Las artes del Mago

image001Una incursión vivencial en las antiguas tecnologías de lo sagrado

El Mago es un arquetipo que habita nuestra imaginación y nuestra vida desde que el hombre es hombre. En los comienzos se presentaba como chamán, brujo, mujer medicina. Con el tiempo fue adoptando distintas formas: alquimista, curandero, sacerdote, rabino. En su versión más moderna, podríamos buscarlo en médicos, psicólogos, coaches, counselors, docentes, sanadores, poetas, pintores, cineastas, artistas de toda clase. ¿Por qué asociarlo a tan amplio abanico de actividades? Porque la especialidad del Mago es transformar la realidad obrando un cambio en su propia conciencia, y por resonancia en las de los demás.

Dijo el escritor anglo-ruso Nikolai Tolstoy: “Los siglos van y vienen, las modas literarias pasan, pero el mago reaparece ante nosotros: cambia su forma y cambia su nombre, por momentos burlón, por momentos asombroso, pero esencialmente es el mismo personaje que voló por toda Europa ocho siglos atrás. Trampista, ilusionista, filósofo o hechicero, representa un arquetipo hacia el cual confluimos las personas en busca de guía y protección”.

¿Qué es un arquetipo? Es un patrón, una imagen o un rol profundamente arraigados en nuestro psiquismo, de carácter universal. El Mago se diferencia de otros arquetipos -como el Cuidador, el Guerrero, el Regente- porque su poder proviene de su capacidad para conectar el mundo de la materia con el del espíritu. Por eso es representado a menudo -como en la carta del Tarot- con una mano dirigida al cielo y otra apuntando a la Tierra.

Sus métodos son diversos, pero se basan en un cambio de perspectiva que le permite conectarse con niveles más profundos de la existencia. En ese sentido, y tomando prestado un término del antropólogo rumano Mircea Eliade, podríamos decir que el Mago sabe operar “la antigua tecnología de lo sagrado” para dar un giro a los acontecimientos internos y externos. Dijo el escritor de ciencia ficción Arthur C. Clark (en lo que se dio a conocer como “la tercera ley de Clark”): “Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. Así también, podríamos decir que la magia verdadera -la que obramos de adentro hacia afuera- es una forma de tecnología avalada por la práctica de milenios.

El mundo atribulado en el que vivimos requiere urgentemente de una legión de Magos de alta estirpe, capaces de cultivar su mente y su corazón para obrar como verdaderos agentes de cambio. A esa humilde y enorme tarea nos abocaremos.

Exploraremos los dominios en los que se mueve el Mago, representándolos como escalas en un gran mapa fantástico. Pero he aquí lo importante: ninguno de estos paisajes pertenece a una esfera lejana, accesible a unos pocos privilegiados. Se encuentran, simplemente, en un nivel más profundo de la experiencia cotidiana, donde reside el Gran Misterio, lo numinoso, lo sagrado. Y una vez que nos familiaricemos con su topografía, serán nuestros para visitar cada vez que los necesitemos.

Estas serán las escalas de nuestro viaje:

Marzo

El pico visionario: contar una nueva historia

La mirada mítica nos ofrece una perspectiva generosa de la vida, que incluye y recala en el misterio de nuestra existencia. Visto desde el llano, puede parecer que los sucesos de nuestras vidas son inconexos y del todo azarosos, pero cuando enmarcamos esos sucesos en un relato mayor, suele develarse un sentido insospechado. En este módulo conoceremos el valor de las buenas preguntas, que abren y ayudan a crecer, y aprenderemos a contar una versión de nuestras vidas que nos ayude a elegir mejor los pasos que siguen, y a mirar con “ojos de montaña” los claroscuros que son el meollo de nuestra existencia.

 

Abril

El vergel: Resalvajizarnos, volver a pertenecer

La naturaleza es el hogar y la fuente primigenia de nuestra vitalidad. Hoy apenas la visitamos (con suerte) en vacaciones, y hemos perdido la familiaridad que sentían con ella nuestros abuelos y antepasados. Volver a movernos con comodidad en el mundo, interactuando con las plantas, los pájaros, las nubes, las estrellas, nutriéndonos de ellas y devolviéndoles nuestro amor y admiración, es el desafío de este mes. Trabajaremos con plantas silvestres, exploraremos el lenguaje profundo de los pájaros, estudiaremos el cielo y haremos experiencias de campo para llevar los conocimientos al cuerpo y el corazón (donde, sin que lo supiéramos, siempre estuvieron).

 

Mayo

El jardín secreto: habitar los sentidos

La expresión de la naturaleza en nosotros es nuestro cuerpo, y también solemos vivir “alejados” de él. Comemos apurados, llenamos nuestros oídos de sonidos artificiales, tocamos materiales sintéticos que no despiertan nuestra sensualidad y habitamos espacios (oficinas, negocios, a veces incluso nuestras propias casas) que no parecen diseñados para honrar el cuerpo y su exquisita sensibilidad. La invitación es a volver a despertar nuestros sentidos -todos ellos, no solo los cinco más conocidos- y a recordarnos a conciencia cada día el asombro y el deleite de ser seres corpóreos y multifacéticos.

Junio

El río fantástico: reencender la imaginación

La imaginación es la puerta de entrada a dimensiones desconocidas de la existencia. Es el lugar de nacimiento de la creatividad y el arte, el portal a los sueños y el inconsciente, el vehículo del que se valieron las culturas originarias para viajar a mundos invisibles a los ojos. Los aborígenes australianos le dieron una importancia suprema a esta facultad, que ellos concebían como una realidad paralela, tan real como la que vivimos a ojos abiertos: el “Dreamtime”. Exploraremos diversas técnicas para ingresar en este espacio virtual y recorrerlo, y trabajaremos para integrar lo que allí descubramos sobre nosotros mismos, y sobre la vida.

