¿Qué fuerzas están actuando en tu vida?

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Les comparto una entrevista acerca del poder de los arquetipos en nuestras vidas, sobre todo cuando los vivimos en forma pasiva e inconsciente. Para que pensemos juntos!

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El viaje de tu vida

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“Sigue tu dicha y se abrirán puertas para ti donde solo habían paredes”

Joseph Campbell

¿Qué mapa de ruta estamos siguiendo?

¿Qué clase de historia estamos contando?

¿Qué nuevos capítulos aguardan ser escritos?

¿Qué hace nacer lo mejor de nosotros?

 Estas y otras tantas preguntas guiarán nuestra exploración en este taller anual, que tiene un fin tan sencillo como ambicioso: ayudarnos a ser cada día más plenamente nosotros mismos. Esto significa: conquistar ese estado del ser donde nos sentimos a gusto con quien somos, con buenas dosis de confianza, entereza, autenticidad, vitalidad y alegría de vivir.

Para lograr este fin habrá que zambullirse en las recodos más íntimos de nuestro ser, donde el alma late y espera. El verdadero camino del héroe es siempre un camino hacia adentro, pero el final del recorrido nos invitará a volver al mundo y compartir el tesoro hallado en penumbras con quienes esperan arriba: la comunidad de nuestros seres queridos.

En las sociedades tradicionales, se considera que una persona mayor permanece joven si mantiene vivos sus sueños y su don de imaginar nuevos escenarios. En este viaje al mundo interior de cada uno iremos en busca de esa eterna fuente de nutrientes. Lo haremos de la mano de ejercicios de autoexploración con el cuerpo, la escritura, la reflexión sobre ideas novedosas y las siempre eficaces artes rituales, que nos traen el recuerdo de lo extático.

 También hará lo suyo el poder multiplicador del grupo: está comprobado que un entorno de pares afines acelera el movimiento interior y el crecimiento en cualquier exploración. Al reunirnos una vez por semana, daremos chance a que el grupo vaya obrando su magia.

Tomaremos como eje estructurante los 12 arquetipos de la autora y educadora Carol Pearson, que detallan el desarrollo psicológico y espiritual del ser humano.  Cada uno encierra aspectos de nuestra persona que pueden estar más o menos activos, pero que siempre piden ser integrados. “Nada es tan importante como saber de acuerdo a qué mito estamos viviendo”, dijo Carl G. Jung. Los arquetipos y su manifestación en nuestras vidas -abordados en una disciplina conocida como mitología personal– son un camino muy directo para averiguarlo.

Como siempre, la mitología y sus saberes será nuestra música de fondo. En esas ricas historias a muchas voces, hallaremos el reflejo de nuestro heroico camino en pos del auto-descubrimiento y la plenitud.

¡Así sea!

Marzo

El inocente – El huérfano

La energía de los comienzos, con su promesa y su optimismo. El desencanto que lleva al realismo y el riesgo de la victimización. Luces y sombras de un niño interior que sigue más vivo de lo que parece.

Abril

El guerrero

Nuestro aliado al momento de enfrentar dificultades y superar obstáculos. El desafío de discernir coraje de obstinación y autoafirmación de egoísmo.

Mayo

 El cuidador

El reservorio de nuestro altruismo y generosidad, pero también de la co-dependencia y el auto martirio. Un arquetipo esencial a nuestra humanidad, siempre y cuando no se tergiverse.

Junio

El buscador

Siempre dispuesto a enfrentar lo desconocido, es el arquetipo que mejor encarna el Viaje del héroe. Pero su incansable curiosidad puede dejarnos en el lugar del “eterno inconformista”, incapaz de comprometerse ni de dejar de hacer.

Julio

El amante

Adalid de todos los amores, este arquetipo nos invita a enamorarnos, incluso del amor. Pero también puede dejarnos atrapados en la eterna persecución de nuestra completitud. Tendremos que valernos de otros arquetipos, y un Amante equilibrado, para convertirnos en verdaderos individuos.

