos el vínculo con la naturaleza que somos: un cuerpo vibrante, inteligente, atravesado de instintos, pulsiones, y deseos de conectar.

La morada del alma

El alma es el núcleo primitivo de nuestra persona. En su caldero se cuecen las verdades profundas que se expresan en nuestros sueños, ideas, intuiciones, miedos y compulsiones. El alma vive a medias en el tiempo y en la eternidad. Esa eternidad que nos habita hace lugar para la enfermedad, el dolor, el desengaño y nuestras propias oscuridades, tomándolas como invitaciones para crecer en profundidad. Por gracia del amor, en la morada del amor alma crecemos “hacia abajo”.

La morada de la creación

Somos seres creativos por naturaleza, y necesitamos ejercer nuestra creatividad para prosperar y sentirnos a gusto con la vida y con nosotros mismos. ¿Podemos dejar que ese impulso transformador sea un conducto para el amor? Dice la poeta Mary Oliver: “Esa es la gran pregunta, la que el mundo te arroja cada mañana. Aquí estás, vivo, ¿te gustaría comentar algo?”

La morada tribal

Somos animales de manada; nos necesitamos unos a otros como el aire que respiramos. Pero a veces nos cuesta encontrar nuestro lugar en la tribu. En esta morada, exploraremos una forma del amor bautizado philia por los griegos: amor filial, o entre pares. Veremos de qué están hechos los vínculos con nuestros amigos, hermanos, compañeros. Indagaremos también en cómo podemos ampliar ese círculo de pertenencia, extendiendo la cofradía a través del activismo espiritual, una forma de acción y servicio que se parece mucho a la amistad.

La morada nupcial

Eros fue conocido en el panteón griego como el dios del amor. Pero su romance con Psique (que significa alma, espíritu, aliento, fuerza vital) denota la trascendencia de esta particular forma del amor, y nos invita a mirarlo con más amplitud y profundidad. ¿Podemos cultivar esta forma del amor -vivo, despierto, curioso, interesado- en todos nuestros vínculos? ¿Con nosotros mismos? ¿Con la vida misma?

La morada del adiós

El juego sagrado del amor implica poder unirnos con el otro en determinado momento, agradeciendo la gracia de tenernos, y en el momento siguiente, por designio de uno, de otro, o de la fortuna, poder dejarlo ir. Amar es, también, dejar partir; aquí yace el mayor de los desafíos. Veremos en qué consisten los grandes y pequeños duelos del amor, y cómo podemos atravesarlos con el corazón abierto.

La morada de la alegría

Amor es sinónimo de celebración. Pero no la celebración pasajera de un giro positivo y fortuito, ni siquiera la de un logro largamente ansiado. Estos sucesos son, por supuesto, motivo de regocijo. Pero hay una alegría más profunda, que no depende de las circunstancias cambiantes de nuestra vida, y que podemos cultivar a conciencia. En esas sagradas aguas nos zambulliremos.

La morada de la devoción

El amor es entrega. Como todo en el mundo relativo, no podremos ejercer esa entrega una vez y para siempre; deberemos volver a elegirla cada mañana. Veremos de qué herramientas podemos valernos para renovar esa promesa de amor, en los distintos aspectos de nuestra vida, con convicción y autenticidad. Así nos llama Rumi: “La nuestra no es una caravana de la desesperación. / La nuestra es una caravana de la esperanza, el perdón y el olvido. / Ven, aun si has quebrado tu voto cientos de veces. / Vuelve, una vez más, ven, ven”.

Los espero para visitar juntos estas moradas que siempre nos aguardan.

Curso anual, de frecuencia semanal, a partir de la segunda semana marzo. Martes, a las 19, en Palermo; miércoles, a las 10, en Martínez; viernes, a las 16,30, en Vicente López; sábados, a las 16, en Belgrano.

Por favor escribir a ffonde@gmail.com por días, horarios y locaciones.

¡Sean bienvenidos!

 

 

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Naturaleza viva

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“La naturaleza no es un lugar a visitar. La naturaleza es el hogar” (Gary Snyder)

Los invitamos a compartir la jornada “Naturaleza viva”, una experiencia de comunión con el mundo natural, a la vera del río, en una hermosa isla del Delta del Paraná.

El sábado 27 de enero, nos reuniremos en Pura Vida Delta Tigre para compartir una día de trabajo con plantas silvestres medicinales y comestibles, y de intervenciones artísticas en la naturaleza (land art).

El día comenzará con un acercamiento a las formas en que nuestros antepasados de todas las culturas han transformado a las plantas que los rodeaban en alimento y medicina. Aprenderemos los nombres de las especies silvestres más comunes, las que viven en cada esquina, en cada maceta, en cada grieta de la vereda, y exploraremos el abanico de bondades que tienen para ofrecernos.