Julio

El árbol del sosiego: aquietar y entrenar la mente

No podemos plasmar ningún cambio si no logramos aquietar la mente lo suficiente para poder ver con claridad. Este es el propósito de la meditación en sus muchas formas: ayudar a sustraernos por preciosos momentos del mundanal ruido (de nuestras propias mentes), y a des-identificarnos con nuestros pensamientos, emociones y sensaciones, que son pasajeros por naturaleza. Cuando hablamos de “entrenar” la mente, no nos referimos solamente al momento de estar sentados meditando, sino a la forma en que modulamos nuestro funcionamiento cerebral cada día, mediante un abanico de prácticas, para inclinarlo en dirección de la paz y la salud.

 

Agosto

El pantano: abrazar la sombra

Así como el sol tiene a la sombra de perpetua compañera, nuestra propia luz tiene un “reverso” del que no somos conscientes. Todos los contenidos difíciles o amenazantes de nuestra psiquis, así como cualidades que desconocemos o no asumimos como propias, van a parar a esa zona oscura de la que rara vez tenemos noticias. Exploraremos esos contenidos, pero también abordaremos una sombra que nos pertenece a todos, por gracia de ser humanos: la de la enfermedad, el dolor, el sufrimiento, la muerte. ¿Cómo abordar este “lado oscuro de la luna” sin cerrar el corazón ni perder la fe en que la vida igual vale la pena? A ese desafío fundante nos abocaremos.

 

Septiembre

La aldea: profundizar los vínculos

Nuestros vínculos son el pan diario de nuestras vidas, el que le da sustento, sentido y dirección a todo lo que hacemos. Pero demasiado a menudo los damos por sentado, pensando que, por ser parte de nuestra cotidianeidad, no requieren de ninguna atención especial, de ningún “trabajo”. Por el contrario, la cultura popular sostiene que si un vínculo nos resulta trabajoso, es indicio de error y conviene abandonarlo. Lo cierto es que, entre personas sanas y de buena intención, los roces y dificultades pueden ser un trampolín incomparable hacia la maduración emocional y espiritual. La pregunta es: ¿serán nuestros vínculos solo una parte amable de nuestra escenografía, o haremos de ellos un camino de evolución?

Octubre

El fuego ceremonial: ritualizar la vida

Los ritos y ceremonias han enmarcado la vida del ser humano desde los albores de la civilización. Nos han servido para conmemorar cambios de estado y pasajes, celebrar nacimientos, uniones y logros, honrar muertes y derrotas, fortalecer los lazos que nos unen. También han sido un instrumento para diferenciar lo importante de lo inconsecuente, y para marcarnos un rumbo en momentos oscuros. Este arte en gran medida se ha perdido, y los ritos que nos quedan están empobrecidos. Pero todos tenemos la capacidad de crear los propios, recrear los que ya no nos representan y volver a instalar lo sagrado en el mismísimo corazón de nuestro día. Hacia allí vamos!

Noviembre

El faro: atención, intención y otras palabras mágicas

Oriente sabe desde hace milenios que poder manejar a voluntad nuestra atención nos permite modular nuestra realidad interna y externa. Occidente a su vez ahonda en otra cualidad igual de poderosa: la intención. Ambas cualidades, unidas, pueden ayudarnos a aliviar o sanar dolores físicos y emocionales, ansiedades, angustias y adicciones. Si le sumamos a la ecuación una tercera cualidad -la entrega– podemos obrar transformaciones, en nosotros mismos o en el mundo, que a todas luces parezcan milagrosas. Pero no son acciones sobrenaturales o esotéricas, son herramientas propuestas por las tradiciones de sabiduría que hoy las neurociencias estudian y validan. Ya lo dijimos: toda tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. Esto es lo que pondremos a prueba.

Diciembre

El océano infinito: abrir el corazón

Todos los ríos confluyen aquí. El corazón es el lugar donde el ser humano siempre ha situado sus emociones más profundas, sus intuiciones, su contacto con lo divino. Hasta tiempos no tan remotos, cuando se preguntaba a las personas dónde residía su identidad, se tocaban el centro del pecho. Hoy, con nuestra cultura racionalista y cientificista, tendemos a señalarnos el área detrás de la frente. En este módulo exploraremos la geografía del corazón, ese órgano físico, emocional, energético y espiritual que nos mantiene vivos y conectados a lo esencial. Veremos las prácticas que lo nutren, los hábitos y actitudes que lo dañan, y la vida que -en su idioma profundo, sutil y mayormente silencioso- nos invita a vivir.

 

Informes e inscripción: ffonde@gmail.com

La vida como práctica

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Allá atrás en los años 60, en plena efervescencia de la contracultura y con el desembarco de las filosofías y tradiciones de Oriente a la costa oeste de Estados Unidos, Michael Murphy y Richard Price crearon una sede de lujo para alojar la revolución en puertas: lo llamaron Esalen. En esta suerte de Shangri-La ubicado sobre un acantilado con aguas termales y vista al Pacífico, miles de personas se asomaron a la meditación, el yoga, el tantra y todo un abanico de prácticas que les ofrecieron un primer atisbo del infinito.

Por Esalen desfilaron las mentes brillantes del momento: Abraham Maslow, Fritz Perls, Roberto Assagioli, Joseph Campbell, Aldous Huxley, Stanislav Groff, Carlos Castaneda. El estímulo era poderoso, y así también eran las aperturas que se producían. Todo indicaba que ese centro neurálgico de la Nueva Era estaba gestando una versión mejorada y ampliada de la humanidad.

