Una noche que fue ofrenda

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No importa cuántos “gracias” se dijeron. Quizás demasiados, ya que ese era el tema de la noche y no existe, aún, en castellano, otra palabra que supere a ese vocablo en riqueza y que nombre esa precisa emoción, esa exacta actitud ante la vida que la noche buscaba homenajear.

No importa cuántos gracias fueron porque, al decir de Brother David Steindl-Rast, monje benedictino, autor de una decena de libros sobre las honduras de la vida espiritual, constructor de puentes entre las religiones y también entre quienes sustentan una fe y quienes se abstienen de ello, la gratitud se expresa y se explicita en la alegría del corazón, venga o no acompañada esa emoción de la palabra “gracias”. Y esa alegría fue palpable en cada instancia de la velada que compartieron unas mil personas, el martes 3 de mayo, en el auditorio La Nave de las Ciencias, de Tecnópolis. Afuera, el viento era helado. Adentro las velas ardían aun antes de encenderse.

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Un año esencial

Taller anual 2015

Diez prácticas esenciales que iluminan el camino

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Los antiguos lo sabían: más allá de las circunstancias cambiantes de nuestras vidas, los designios de la suerte, el entorno y la biología, somos responsables en gran medida por la calidad de nuestros días. Todo lo que nos acontece nos invita a elegir una actitud, una forma de responder, de abrazar o repeler, resistirnos o aprender.

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El asombro nuestro de cada día

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Una columna publicada hoy en Vivir Agradecidos, el sitio que transmite las enseñanzas del Hermano David Steindl-Rast en la Argentina y aboga por la gratitud como forma de vida. Se las comparto, con el deseo que puedan también hallar placer y sosiego en estas pequeñas instancias de la vida diaria que nos señalan más allá de sí mismas.

http://www.viviragradecidos.org/el-asombro-nuestro-de-cada-dia/

El regalo de Madiba

9215883633_9c5008e1ed_b-615x312 “Si alguna vez necesitas recordar el poder del espíritu humano, párate ante la celda de un un metro y medio por dos metros y medio de Nelson Mandela en Robben Island, la desolada prisión en la que fue el preso de máxima seguridad del régimen del Apartheid sudafricano. La cárcel de la isla yace a sólo siete millas de la bella Ciudad del Cabo, en el frío Océano Atlántico. Imagina el calor en el verano, el frío cruel en invierno, y Mandela yendo cada mañana a picar piedra, las superficies blancas de la piedra caliza reflejando el sol a toda hora y lastimando su visión para siempre. Recuerda que estuvo ahí 18 largos años, antes de pasar otros pasar otros nueve en prisiones varias del continente”. Esto recuerda Susan Collin Marks, activista del movimiento anti-Apartheid en Sudáfrica y y co-directora del Global Leadership Team, una ONG que trabaja para mediar pacíficamente en conflictos.

Y continúa: “Luego míralo el 2 de febrero de 1990, como lo vi yo -junto a otras 80.000 personas que nos reunimos en la plaza de Ciudad del Cabo para celebrar y darle la bienvenida el día en que lo liberaron. No sabíamos quién sería ni cómo se vería, porque la ley sudafricana prohibía la difusión de información alguna de las personas que el régimen tildaba de ‘prisioneros políticos’. Esperamos todo el día bajo el sol caliente, y de golpe ahí estaba, alto, fuerte, sonriente, riéndose, un hombre (de la etnia) Xhosa, los ojos bailando, y gritamos y cantamos y bailamos nuestra admiración y nuestro amor”.

¿Por qué recordar, hoy, estas palabras, cuando Nelson Mandela (Madiba, en el título honorífico otorgado por los ancianos de su clan) acaba de partir? Quizás porque es bueno recordar, en momentos dolorosos como este, que nadie que haya vivido con el corazón abierto y la frente en alto se va sin dejar rastro. Que además de la lección de valentía para rechazar racismos, discriminaciones y otras formas del odio, además de la fe y la perseverancia inimaginable de su lucha, Mandela nos deja un regalo aún más precioso. Su paso por este mundo transformó a un país, un continente, un planeta, y al hacerlo nos mostró a todos que lo imposible es posible, no por gracia de un slogan publicitario, sino por la fortaleza de un alma noble.

Era consciente de que la lucha continuaba. Así lo dice en su autobiografía, Mi larga caminata: “Luego de escalar una gran montaña, uno se entera de que hay muchos más picos por superar. Me he tomado momentos para descansar, para pescar una visión de la maravillosa vista que me rodea, para mirar hacia atrás al camino recorrido. Pero sólo puedo descansar por un momento, porque con la libertad vienen grandes responsabilidades, y no me atrevo a quedarme, porque mi larga caminata no ha terminado”.

Hoy que su caminata concluye al fin, es imposible despedirlo sin tristeza. Pero más importante es ejercer la gratitud: agradecer que haya estado, que haya sido, que haya logrado lo que logró, y que nos ofrezca a todos un espejo tan generoso en el cual mirarnos. Que un hombre con tres décadas de encarcelamiento y maltratos pudiera elegir el amor, la justicia y el compromiso como postura ante la vida, renunciando a la violencia y a la venganza, nos invita a vivir vidas más altas, inspiradas por la convicción de que siempre hay un camino mejor que se abre ante nosotros, sin importar las circunstancias. Nos recuerda, como concluye Invictus, la poesía (de William Ernest Henley) que lo amparó tantos años en la cárcel, que “No importa cuán estrecha sea la puerta, / Cuán cargada de castigos la sentencia,/ Soy el amo de mi destino: / Soy el capitán de mi alma.”

Gracias Madiba. Con gratitud y con asombro, el mundo te despide y te honra.