Conoceremos las preparaciones medicinales más habituales y sencillas de realizar, y diseñaremos un botiquín natural para tener en casa, listo para atender la mayoría de las dolencias y malestares cotidianos.

Luego de un relajado almuerzo al aire libre, continuaremos la jornada con experiencias de land art, una corriente de arte contemporáneo en la que el paisaje y la obra de arte se entrelazan, y en la que se recurre a la naturaleza como material para intervenir en sí misma.

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Últimas dos imágenes: Nils Udo
Fotos de Juanjo Ghiglione, Pura Vida Delta Tigre

Los esperamos para disfrutar de una jornada de reencuentro con nuestra naturaleza original, la que se siente en casa entre cantos y zumbidos, la que disfruta de los colores, los aromas y las textura del único verdadero hogar.

“Para superar las cumbres que vienen,

una palabra para ti y tus hijos:

Aprendan los nombres de las flores,

permanezcan juntos, 

pisen liviano.”

Gary Snyder

Facilitadoras: Mariana Attwell y Fabiana Fondevila.

Mariana Attwell es doctora en psicología (USAL), arteterapeuta (Inecat, París) y artista plástica.

Fabiana Fondevila es escritora, investigadora de las tradiciones de sabiduría y facilitadora de talleres de auto-conocimiento y espiritualidad cotidiana.

Para informarse e inscribirse: ffonde@gmail (Fabiana Fondevila) o mattwellg@hotmail.com (Mariana Attwell).

 

Taller de verano: Las doce escalas del viaje

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El inocente. El huérfano. El guerrero. El cuidador.

El buscador. El amante. El destructor. El creador.

El regente. El mago. El sabio. El loco.

Doce energías que nos atraviesan, doce formas de estar en el mundo, doce arquetipos fundantes. Cada uno aporta virtudes, habilita una diversidad de experiencias y ahonda nuestra visión de la vida. Y, a la vez, contiene una sombra a la que conviene observar, para no terminar encarnando lo opuesto de lo que buscamos.

Estos doce arquetipos, descriptos por la educadora Carol Pearson sobre la base de la obra de Carl G. Jung y Joseph Campbell, forman parte del Viaje del héroe, esa aventura que todos emprendemos alguna vez, o muchas, en busca de nosotros mismos. Cada uno tiene una correspondencia con cierta etapa de la vida, y con las dimensiones del Ego, el alma y el Sí mismo, que en ellas se manifiestan.

En febrero, dedicaremos tres jornadas a explorar las cualidades esenciales de estos arquetipos, y nos detendremos a ver cómo se expresan -o no- en la vida de cada uno. ¿Hay arquetipos sobre-activos, que estén actuando por nosotros? ¿Hay alguno que nos habite en forma elemental, y que necesite evolucionar? ¿Cuáles arquetipos tenemos “en sombra”, sin poder disponer de su energía?

Este taller es para quienes quieran conocer en qué consisten estas energías. Para quienes ya las conozcan y quieran revisitarlas. Para quienes quieran desplegar, en el año que comienza, una energía en particular. Para quienes tengan el deseo de inaugurar el nuevo ciclo con más colores en su paleta (más opciones de conductas, actitudes, vivencias). Y, también, para quienes disfruten de intercambiar con otros impresiones sobre estas dimensiones que nos atraviesan a todos.

Los espero a todos!

Cuándo: el 3, 10 y 17 de febrero, de 16 a 19.

Dónde: En una casa con vista al jardín, en el Barrio Chino, Capital Federal.

Consultas e inscripción: ffonde@gmail.com.

 

Al encuentro con lo sagrado femenino

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Junto con la cantante y compositora Alicia Ciara, conformamos la Compañía de Artes Rituales, una usina de propuestas que apuntan al rescate de lo sagrado ancestral y del ejercicio de una espiritualidad cotidiana y cercana a la tierra.

Hoy lanzamos un nuevo proyecto, llamado ELLAS CANTAN, que invitará a mujeres a formar ensambles vocales, y a encontrarse con lo sagrado femenino a través del sonido de su propia voz, sonando en armonía con las de sus pares.

Cantar es, por su propia naturaleza, una forma de ir al encuentro con uno mismo. Cantar en grupo, dicen diversos estudios, tiene un efecto adicional: el de segregar “hormonas de felicidad” como dopamina, serotonina y oxcitocina, que ayudan a aliviar el estrés y la depresión, proteger nuestra salud y generar una alegría orgánica y genuina.