Agosto

El destructor

La fuerza que nos permite soltar lo que ya no nos sirve, y desenvainar la espada para dar por tierra con lo que nos hace mal (a nosotros, nuestros seres queridos, o al mismísmo mundo). Vituperado y malentendido, este arquetipo es parte crucial de la caja de herramientas para una buena vida.

 

Septiembre

El creador

Fuente de todo alumbramiento, este patrón es nuestro aliado en la tarea de recrear la vida. Pero requiere de nosotros un voto de confianza que muchas veces cuesta dar, y una tenacidad capaz de convertir brillantes pero efímeras ideas en valiosas e imperfectas realidades.

 

Octubre

El regente

¿Somos capaces de tomar responsabilidad por nuestras vidas? ¿Aspiramos a conquistarnos a nosotros mismos, o vamos por la dominación de los demás? El éxito en toda empresa dependerá de un regente interno activo, potente y sano.

Noviembre

El mago

Su arte es la transformación (de personas o situaciones) y ese es, también, su mayor temor. En el hábil manejo de este arquetipo reside gran parte de nuestro poder en la vida.

Diciembre

El sabio- El loco

La búsqueda de la verdad y la visión verdadera, sin juicios, arrogancia ni dogmatismos. La capacidad de disfrutar sin tener que probarle nada a nadie, la exuberancia y la libertad. El final del camino no es fácil y solo se consigue con trabajo consciente y compromiso. ¡Pero bien que vale la pena!

Los espero para explorar el hilo subterráneo que une nuestras vidas en este gran camino: el de la maduración valiente y la celebración de la vida, sin importar lo que esta nos proponga. Es un camino para héroes y heroínas, sí, ¡y nos invita a todos!

Para saber más o inscribirse, escribir a ffonde@gmail.com o llamar al 156 812-4444.

 

El héroe que nos habita

 

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En este taller exploraremos los pasos que hemos dado en la vida, y lo que seguimos dando, desde una mirada mitológica.

¿Cuál es el camino que estamos eligiendo -más o menos conscientemente- transitar? ¿Es el que hubiéramos querido para nosotros? ¿Es el que le hace honor a nuestra alma? ¿Quién nos dio el mapa que seguimos y cómo nos está resultando? Estas y otras preguntas abren ventanas importantes al deseo y la motivación profunda del alma.

Abordaremos este rico paisaje con palabras, música y movimientos.

Para ver más información:  https://madmimi.com/s/ad4317

Ojalá puedan ser de la partida.

¡Los esperamos!

El aleteo de una mariposa

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En el jainismo, una antigua religión de la India, el principal precepto es el de no dañar. Como esta tradición concibe a toda la vida como sagrada, la intención de no ejercer violencia (conocida como ahimsa) se extiende no solo a las personas sino a los animales, las plantas y hasta a los espíritus del agua y el aire, por lo que los santos de este linaje llevan barbijo, en un intento de no ingerir involuntariamente pequeños insectos u organismos al hablar.

Este mandato aparece también en las religiones de Occidente, en forma quizás más moderada, y llega a nuestros días con la forma de una máxima romana (reflejada en el juramento hipocrático, que pronuncian los médicos al recibirse):  “Antes que nada, no hacer daño”.

Es una aspiración noble, constitutiva de la quintaesencia de lo humano. Cualquier alma sensible ansía evitar el sufrimiento ajeno, un impulso que ya aparece en forma precoz en los bebés de menos de un año, que rompen en llanto al estar en presencia de otros niños que lloran. Tan fuerte es este mandato que, cuando lo infligimos, aun involuntariamente, el resultado es la culpa  y la emoción que conocemos como “arrepentimiento”.

A diferencia de lo que plantean algunos autores, malinterpretando a Darwin, hoy se sabe que el altruismo y la compasión son perfectamente compatibles con el impulso evolutivo, y quizás sean, incluso, el corolario más precioso del proceso hasta la fecha.