Sin embargo, con el tiempo Michael Murphy advirtió un fenómeno preocupante que bautizó “síndrome de seminario de fin de semana”. Una personas tras otra reportaba grandes visiones, intuiciones y descubrimientos tras participar de un taller o un retiro, sin duda impulsados por la calidad de las prácticas y la fuerza de lo colectivo. Pero a poco de volver a sus casas el domingo a la noche los efectos comenzaban a esfumarse, y para el martes ya se sentían presas de las mismas ansiedades, miedos y neurosis con las que habían arribado.

Murphy investigó este patrón y llegó a la conclusión de que solo la práctica sostenida a lo largo del tiempo, sumada a ejercicios como la auto-observación y la visualización de las cualidades que se busca desarrollar, redundaban en una auténtica transformación de la conciencia (modelo que sintetizó luego en un programa de excelencia que llamó “Práctica transformadora integral”).

Pero aun con el cultivo sostenido de una o más prácticas, hay un eslabón que no debemos ni podemos olvidar. En su precioso libro “Aceptación radical. Abrazando tu vida con el corazón de un Buda”, la maestra de meditación budista Tara Brach cuenta la siguiente anécdota. Se encontraba un día inmersa en una meditación particularmente profunda. En el silencio de su cuarto, vislumbraba a ojos cerrados un universo de unidad y armonía indecibles. No hubiese querido moverse de ese encuentro con lo más profundo de su conciencia nunca más. En ese preciso instante, tocó la puerta su hijo Naroyan. Como una tromba le contó que había perdido el ómmibus escolar y que no iba a llegar a tiempo a la escuela si ella no lo llevaba.

La mujer salió de su estado, tomó la cartera y se lanzó al auto con su hijo. En el camino, atravesando el tráfico matutino, refunfuñaba por lo bajo. Cuando Naroyan hizo un gesto de querer prender la radio, como hacía habitulamente, ella le apartó la mano de un zarpazo. No tardó en reparar en la ironía de lo que estaba ocurriendo: de sentirse amorosamente unida a todo el universo, había pasado -sin escalas- a sentirse alejada y hasta enfrentada de la persona a quien más amaba en el mundo. Profunda como era, a su práctica le faltaba un crucial eslabón.

Las prácticas contemplativas, energéticas o meditativas son antiguas tecnologías de lo sagrado. Cultivadas a conciencia, pueden ayudar a aquietar nuestros pensamientos, abrir nuestros corazones y derretir nuestra fijación al “pequeño yo”,  conectándonos con nuestra naturaleza esencial. Pero si solo concentramos nuestros esfuerzos en lo que ocurre en el almohadón de meditación, el dosho o el salón de yoga, olvidándonos de quienes somos y cómo nos comportamos cuando dejamos ese laboratorio, corremos el riesgo de crear un nuevo síndrome, el del “gimnasta espiritual” que vive para lograr sutiles realizaciones o estados de conciencia, se desvela por la salud de sus chakras o por la impecabilidad de su dieta, y pierde de vista el auténtico objetivo de todo este hacer, que es ser.

¿Ser qué? Todo lo que las prácticas realmente quieren enseñarnos: ser sabios, compasivos, bondadosos, pacientes, ecuánimes, confiables, agradecidos. En el léxico que alcanzó y sobró para nuestros abuelos, ser -nada más, nada menos- “buenas personas”.

Si confundimos los medios con los fines, nos alejamos de aquellos inspirados gestores de todo este universo, cuyo anhelo fue contribuir a una humanidad menos sufriente pero también más humilde y amorosa, más consciente de su pequeño lugar en el vasto concierto de las cosas.

Las preguntas que nos haremos al final del camino son sencillas: ¿hice feliz a otro? ¿Di lo mejor de mí? ¿Aporté mi cuota de belleza al mundo? ¿Elegí el camino más humano y compasivo? ¿amé bien?

Recordarlas cada día quizás sea la práctica mejor.

 

Fabiana Fondevila

 

Los riesgos del ‘bypass espiritual’

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¿Alguna vez recurriste a tu espiritualidad para evitar enfrentar un aspecto doloroso de tu vida? ¿Dejaste pasar abusos en nombre de la compasión? ¿Te escudaste en tus aspiraciones más elevadas para evitar sentir celos o enojo, por considerarlas emociones “poco espirituales”?

Si la respuesta a alguna de estas preguntas es sí, no estás solo. La mayoría de las personas que transitan el camino espiritual caen en algún momento, sin darse cuenta, en esta distorsión que el psicólogo estadounidense John Welwood bautizó “bypass espiritual” allá por 1984. De hecho, es una ocurrencia tan común en la cultura espiritual reinante, que muy pocos perciben su existencia y los peligros que trae aparejados.

Autores como Ken Wilber y Robert Augustus Masters incluso advierten que muchos consejeros religiosos y psicólogos transpersonales hoy promueven este error, con las mejores de las intenciones, al proponerle a quienes buscan su ayuda soluciones espirituales a problemas de otro origen (cognitivos, psicológicos, hasta corporales).

El psicoterapeuta Robert Masters dice en su libro Bypass espiritual: cuando la espiritualidad nos desconecta de lo que verdaderamente importa que nuestra dificultad para tolerar y hacer frente a nuestra sombra personal y colectiva es el motor que nos lleva a buscar la espiritualidad como refugio o solución fácil a nuestros problemas. En estos casos, las prácticas o creencias no ayudan a elevarnos sino a evitar el costoso tránsito por el auto-examen y la auto-observación, a acallar la voz interior que nos dice que algo no está bien, a barrer bajo la alfombra conflictos y dificultades que piden a gritos ver la luz del día.