En este taller, aprovecharemos esos efectos e iremos un paso más allá, poniendo el foco en el rescate de cualidades tradicionalmente asociadas con lo femenino como la fluidez, la apertura a la emoción, la vulnerabilidad y la radiancia.

El repertorio que recorreremos será amplio, pero cuidadosamente seleccionado para el propósito que nos reúne. No es necesario tener experiencia musical previa, solo venir con muchas ganas de descubrir y descubrirse. Como corolario, ofreceremos los cantos amorosamente a quienes puedan necesitarlos.

Los encuentros serán los martes y jueves, de 19 a 21, en Belgrano, comenzando el martes 16 de enero. Inscripciones por mail, a artesrituales@gmail.com

A modo de invitación, les compartimos una canción llamada “Maybe”, de Robbie Robertson, que grabamos para ustedes, con la bella participación de Karen Thomas y Marina Do Pico (¡gracias!).

A no asustarse, que el trabajo grupal será en castellano.

¡Que la disfruten!

Fabiana Fondevila

 

Prácticas para llamar la alegría

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Foto: Miriam Pösz

El impacto de la primavera no se hace esperar: así como los árboles, el corazón también quiere soltar sus corazas, despabilarse el sueño y reverdecer. La sumatoria de sol, azul, tibieza, aroma a jazmines y a paraíso tarde o temprano convoca a una emoción que pocos consideran necesario cultivar, y de la que algunos desconfían o hasta reniegan: la alegría.

Los que crecimos en tiempos de Mafalda, psicoanálisis, películas de Woody Allen y un globo terráqueo siempre al borde de estallar, tendemos a pensar que vivir con la alegría como norte es cosa de niños o de locos. O, al menos, una ilusión de frívolos e insensatos. Sobre todo, si aceptamos la noción de que, al decir del neurótico neoyorquino: “La vida está llena de desdicha, soledad y sufrimiento – y termina demasiado rápido”.

Pero hasta en las mismísimas huestes del existencialismo, Albert Camus admitió (en su libro más autobiográfico, El verano) que en el corazón del invierno supo hallar, en su interior, “un verano invencible”. Dijo más: que para hacer frente a la injusticia era necesario “guardar intactas dentro de uno mismo una frescura, una fuente de alegría; amar el día que escapa a la injusticia y volver al combate con esa luz conquistada”.

¿Por qué resulta imperiosa esta emoción? Los seres humanos albergamos un rico abanico de vivencias y cada cual cumple (al menos) un propósito: el enojo resguarda nuestras fronteras, la tristeza nos recuerda el dolor de las pérdidas y nos ayuda a llorarlas, el miedo nos alerta de potenciales peligros, la indignación nos da coraje para batallar contra los males del mundo, el asombro nos mantiene la mirada fresca. ¿Y la alegría? La alegría tiene una sola función: ¡darle sentido a todo lo anterior!

Cada cual siente la alegría a su manera propia: para los temperamentos tranquilos se parece a un sutil contento; para los más fogosos, roza con el éxtasis. Pero todos compartimos algunas señales inequívocas: la boca se distiende en una sonrisa, las arrugas de la frente se aplanan, el pecho se expande, los hombros se enderezan, el paso se aliviana. Mientras dura la emoción, o el sentimiento (el resabio de la emoción, atravesado por el procesamiento cognitivo), experimentamos una gozosa conexión con el todo que es -como con otras emociones esenciales- indistinguible de la espiritualidad.

No estamos hablando aquí del principio de placer de Freud (aunque algunos placeres ciertamente abonan la alegría), ni tampoco de la felicidad pasajera asociada a un suceso positivo, sino de la alegría que surge de las entrañas y nos conecta con la más primaria de las experiencias: estar vivos en este planeta asombroso que gira en el infinito, junto con otros seres con quienes compartir la aventura.

¿Cómo sabemos que existe esta sencilla “alegría de vivir”? Observemos a un bebé que ha dormido, ha comido y ha recibido cuidados amorosos. Su estado será de un dulce sosiego (o curiosidad, o asombro), puntuado con gorjeos de júbilo ante la menor caricia. ¿Y un adulto? Un estudio de la felicidad citado en el libro Awakening joy, de James Baraz, revela que el cerebro de una persona libre de estrés físico o emocional (en estudios de resonancia magnética) se distingue por “el contento, la calma, la creatividad, la consciencia y el cuidado (amor por otros)”.

He aquí la pregunta del millón: si el contento es nuestro estado natural, ¿cómo es que sentimos esta emoción en frecuencia tanto menor que otras más aflictivas? La explicación es sencilla: a nuestros antepasados de las cavernas les resultó más útil desarrollar un cerebro atento al mamut que podía salir de la espesura que a la belleza de las flores o al brillo del sol por la mañana. Por lo tanto, nuestro cerebro es hoy, al decir del psicólogo Rick Hanson, “como teflón para las emociones positivas y velcro para las emociones negativas”.