Pero aquí mi relato toma un giro diferente. Así de loable y elevada como es esta inclinación del corazón, cuando se une a ideales espirituales desmedidos, puede llevarnos por un camino riesgoso, y derivar en una suerte de trance o ilusión que elijo llamar, por falta de mejor nombre, “la trampa de la impecabilidad”. ¿En qué consiste esta trampa? En suponer que existe la opción de atravesar la vida sin dejar otra estela que la de nuestros gestos e intenciones más luminosas. En otras palabras, vivir sin hacer daño.

La verdad es que, aun albergando los mejores propósitos (y sin siquiera ocuparnos aquí de las motivaciones inconscientes que nos habitan), no nos será dado, en esta vida, ser inocuos. No lo son los leones en la sabana, los delfines en el mar, los pájaros en el aire, los microorganismos en el corazón de la tierra. La vida vive de la vida, ya lo dijo el preclaro y valiente mitólogo, Joseph Campbell. Y más allá de esta primera ley sobre la que todo se funda, hay una segunda cualidad, igual de innegociable: todo existe en permanente interconexión. Si el aleteo de una mariposa puede causar un tifón, como postula la teoría del caos, ¿qué maremotos seremos capaces de generar nosotros, con cada una de nuestras pequeñas y grandes elecciones cotidianas?

Esta intuición del efecto que causamos en el mundo es capaz de paralizar a un espíritu delicado. No es fácil trazar una línea clara que divida la sensibilidad compasiva de este otro estado anímico, más pernicioso, que se asemeja más a un retiro culposo del mundo, una inmovilidad forzosa, un abandono.

Todos lo sentimos en algún momento. El campo vincular, sobre todo, es caldo de cultivo propicio para el auto-reproche. Contestar mal porque uno está irritado, cansado o nervioso. Sucumbir a un impulso egoísta. Estar ausente o distraído con pensamientos propios cuando el otro requiere de nuestra atención. Terminar una relación. Decidir no empezarla. Ni que hablar de los daños más graves que causamos por accidente, impericia o simple y sencilla mala fortuna. Las posibilidades de herir o lastimar son infinitas, casi tanto como el deseo de no hacerlo cuando el corazón se impone y nos lleva -por momentos- a un lugar mejor.

¿Debemos intentar desterrar la culpa? Sin duda que no. Así como el miedo, es una emoción funcional y evolutiva indispensable. Nos guía, nos alerta, nos despierta a realidades que podríamos desconocer si nos moviéramos únicamente desde el auto-interés y el cuidado de lo propio.

Pero esa culpa, esa sensibilidad, debe poder convivir con una intuición igual de certera: la realidad de que nuestros esfuerzos por no dañar siempre se quedarán cortos. No está en nosotros corregir esta dimensión de la existencia, que incluye el gesto de la destrucción en sus mismas entrañas, como precondición para el resurgir de la vida.

¿Es posible conciliar, en las profundidades del corazón, nuestro impulso de socorrer al mundo del dolor, y a la vez aceptar que este arduo atributo es uno de los hilos con los que se teje la trama? ¿Podremos admitir que, así como daremos amor y fundaremos mundos con cada oportunidad que tengamos, otras tantas veces seremos conducto de energías diferentes, por el solo hecho de existir, de movernos, de respirar en este universo preñado de inquietud y de misterio?

Quizás esta sea la compasión más difícil de lograr y la más importante: sabernos parte de una danza que apenas gobernamos, actores en una obra que no llegaremos a comprender, pero de la que somos parte inescindible.

Crear-dañar-sanar. Abrazar-resistir-transformar. En ese péndulo alquímico nos movemos, aleteando como la mariposa, desatando tifones y recreando el mundo a cada paso.

Fabiana Fondevila

Foto: Miriam Pösz

Con ojos de niño

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Con mucha alegría, les presento mi nueva colección de libros para chicos, llamada “La vuelta al mundo”. Se trata de cinco libros inspirados en culturas que habitaron (y habitan aún, con distintos grados de cambio y transformación) distintas regiones del planeta: los Inuit (más conocidos como “esquimales”), los Bambuti (popularmente llamados “pigmeos” por su tamaño), los Quechuas, los Indios (más precisamente, habitantes de Kerala, en el Sur de la India), y los Vikingos.