Así lo describe John Welwood, quien acuñó el término a partir de lo que observaba en su comunidad de practicantes budistas, y en él mismo: “Cuando caemos en el ‘bypass spiritual’, usamos la meta de la iluminación o la liberación para racionalizar lo que yo llamo trascendencia prematura: intentar elevarnos por encima del costado crudo y desprolijo de nuestra humanidad antes de haberlo enfrentado verdaderamente y haber hecho las paces con él. Y entonces procuramos usar la verdad absoluta para descalificar nuestras necesidades humanas relativas, nuestros problemas psicológicos, nuestras dificultades vinculares o déficits de desarrollo. Creo que este es una especie de ‘peligro ocupacional’ del camino espiritual, dado que la espiritualidad conlleva la visión de ir más allá de nuestra situación kármica actual”.

¿De qué formas se manifiesta esta tendencia en las personas? En una actitud de desapego excesivo, la represión de ciertas emociones (la tendencia a “anestesiar” la tristeza o el enojo), o a través una compasión ciega, una inclinación exacerbada hacia lo positivo, ignorando o denostando la propia sombra (los aspectos mal vistos de uno mismo). En  casos más extremos, puede presentarse, incluso, como delirios de iluminación.

También se denomina a esta tendencia “inflación espiritual”, en referencia a la noción de que todo puede trascenderse a pura fuerza de luz y voluntad.  Pero ya lo decía C.G. Jung: “Uno no alcanza la iluminación fantaseando sobre la luz sino haciendo consciente la oscuridad”.

Un ejemplo de Welwood, en relación a la práctica del budismo en Occidente: “Si uno intenta practicar el desapego renegando de la propia necesidad de recibir amor, lo único que logra es desterrar esa necesidad al Inconsciente, donde posiblemente actúe y se manifieste de maneras potencialmente peligrosas”.

Explica el terapeuta: “Es fácil usar conceptos como ‘la verdad del vacío’ de una manera distorsionada. La enseñanza es que los pensamientos y las emociones no tienen existencia verdadera, que son apenas ilusiones del Samsara (el mundo de las formas), y por lo tanto, no debemos prestarles atención. ‘Debes reconocerlos como formas vacías y, atravesarlos sin más’, es el consejo que reciben los discípulos. Esto puede ser útil en el ámbito de la práctica, pero en situaciones de la vida, esas mismas palabras pueden ser usadas para reprimir o negar sentimientos que requieren nuestra atención. Lo he visto ocurrir en numerosas ocasiones”.

“Temo que lo que muchos budistas occidentales están practicando no es desapego, sino evitación del apego. Esto no es lo mismo que liberación del apego: es otra forma de apego: se apegan a la negación de sus necesidades humanas, por desconfianza en el amor” , subraya.

Este fenómeno se asocia en parte con la explosión de interés en la espiritualidad que acontece en los años 60 y la adopción por parte de Occidente de prácticas y saberes del Oriente; y también con la deformación de estas prácticas y creencias en lo que ha dado en llamarse “espiritualidad de consumo rápido”.

Pero no es privativo de las tradiciones orientales ni de sus prácticas; la oración también puede ser usada como una manera de evitar contactar con las heridas psicológicas y los dolores del corazón.

Lo cierto es que no hay nada instantáneo en el proceso de crecimiento espiritual. Quienes conquistan la madurez en este terreno lo hacen a fuerza de años de trabajo interior y transparencia, sabiéndose pequeños y falibles en cada paso del camino. En términos de Welwood, en ellos la fruta cae del árbol por su propio peso, en lugar de ser arrancada prematuramente de la rama.

Hay en estos seres añejados espiritualmente -sean monjes, maestros o barrenderos- una cualidad de integridad y de arraigo. No son almas descarnadas ni aparentan serlo. No están, ni se pretenden, más allá de nada. Por eso son capaces de abrazar la complejidad de quienes los rodean con amor, y mostrar el camino hacia una transcendencia real, sin atajos ni ilusiones de santidad, con simple vocación humana.

¿Qué más podríamos desear?

Fabiana Fondevila

La promesa de la Nueva Era

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En su libro La llamada (de la) Nueva Era (Kairos), el español Vicente Merlo hace algo inusual: se toma en serio este movimiento tan bastardeado de la segunda mitad del siglo XX y produce un ensayo exhaustivo y profundo sobre sus causas, revelaciones y consecuencias.

Es inusual, porque si bien ha habido autores que lo han analizado antes, ninguno se ha tomado el trabajo de examinar en profundidad este colectivo de ideas, creencias, prácticas y esperanzas en su totalidad, distinguiendo las diversas corrientes que lo componen, las novedades que trae, las críticas fundadas e infundadas que se le han dirigido, y lo que permanece en pie de todo ello en nuestros días.

En un acto de honestidad intelectual, Merlo comienza por relatar su propio derrotero espiritual. Su paso por la facultad de Filosofía (de donde emergió con un doctorado), su iniciación a la vida intelectual de la mano del freudo-marxismo en una época rica en convulsiones sociales y políticas (1973-1975); el descubrimiento de la meditación, sus primeras incursiones en el esoterismo occidental de la mano de Antonio Blay y luego Jean Klein), su viaje iniciático a la India en los 80. Allí se quedaría dos años, residiendo en el ashram de Sri Aurobindo en Pondicherry, y crecería su devoción por el misticismo oriental en general y el de Aurobindo y la Madre (su compañera espiritual, Mirra Alfassa), en particular.

La decena de libros publicados por Merlo –Las enseñanzas de Sri Aurobindo, 1998, Simbolismo en el arte hindú, 1999; La autoluminosidad del atman, 2001 y La fascinación de Oriente, 2002, entre ellos- reflejan estas pasiones, y la erudición que desarrolló en torno de cada una de ellas.