Podemos revertir este giro evolutivo. Los budistas hablan de “inclinar la mente hacia el bien”, para aludir a las prácticas que nos ayudan a contrarrestar la tendencia negativa de la mente, y a tomar conciencia de las muchas bondades que nos rodean.

Algunas prácticas para adoptar:

  • Ver lo bueno. Prestar especial atención a todas las cosas positivas, placenteras y sorprendentes que nos topamos durante el día. Detenernos unos instantes a “saborearlas”: pensarlas, contarlas, escribir sobre ellas, rememorarlas.
  • Cultivar el asombro. Mirar el cielo, contemplar árboles, perder la mirada en el río o en los ojos de otro. Escuchar música que nos pone la piel de gallina. Leer libros o ver películas que nos recuerden el misterio.
  • Habitar los sentidos, que son un puente directo al presente. Permitir que el mundo penetre más allá de nuestras corazas e impacte en nuestro corazón.
  • Dedicarles tiempo a los vínculos, esos conductos al bienestar profundo y duradero.
  • Hacernos buenas preguntas. Cuando perdamos el rumbo o caigamos en la apatía, preguntarnos: ¿qué es lo que más valoro en la vida? ¿qué puedo hacer, hoy, para honrar esa motivación y crecer a partir de ella?
  • Empezar el día con un rito invocatorio. Leer un poema o un rezo, cantar o escuchar una canción, hacer un saludo al sol, o escribir sobre lo que haremos ese día para elegir la alegría y propiciarla en los demás.
  • Abrazar las emociones difíciles. La alegría se nutre de la diversidad y el contraste; no se contrapone con la tristeza, sino con la apatía.
  • Llevar un diario de gratitud. Anotar cada noche tres cosas (siempre distintas, siempre específicas) que agradecemos del día transcurrido.
  • No perder ocasión de celebrar. Lo grande, lo pequeño, lo doméstico, lo extraordinario. Toda razón es buena para cantar, bailar, reír y brindar.

Por fin, podemos preguntarnos: ¿tenemos derecho a elegir la alegría en un mundo tan lleno de sufrimiento? Si entendemos que alegría y tristeza son dos caras de una misma experiencia, sabremos que propiciar una en absoluto deshonra ni minimiza a la otra. La vida nos quiere enteros, con nuestras penas y desdichas, y nuestra maravillosa capacidad de irradiar. Esa radiancia es, además, un buen barómetro de que estamos en el camino correcto, haciendo aquello que nacimos para hacer.

Para los que llegamos grandes a esta intuición, hay esperanza. Escribió Neruda: “Te desdeñé, alegría. / Fui mal aconsejado. / La luna / me llevó por sus caminos. / Los antiguos poetas / me prestaron anteojos / y junto a cada cosa / un nimbo oscuro / puse, / sobre la flor una corona negra, / sobre la boca amada / un triste beso. / Aún es temprano. / Déjame arrepentirme.”

Nada que temer. La alegría es sabia, y espera.

Fabiana Fondevila

Columna publicada en La Nación el 17/9/2017.

A cielo abierto

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La mariposa agita sus enaguas

al viento

y dura apenas nada,

y su brevedad

solo ahonda el embrujo.

La tortuga,

emperatriz de piedra,

hace alarde de paz en un rincón,

sin pedir perdón

ni permiso.

El ciruelo entona sus frutos

con tesón de abuelo.

No importa cuánto lo apuren,

su regalo siempre llega

a tiempo.

El pasto arremete,

impulsado por savia fervorosa.

Hijo del barro y las estrellas,

sabe ser puente

entre los mundos.

A cielo abierto

no hay atajos, no hay apremio.

No hay ruegos de eternidad

ni atisbos de amargura.

Solo un viaje de siglos o segundos

por inciertos paisajes,

el corazón borracho

de aventura

diciendo sí,

sí, y otra vez

sí.

No conozco esa gracia todavía.

Pero abro los ojos

y aprendo.

Fabiana Fondevila

 

 

Recibir la paz

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Mañana silvestre,

las heridas de la noche duelen aún.

Pero el sol entre las ramas llama a otra cosa:

Abandona todo refugio.

Entrega las armas.

Olvida tus nociones del bien y del mal

y haz silencio.

Hay una voz más simple

que tus argumentos.

Navega la mañana.

Recibe la paz.

 

Fabiana Fondevila

Foto: Miriam Pösz