La intención de la colección es destacar ciertos valores que todos los pueblos cultivaron en sus orígenes: el amor por la naturaleza que da cobijo y sustento, la veneración por los ancestros, el respeto por las fuerzas naturales, aun las más oscuras, y una sensación de comunidad que excede el ámbito de lo humano. Más que idealizar a estas antiguas etnias (con sus limitaciones y falencias, como todo en la tierra) los relatos buscan descubrir aquel corazón común de sus vivencias -fundamentalmente, su celebración de la vida- aun vivo y vibrante en cada uno de nosotros, sus remotos sucesores.

Así como -explicó el gran Joseph Campbell- los relatos que los seres humanos creamos para contarnos el mundo tienen una estructura común (un gran mito que contiene a todos los mitos), de igual modo, nuestra relación con el paisaje y las fuerzas que lo animan se nutren de una misma antiquísima fuente, que, bien mirada, se parece bastante al amor.

Unos párrafos de la introducción remiten a esta invisible trama:

“Como las leyendas que narrarran los ancianos bajo las estrellas, estos relatos se nutren de la tierra y el agua, el aire y el fuego que en cada rincón del planeta se fundieron de manera precisa y necesaria para dar lugar a un mundo. Sus protagonistas contemplan a los seres que habitan ese universo, se descubren en ellos y aprenden. Del jaguar, la fiereza; de la hormiga, la constancia; de la montaña, el aplomo; del sol, en su incansable retorno, la esperanza, la osadía, la sorpresa.

Cambian los colores y los escenarios. Algunos apenas adivinan el cielo entre la espesura, otros dialogan a diario con el horizonte. Pero es más lo que une a estos pueblos primigenios que lo que los diferencia. ‘Cada parte de esta tierra es sagrada para mi gente -dijo el cacique Seattle en 1852-. Cada lustrosa hoja de pino, cada costa arenosa, cada bruma en el bosque oscuro, cada valle, cada insecto zumbón, todos son sagrados en la memoria y la experiencia de mi pueblo’.”

Tras los relatos hay una breve introducción a la historia y características de cada pueblo: sus creencias y canciones, sus mitos y sus juegos, su modo de proveerse el sustento y sus recetas de cocina. Hay en estas páginas una intención de corregir algunas visiones distorsionadas o caricaturizadas de estos pueblos que se han instalado, con el correr de los siglos, en el imaginario popular. Una lámina central despliega cada paisaje -hielo, río, bosque, mar, montaña- en toda su riqueza, y un glosario final aclara algunas palabras claves de los idiomas originarios.

Los primeros títulos en publicarse son “El pedido de Inti” (los Quechuas) y “La canción de Amina” (los Bambuti). Seguirán “El secreto de Ukluk” (los Inuit), “El sueño de Bhakti” (los Indios) y “La hazaña de Leif” (los Vikingos).

Ojalá disfruten de las inspiradas ilustraciones de Daniel Roldán tanto como lo hice yo, y que puedan verse reflejados en los sueños, los temores y las hazañas de estos niños y niñas que, al fin y al cabo, están más cerca de lo que parecen.

Arquetipos: los personajes que nos habitan

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Quizás alguna vez fue necesario ser dócil y complaciente; hay infancias que lo exigen como método de supervivencia. Quizás, para otros, fue inteligente esconder lo que sentían bajo una coraza de inmutabilidad. Acaso uno debió ser adulto antes de tiempo. O, por el contrario, tuvo que entregarse a una inocencia forzosa de ojos que no ven, corazón que no siente.

Todas estas opciones -estas formas de ser que nos habitan, estos arquetipos– han sido, sin duda, fieles compañeros de camino. Pero es probable que hoy, como ropas que ya quedan chicas o disfraces que no nos representan, limiten nuestros movimientos y constriñan nuestra energía. En algún momento, la inmutabilidad que nos ayudó a llegar enteros a la madurez se erigió en una armadura que nos roba la alegría. La docilidad que nos aseguró el amor materno nos volvió débiles, incapaces de expresar nuestros deseos y resguardar nuestro espacio. La adultez prematura dejó goces vitales por el camino. La inocencia forzosa nos impidió echar sólidas raíces. Cuando esto ocurre, es tiempo de rever esos mitos fundantes y descubrir cuánto de nosotros encarnan verdaderamente.