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En La llamada (de la) Nueva Era, dedica largos y sesudos capítulos a estas vertientes, así como a la Teosofía (de Helena Blavatsky sus seguidores) y otras fuentes del esoterismo occidental (Rudolf Steiner, Alice Bailey) sin perder de vista la visión del colectivo que el libro aborda: ¿qué es la Nueva Era? ¿Por qué ha sido criticada tan duramente? ¿Qué queda en pie de sus postulados originales, y cuáles cayeron por su propio peso?

Enumera, así, sus principales características: el legado de la contracultura de los 60, con su postura radicalmente anti-establishment, que en la New Age se vería reflejado en el rechazo de las instituciones y las tradiciones religiosas; la inclinación al sincretismo, producto de las convergencia de Oriente y Occidente y el encuentro de los sectores místicos de las distintas religiones; el ideario progresista, ecologista, feminista, libertario y pacifista; la propensión por la expresividad y la creatividad individual, y la creencia de que el ser humano es intrínsecamente bueno y capaz de transformarse en la mejor versión de sí mismo. En marcado contraste con sus derivaciones posteriores, en sus albores la Nueva Era postulaba todo esto como un cambio global y colectivo. La salvación vendría únicamente de la comprensión de la unidad esencial de los seres humanos, y de su filiación con el planeta que habitan.

Antes de que se acuñara el término “La Nueva Era”, se habló de la Era de Acuario. Si bien los astrólogos nunca se pusieron de acuerdo en un calendario que demarcara cuándo comenzaba la era correspondiente a un signo y terminaba otro, en términos generales el signo de Acuario se asocia con el humanismo, el idealismo, la intuición, la rebelión y el inconformismo, rasgos todos que se pusieron de relieve en las décadas en cuestión, alimentando la ilusión de que un pródigo nuevo capítulo comenzaba a escribirse entre los humanos.

Curiosamente, en el mismo período en que se expandían estas tendencias -de los sesenta a los noventa-, cobraban fuerza paralelamente los movimientos fundamentalistas e integristas en las distintas religiones. El cristianismo, el judaísmo, el Islam, y en menor medida el hinduísmo y el shintoísmo vieron crecer en su seno corrientes que predicaban la re-sacralización de la vida cotidiana. Señala Merlo la paradoja: no era muy distinto lo que pretendían los adherentes de la Nueva Era; sólo que si los fundamentalistas buscaban esa re-sacralización en el retorno a las antiguas tradiciones y los textos de su fe, los new agers lo hacían, por el contrario, apelando a lo nuevo: nuevas revelaciones, canalización de inéditos mensajes divinos y la defensa de la autoridad espiritual interior por encima de cualquier institución.

Merlo también pasa revista al punto de encuentro que existió entre el ideario de la Nueva Era y ciertos sectores de la biología y la física, como Fritjof Capra (con su Tao de la Física), el paradigma holográfico, la hipótesis Gaia (el planeta como ser viviente) de James Lovelock, los campos morfogenéticos de Rupert Sheldrake, y más recientemente, el acercamiento a la física cuántica (aunque la ciencia oficial se queje de que este paralelismo haya sido forzado y tergiversado).

Pero quizás la distinción más interesante que hace Merlo es la de “las tres dimensiones constitutivas de la Nueva Era”: la dimensión oriental, la dimensión psico-terapéutica, y la dimensión esotérica. 

Respecto de la primera, narra el arribo de la espiritualidad de Oriente a Occidente, en sus muchas formas -yoga, tantra, meditación transcendental, Zen, Vedanta, en menor medida taoísmo- y con sus muchas caras: Swami Vivekananda, Swami Muktananda, Paramahansa Yogananda, Osho, Sai Baba, Maharishi Mahesh Yogi,  D.T. Suzuki, Thich Nhat Hanh y Chogyam Trungpa, más los divulgadores occidentales como Alan Watts, Aldous Huxley y Ram Dass. Además de describir el contexto en que fue apareciendo cada uno, da cuenta de cómo la idealización inicial por la mística oriental en los 60 dio lugar en muchos casos a un sincretismo maduro y conducente.

Al analizar la segunda dimensión, Merlo recuerda a los precursores -William James, Carl Gustav Jung y Roberto Assagioli-, recorre el nacimiento de importantes escuelas psicológicas como el movimiento de potencial humano y la psicología transpersonal, y en sus cultores: Fritz Perls, Abraham Maslow, Carl Rogers, Gregory Bateson, Roger Walsh, Ida Rolf, entre otros; la creación del Esalen Institute en 1962, un hito de tal magnitud que muchos lo consideran el verdadero comienzo de la Nueva Era. No pasa por alto el impacto de estas ideas en la salud, con el boom de las terapias alternativas (homeopatía, acupuntura, fitoterapia, flores de Bach, musicoterapia, curaciones chamánicas, terapia de la polaridad y de vidas pasadas); en todos los casos subyacía una nueva visión que contraponía a la perspectiva mecanicista, que busca curar la enfermedad, una mirada holística, que pretende entender su sentido en el marco de la persona. Cada una a su modo, todas estas terapias procuraban unir psicología con espiritualidad. En términos de algunos autores, lo que se produjo con estas corrientes fue “la sacralización de la psicología y la psicologización de la espiritualidad”. 

Por fin, recala en los desarrollos y exploraciones de Stanislav Grof y Ken Wilber, quien suelen enmarcarse en el paradigma de la psicología transpersonal, aunque éste último eligió eventualmente deslindarse de ella y crear la psicología integral. Sin que sea el propósito reproducir aquí el extenso análisis que hace de la obra de ambos, debe quedar claro que Merlo se encarga de destacar la seriedad de estas investigaciones, y el esfuerzo por lograr una síntesis nueva y auténtica de los conocimientos diversos que confluían en ese momento.