F.F.

Cuando la gratitud le gana al odio

Prabhjot

Prabhjot Singh podría ser hoy un hombre con una historia de terror para contar. En cambio, ha elegido contar una historia de gratitud.

Hace unas semanas, fue atacado violentamente en el barrio neoyorkino de Harlem, donde reside con su mujer y su pequeño hijo. No lo atacaron para robarle, y tampoco fue un ataque azaroso. Los jóvenes que descargaron su furia sobre él se enojaron con su barba y su turbante -símbolos de la práctica del sijismo, la religión india a la que Prabhjot pertenece-, que pensaron lo identificaban como un musulmán. Fue, por lo tanto, un ejemplo clásico de violencia racial, que podría haber terminado en lo que hoy se conoce como “un crimen de odio”.

Prabhjot es un profesor adjunto de Relaciones Internacionales en la Universidad de Columbia, y un residente de medicina interna en el Hospital Mount Sinai, en Nueva York. Su esposa es la fundadora de City Health Works, una institución sin fines de lucro que provee servicios médicos a las comunidades de East Harlem. Pero, sobre todo, esta pareja de vida sencilla e ideales altos, venera los preceptos Sij que exaltan la compasión, la humildad y la igualdad entre las personas ante todas las cosas. En lugar de devolver ira con ira, Prabhjot eligió entender su experiencia de la siguiente, admirable manera:

“Las personas me preguntan qué siento al haber sido víctima de la violencia racial. Honestamente, no puedo darles una mejor respuesta que, simplemente, ‘Gratitud’.

Siento gratitud por varias razones. Si me hubieran atacado apenas un poco más violentamente, podría no estar consciente hoy para contar mi historia. Si me hubieran atacado sólo media hora más temprano, hubiesen lastimado a mi mujer y a mi hijo de un año. Y si me hubieran atacado en cualquier otro lugar, no habría habido transeúntes alrededor para salvarme.

Recuerdo que mis atacantes me gritaron insultos como ‘Osama’ y ‘terrorista’ antes de agarrarme de la barba. El recuerdo más vívido e inesperado es de cuando me tiraron al piso de una trompada. Recuerdo estar ahí, tirado en el piso, esperando que los golpes y las patadas se detuvieran.

Sí, es cierto que mis atacantes me fracturaron la mandíbula y me arrancaron algunos dientes con sus golpes mientras me gritaban insultos. Pero entiendo que podría haber sido mucho peor. Soy médico residente en East Harlem, Manhattan, y he visto la clase de daño que las personas con capaces de infligir inspirados por el odio. Por eso, me considero extremadamente afortunado.

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Las personas me preguntan todo el tiempo si vamos a dejar el barrio. Mi esposa y yo no tenemos ninguna intención de mudarnos. Hemos amado vivir los últimos años en esta zona amistosa y vibrante; nuestras experiencias aquí han sido mayormente positivas. Nos encanta servir a esta comunidad, y hemos construido nuestras carreras para ayudar a proveer servicios de salud accesibles a barrios como este. Mi esposa acaba de inaugurar City Health Works, un emprendimiento sin fines de lucro que ayuda a formar médicos y a mejorar la salud de la comunidad de Harlem. Yo también ejerzo la medicina en este barrio, y soy profesor en la Universidad de Columbia, y mi gran objetivo es proveer servicios de salud para las comunidades carenciadas.

Más que desear que atrapen a mis atacantes, me importa que les enseñen. Mi tradición me enseña a valorar la justicia y la responsabilidad individual, pero también me enseña el amor, la compasión y la comprensión. Es una situación difícil. Me importa la gente de mi comunidad. Quiero que las calles sean seguras para mi hijo, pero al mismo tiempo, no me siento cómodo con la idea de poner a más jóvenes de mi barrio en el camino rápido a la encarcelación. Este incidente, por más desafortunado que sea, puede ayudar a iniciar una conversación en mi barrio que cree más entendimiento en la comunidad.

Mi esposa y yo pensamos criar a nuestro hijo en Harlem, y no puedo dejar de ver a los jóvenes que me atacaron como vinculados a él de algún modo. En un mundo hostil, ¿podría, él también, ser llevado a una acción semejante? ¿Podría él también sentir esa clase de odio?

Mi esperanza es que no. Mi esperanza es que nuestra familia siga formando parte de este barrio, que sigamos disfrutando de sus parques y sus plazas, y construyendo relaciones a través de nuestros trabajos. Creo que esto traerá un cambio positivo que nos fortalecerá a través de nuestra diversidad.

Puede que mi hijo algún día decida seguir practicando la religión Sij como adulto. Mi esperanza es que nuestro barrio, y todos los barrios del país, le brinden su apoyo sin importar cuál sea su camino.

Por eso, mi respuesta hoy es la gratitud. Mañana, mi respuesta también será la gratitud. Gratitud a la enfermera, al hombre mayor y a los otros samaritanos que vinieron en mi socorro; a la comunidad de Harlem; a mi comunidad de la Universidad de Columbia, a mi comunidad Sij; también a mi rol como marido, padre, médico, americano, maestro, activista y vecino.

Esta gratitud nos permite a mi esposa y a mí mismo permanecer optimistas de que nuestro hijo nunca va a tener que sufrir lo que yo acabo de experimentar.”

Al publicarse la historia de Prabhjot en el sitio de buenas noticias “Daily Good” (www.dailygood.org), entre una multitud de comentarios, un vecino del barrio de East Harlem, consignó este mensaje: “Gracias por tomar postura y gracias por elegir quedarse (…). Hay más que suficiente amor para usted y su familia en Harlem. Somos todos una gran comunidad. Gracias por su servicio.”

Fabiana Fondevila