A no engañarse: no es tarea fácil. Por su propia naturaleza, un arquetipo se lleva como una segunda piel, sin la distancia necesaria para reconocerlo como tal. Pero siempre hay pistas. A veces son los otros los que nos señalan que un comportamiento se ha vuelto obsesivo o anquilosado, que no sirve a nuestros mejores intereses, o, incluso, que no parece genuino sino heredado de alguna situación antigua, o aceptado como mandato.

Tomemos como ejemplo un arquetipo muy frecuente entre las mujeres (aunque de ningún modo exclusivo de ellas): el de la ayudadora compulsiva, representado en el Eneagrama (antiguo sistema de clasificación de personalidades) por el eneatipo 2. Estas personas van por la vida adoptando (muchas veces, en sus vínculos amorosos) “almas necesitadas”, que son expertas en detectar, y establecen así un vínculo de mutua satisfacción: ellas hacen por ellos (o por otras “ellas”); ellos dejan hacer. (Los segundos, seguramente, estarán encarnando a su vez un arquetipo que les es familiar: el que los representa como dependientes y incapaces de ocuparse de sus propias vidas.) Como todo mito fundante, la cualidad esencial que encarna el rol del ayudador es real, legítima y valiosa: dar cuidado, servicio, ternura y amor. Pero también es prerrogativa de los arquetipos “tomar” a la persona al punto de convertirla en una caricatura de sí misma. Entonces se pierde toda noción de intercambio, y la “ayudadora” pasa a ser una dadora universal en todo ámbito y circunstancia, a expensas de sus necesidades, autonomía y a veces de su propia salud.

Otro ejemplo (algo más prevalente entre los hombres), es el de la persona que, por falencias afectivas de la infancia, se construye un bastión de autosuficiencia y impermeabilidad al dolor. Este puede ser un mito altamente funcional durante muchos años. Pero llegado el momento de establecer un vínculo de pareja, por ejemplo, se resquebraja y hace agua con cada intercambio.

A veces el mito fundante no se erige tanto en una forma de ser sino en la pertenencia a una institución, como, por ejemplo, el de la familia y el matrimonio. Si ese marco contenedor ha sido el norte y fin último de toda una vida, una crisis conyugal amenazará con poner fin, no a una historia de pareja, sino a la propia existencia.

Hasta que las personas logran reconocer a sus arquetipos por lo que son, viven convencidos de que ellos “son” así, del mismo modo en que tienen determinada altura y cierto color de ojos, y que no hay nada que puedan hacer al respecto. Por supuesto, subterráneamente siempre hay voces de descontento que buscan hacerse oír. Si son escuchadas, la aparición de un nuevo mito será suave y paulatina; si no, tendrá la forma de un motín a bordo.

Decía Joseph Campbell: “Los mitos no son correctos o equivocados; funcionan o no funcionan”. ¿Cuál es el ocaso deseable de un mito que ya no funciona? Ser subsumido e incluido en un nuevo mito más coherente con la nueva realidad. Pero siempre, primero, el viejo y el nuevo mito entrarán en tensión. En esa instancia, lo ideal es poder establecer un diálogo entre ambos que ayude a generar una síntesis genuina.

En este proceso puede ser muy útil la escritura: registrar las vivencias, conflictos y tensiones que van apareciendo, invitando a las distintas voces que a uno lo habitan a desplegarse y dialogar en el papel.

Otra manera de percibir al viejo mito es escucharse, prestando especial atención a declaraciones del estilo de “Yo soy culposa”, “Soy incapaz de poner límites”, “La intimidad no es lo mío”… Esas expresiones tajantes de identidad pueden dar lugar a la pregunta: “¿Por qué soy culposa?” “¿En qué me ha beneficiado, hasta ahora, la incapacidad de poner límites?” “¿Qué es lo me tanto me cuesta de la intimidad?”