Así y todo, no obvia algunas críticas lapidarias que hace el mismo Wilber a la Nueva Era, de la que claramente no se siente deudor, como la siguiente:

“Como tales, la mayoría de los movimientos de la Nueva Era no incluyen la visión racional del mundo de forma que pueda ser trascendida e incluida; más bien, la mayoría de ellos acaban retrocediendo a distintas formas de imperialismo mítico (incluso, magia tribal). Estos movimientos destacan la autorrealización, que con frecuencia se reduce a egoísmo mágico; y este narcicismo mágico ha sido trabajado y convertido en una mitología de la transformación mundial que apenas esconde su tendencia imperialista.”

Merlo considera que esta crítica se dirige en realidad a la así llamada “ala de prosperidad y abundancia” de la Nueva Era, un desarrollo tardío que se basa en la idea que la prosperidad económica sería una legítima manifestación del espíritu y un indicio de armonía con el universo.

La tercera dimensión que analiza el autor deriva de las ideas teosóficas y posteosóficas, y se lleva la mayor parte, ya que (como anticipa al comienzo) es el centro del interés personal del autor. Desfilan en estas páginas los aportes de H.P. Blavastky, Annie Besant, Alice Bailey, Alistair Crowley y muchos más. Analiza los antecedentes rosacruces, antroposóficos y de otras escuelas, y remite a exponentes modernos del esoterismo occidental como David Spangler (el teórico de la comunidad escocesa de Findhorn, que según sus propulsores habría sido creada con ayuda de los devas y espíritus protectores de la naturaleza), y al ya mencionado Vicente Beltrán, entre otros. Hay lugar también para las canalizaciones más reconocidas, como la del Curso de Milagros, las de OMnia (las que más lo impactaron personalmente), las visiones de Edgar Cayce, la creencia en los Maestros Ascendidos y la Fraternidad planetaria, y desarrollos terapéuticos como el Pathwork (canalizados por Eva Pierrakos), y el Rebirthing de Leonard Orr.

Como un desarrollo nuevo, menciona lo que algunos están dando a llamar el “Next Age”,  con génesis en Italia. Esta corriente se habría iniciado con el fracaso de las esperanzas milenaristas, que hizo que todos los cañones apuntaran de pronto al mejoramiento del individuo. Esta corriente se nutriría básicamente de autores provenientes del Pensamiento Positivo y de la Auto-Ayuda (menciona entre ellos a Anthony Robbins, Paulo Coehlo y James Redfield), y ya no incluiría la aspiración a la iluminación colectiva de la que se nutría el paradigma anterior.

El final del libro es una defensa de la Nueva Era contra las críticas más importantes a las que ha sido sometida: desde el racionalismo moderno-ilustrado, el protestantismo evangélico, el esoterismo tradicionalista-perennialista y el catolicismo vaticanista.

Más allá de la opinión que merezca a cada uno las corrientes analizadas, la obra de Merlo impacta por su alcance y conmueve por su evidente interés en desentrañar y salvar del escarnio a un cúmulo de ideales que dejaron huella y que siguen siendo, para muchos, artículo de fe, motivación, aspiración y norte.

Siete prácticas esenciales

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¿Existen prácticas espirituales que excedan los dogmas de las diversas religiones  por su sabiduría intrínseca y su eficacia para forjar una buena vida? Roger Walsh, ilustre profesor de Psiquiatría, Filosofía y Antropología australiano, está convencido de que sí, y escribió un libro para compartirlas.

Walsh se ha dedicado durante décadas a investigar los efectos de la meditación sobre la salud física, mental y espiritual, y también a explorar la vinculación entre los estados ampliados de conciencia (creados por diversas prácticas) con la naturaleza de las experiencias místicas.

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En su libro “Espiritualidad esencial”, con prólogo del Dalai Lama, Walsh da cuenta de siete prácticas centrales a todas las tradiciones de sabiduría que promueven el despertar y la apertura del corazón, y procuran, lisa y llanamente, una buena vida. Recomiendo la lectura del libro, que es un tesoro de sabiduría en sí mismo. Aquí, lo esencial de estas siete prácticas esenciales.

1. Transformar la propia motivación. Reducir las ansias y hallar el verdadero deseo del alma. 

“Para vivir un mito mayor, uno debe abandonar la historia más pequeña”, dice Walsh. ¿Qué significa esto? Que, al principio del camino, el crecimiento espiritual se presenta como un sacrificio. Sólo después, con el tiempo y el progreso en las prácticas, se hace evidente que el verdadero sacrificio era continuar con la vida anterior, pequeña y constreñida.

La meta, a la larga, es entender que ninguna sensación ni posesión externa puede proveernos satisfacción duradera. De hecho, todo elemento externo que nos tranquiliza y calma nuestros deseos pasajeros nos distrae de aquello que importa. Ante esto, hay dos actitudes posibles: 1. satisfacer esas ansias (comiendo, consumiendo, comprando), pasarnos la vida buscando nuevas formas de anestesiarnos, generándonos nuevas ansiedades y codicias, o, 2. cambiar nuestra mente. Esto significa: soltar las ansias cuando aparecen y apuntar le mente hacia una satisfacción genuina y perdurable. La infelicidad, dice Walsh, rescatando un precepto clave del budismo, es la diferencia entre lo que ansiamos y lo que tenemos. Si soltamos el ansia, ese abismo desaparece. Así lo decía Gandhi: “Renuncia y alégrate”.