Si nos animamos a explorar esos antiguos guiones que viven en nosotros, nos sorprenderemos al comprobar que son nada más que eso: guiones. La vida es una larga historia que contamos a los demás y a nosotros mismos. Si perdemos el miedo de reescribirla todas las veces que sea necesario, lograremos hacer, de cada momento, la expresión más honda y más genuina de quienes somos. Y esto se parece bastante a la libertad.

Fabiana Fondevila

Ilustración: patwasi.

Una gran sinfonía

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¿Alguna vez tuviste la sensación de que tu vida se va escribiendo sola, casi sin tu intervención, y que los puertos de destino (aun sin conocerlos) parecen haber estado prefijados en algún mapa invisible?

Tras investigar los mitos ancestrales de la humanidad, y observar el desarrollo de tantas vidas, Joseph Campbell advirtió lo mismo. Así lo cuenta en sus diálogos con el periodista Bill Moyers, reunidos en el libro “El poder del mito”:

“En su espléndido ensayo titulado Sobre la aparente intención en el destino de un individuo, Schopenhauer señala, que cuando uno llega a una edad avanzada y mira hacia atrás, su vida parece haber tenido un orden y un plan consistente, como si hubiera sido compuesta por un novelista. Sucesos que al ocurrir parecieron accidentales y de poca importancia resultan haber sido factores indispensables en la composición de una trama consistente. ¿Quién compuso esa trama? Schopenhauer sugiere que, así como nuestros sueños son compuestos por un aspecto de uno mismo del que la propia consciencia no tiene noticias, así también, nuestra vida entera es compuesta por una voluntad oculta en nuestro interior. Y así como personas que conociste de manera aparentemente accidental terminaron por convertirse en agentes protagónicos de tu vida, vos también habrás servido sin saberlo como agente, brindando sentido a las vidas de otros. Todo se engrana como una gran sinfonía, con cad cosa estructurando inconscientemente todo lo demás. Schopenhauer concluye que es como si nuestras vidas fueran las distintas pinceladas del gran sueño de un gran soñador, en el que todos los soñantes sueñan a su vez; de forma que todo está vinculado, movido por la gran voluntad de vivir que es la voluntad universal de la naturaleza.

Es una idea magnífica, una idea que aparece en la India con la imagen mítica de la Red de Indra, que es una red de gemas en la que, en cada hilo que se entrecruza con otro, hay una gema que refleja a todas las demás gemas. Todo nace en relación mutua con todo lo demás, de manera que uno no puede culpar a nadie por nada. Es como si hubiera una única intención detrás de todo, que siempre tiene una suerte de sentido, aunque ninguno de nosotros sepa cuál es ese sentido, ni haya vivido exactamente la vida que tenía planeada.”

¿Cuál podría ser ese argumento que tu vida ha ido dibujando, mientras te ocupabas diligentemente de tantas otras cosas? ¿Quiénes fueron los agentes protagónicos de ese destino que aguardaba para sorprenderte?

¿Qué clase de mito has sido dibujando, y cuál espera aun tu atención para desplegarse a pleno?

Puede que los grandes mitos universales se hayan resquebrajado bajo el peso de la modernidad, el choque de culturas, la visión cientificista de la vida. Pero a un nivel profundo, subterráneo, seguimos siendo animales míticos. La diferencia está en que los mitos son hoy, en gran medida, íntimos y personales.

Y así como hay una trama invisible, en la que todo ocurre como por designio, es posible conectar conscientemente con la trama, y tocar las cuerdas que más nos representan. De una forma u otra, construiremos un mito. Podemos elegir encarnar el mito heredado de nuestros padres, de las vivencias de la infancia, de “lo que se espera de nosotros” según nuestras coordenadas geográficas y culturales. O podemos atravernos a escuchar otra melodía, o incluso a descubrirla, operando calladamente en nuestras vidas, y dibujar una historia de misterio donde solo había rutina, o una épica de amor o aventura donde se preanunciaba recato y monotonía. “Sigue tu pasión”, aconsejaba Campbell. Que es otra forma de decir: elige la verdadera trama de tu vida.

Fabiana Fondevila

Ilustración: patwasi