Pero no se trata del sacrificio por el sacrificio mismo, y aquí viene lo interesante: cuando la mente ya no se siente tironeada por las ansias en perpetua fluctuación, siente nacer de sus profundidades un deseo más maduro: por ejemplo, la añoranza por la belleza y el altruismo, por la verdad y la justicia. Las tradiciones se han referido a esta clase de deseo como “el anhelo de lo bueno, lo bello y lo verdadero”.

Estas cualidades nos revelan nuestra verdadera naturaleza y nos llaman a la trascendencia. Frente a ellas, deseos mundanos como la fama y el reconocimiento se muestran pequeños e ilusorios. Lo que buscamos, en última instancia, no es la satisfacción de un deseo puntual sino acceder a la fuente que los colma a todos: la iluminación.

Sin embargo, cada uno deberá llegar a su manera. Y ahí los senderos se bifurcan: algunos se acercarán de la mano del arte, la música, la poesía; para otros, el canal será la naturaleza. Lo cierto es que, a medida que avancemos en el camino, el esfuerzo se irá haciendo más liviano, hasta casi desaparecer. Y entonces, en lugar de perseguir nuestra dicha, nos dedicaremos, cada vez más, a expresarla. El buscador se habrá convertido en iniciado. En otras palabras, en sabio.

2. Cultivar la sabiduría emocional. Sanar el corazón y aprender a amar.

Lo que sea que sintamos es lo que vemos a nuestro alrededor. Cuando lo que sentimos es amor, vemos un mundo que añora dar y recibir amor.

Las emociones van y vienen, pero un único sentimiento ha sido elogiado y valorado por los siglos de los siglos, por todas las religiones por igual: el amor. De hecho, la idea del amor ha dejado una impronta más indeleble en nuestra cultura que ningún otro concepto o noción. Es la fuerza más potente del universo, aquella que mantiene, dirige e informa a cada ser viviente.

Pero, ¿cómo y dónde se encuentra el amor? No se encuentra fuera de uno, ni tampoco en personas especiales, dice Walsh. No se encuentra cuando se lo busca motivado por el temor y una sensación de inadecuación, como buscando algo que a uno lo complete. Buscarlo con estos motivos trae una serie de problemas y distorsiones. El amor maduro, por el contrario, se basa en la auto-suficiencia y la integridad.

Virtualmente todas las religiones ponen al amor en primer lugar: el Islam y el cristianismo lo destacan como valor primigenio, el judaísmo exhorta: “Ama a Dios con todo tu corazón, tu alma y tu luz, y ama a tu prójimo como a ti mismo.” Jesús lo lleva aun más lejos y dice “Ama incluso a tus enemigos”. Y el hinduismo enfatiza: “Ama a todas las criaturas”. (El budismo habla del amor en forma indirecta, ya que hace foco en la iluminación)

¿Cómo es ese amor magnánimo del que hablan los grandes profetas? Es incondicional, es infinito, no busca recibir tanto como dar, y está siempre con nosotros, oculto, incluso, detrás de emociones como el enojo, los celos y el egoísmo.

Pero esas emociones existen y deben ser manejadas. Según Walsh, la forma nunca es negarlas, reprimirlas ni entrar en conflicto con ellas. Más bien, la sabiduría está en reconocerlas como una parte natural de la vida. Ni alimentarlas ni incentivarlas, sino explorarlas con compasión, equilibrándolas con ecuanimidad y aprendiendo de ellas.

Las prácticas espirituales ayudan significativamente a expandir y profundizar el amor, ampliando su espectro. En sus niveles más altos, el amor se revela, más que como una simple emoción, como la naturaleza última de la realidad. De este amor extático y existencial casi no dan cuenta las palabras. Pero, según los sabios de todos los tiempos, una vez que ocurre, es inconfundible.

“Enloquece de amor”, instruyó a sus discípulos el maestro hindú Ramanakrishna. Y no  hablaba de un flechazo romántico.

3. Vivir éticamente. Sentirse bien al hacer el bien.

Mahatma Gandhi comenzó su carrera como un abogado tímido y circunspecto, pero su carácter dio un vuelco al vivir y trabajar en Sudáfrica y entrar en contacto con la realidad del racismo. Volvió a su país decidido a trabajar por la justicia social. Podría haberse convertido en un hombre iracundo y resentido; en cambio, se transformó en un apóstol de la paz. Inició una revolución que unió valores espirituales con reclamos sociales. En lugar de ver a sus oponentes como enemigos inhumanos, los vio como potenciales amigos; en vez de insultarlos, su protesta fue ayunar por la paz; en lugar de atacarlos físicamente, buscó inspirarlos moralmente. Con la fuerza de su convicción atrajo a miles de sus compatriotas a un movimiento sin precedentes que derrotó al Imperio Británico, consiguió la independencia de la India e inspiró movimientos similares en otras partes del mundo.

Para las grandes religiones la ética no consiste solo en no dañar, sino en hacer todo lo posible por ayudar. ¿Ayudar a quién? A todos los seres vivientes. Pero, dice Walsh, para poder aspirar a estas cumbres, hay que comenzar por sanar las heridas causadas por las faltas éticas del pasado.

Notaremos que, cuando nos sentamos a meditar, los pensamientos más perturbadores son siempre aquellos que se vinculan con acciones poco éticas, tanto de nuestra parte hacia otros como de otros hacia nosotros. Estos recuerdos mantienen a nuestra mente prisionera con sus residuos psicológicos y espirituales. A veces, uno siente que es su propio carcelero por no poder librarse de estas cargas del pasado. Todas las tradiciones coinciden en que es necesario liberarnos de estas culpas. Pero, ¿cómo hacerlo?

Cada caso requerirá acciones diferentes, por supuesto. Pero las grandes religiones ofrecen algunos lineamientos generales: primero, reparar el daño en la medida de lo posible. Si uno causó dolor, pedir perdón. Si uno robó, devolver o pagar aquello que tomó. Segundo, buscar soluciones en las que todos aprendan de la experiencia. Tercero, si uno ha sido el victimario, evitar ceder a la tentación del contra-ataque. A veces, dice Walsh, es tentador devolver una afrenta, pero lo único que esto logra es generar un espiral creciente de violencia. Cuarto, relatar lo ocurrido a alguien. Esta simple práctica es tan útil que tiene encarnaciones antiguas como la confesión, y modernas como la psicoterapia y los grupos de auto-ayuda. Quinto, aprender todo lo que se pueda de la experiencia.

A veces puede resulta útil una “visualización correctiva”. Primero se recuerda el hecho tal como ocurrió, experimentando nuevamente las sensaciones que la mala acción trajo a la conciencia en el momento. Luego se revive la secuencia, pero eligiendo esta vez un desenlace más alineado con nuestros valores. A veces, esta experiencia puede ayudar a soltar lo hecho, a la vez que se cincela otro curso de acción para ocasiones futuras.

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4. Concentrar y calmar la mente.

Como ya dijimos, nuestra mente es infinitamente inquieta. Los budistas la asemejan a un mono que salta locamente de rama en rama. En todo momento estamos fugándonos hacia el futuro, elucubrando planes o fantasías, sumergiéndonos en el pasado con recuerdos gratos o ingratos, reviviendo la pelea de anoche o el logro de la semana anterior. No es de sorprender que lleguemos a la noche mentalmente exhaustos.

La psicología occidental reconoce este problema desde hace años. El gran psicólogo William James sostuvo que “una educación que entrenara la atención sería una educación de excelencia”. Freud se refirió a lo mismo por oposición: “El hombre ni siquiera es dueño de su propia mente”. La psicología occidental, de algún modo, se resignó a entender a la atención como algo ingobernable. Pero las grandes religiones plantean desde hace siglos algo muy diferente: la mente se puede y se debe entrenar, ya que en ello se asienta toda posibilidad de paz.

Un discípulo preguntó al gran sabio hindú Ramana Maharshi: “¿Qué se interpone en mi camino hacia Dios?”. “Tu mente fluctuante”, respondió el maestro. El Dalai Lama lo llevó aún más lejos y proclamó: “En su mejor aspecto, la religión es una herramienta para ayudar a entrenar la mente”. En palabras de Buda: “Una mente no entrenada te hace mayor mal que aquellos que te odian. Una mente entrenada te hace mayor bien que aquellos que te aman.”

¿Por qué es tan crucial entrenar la mente? Por un lado, si podemos controlar la atención, podemos concentrarnos en evocar cualidades deseables como el amor y la alegría. Y por otro, lo que ponemos en nuestras mentes es tan importante como lo que ponemos en nuestras bocas. O sea, nuestra dieta mental afecta nuestra salud mental. Ya lo dijo San Pablo: “Lo que es verdadero, lo que es honorable, lo que es justo, lo que es elogiable; piensa sobre estas cosas.” Aquello en lo que nos concentramos en aquello en lo que nos convertimos.

Muchas personas piensan que la meditación y la contemplación son prácticas propias de las religiones orientales. E incluso algunos sectores conservadores del cristianismo y el judaísmo han rechazado estas prácticas con frases como “Una mente ociosa es el taller del diablo”. Pero hay una enorme diferencia entre la vagancia y la paz. La realidad es que la meditación ha sido una práctica crucial de las tradiciones cristiana y judía, y de la mayoría de los linajes.
La meditación y otras prácticas de concentración comparten dos elementos esenciales: 1. Se elige un objeto para ser el foco de la atención (una imagen, una palabra, un rezo). 2. Cuando la atención se distrae de este objeto, se la trae suavemente de vuelta, una y otra vez. Este es el corazón del método. Con la práctica, la mente se aquieta y es capaz de permanecer enfocada por más tiempo. Lo más importante es disponer de un tiempo todos los días para meditar, y establecerlo como parte de la rutina diaria.

Los estratos más altos de la concentración y la calma

A medida que esta capacidad se entrena, se llega progresivamente a lo que los cristianos han llamado “la paz que supera el entendimiento”, que es un umbral a lo sagrado; una mente en paz y no perturbada se abre naturalmente hacia su fuente. Este es uno de los descubrimientos más antiguos e importantes de la humanidad: una mente tranquila está en estado perfecto para la iluminación. Dice el Rig Veda, un texto sagrado hindú de más de 3.000 años de antigüedad: “Traigamos a la mente a descansar en la gloria de la verdad divina”. Este es también el propósito del yoga, disciplina que busca controlar el cuerpo, la mente y la respiración con el fin de llevar a la mente hacia el silencio.

Al perfeccionar esta habilidad, crece también la bondad y se abre el corazón. El fin último es la práctica continua, en la que todas las actividades son una oportunidad para el despertar. La mente se transforma en un perfecto espejo para el mundo, y nace así la visión de lo sagrado.

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5. Despertar la visión espiritual. Ver claramente y reconocer lo sagrado en todo.

“No vemos las cosas como son, sino como somos”, dice el Talmud. “Vivimos en semi-inconsciencia, nuestra visión espiritual está dormida”, dice Buda. En otras palabras, vamos por la vida en un un estado de semi-sonambulismo.

Sabemos que lo que nos da cada momento depende de la atención que le brindemos. Si la concentración nos permite dirigir la atención al momento, la presencia –o “mindfulness”- nos permite explorar ese momento en profundidad. Estar presentes a nuestras vivencias tiene un sinfín de beneficios: mejora nuestras relaciones, el mundo en el que vivimos, nuestras propias mentes. ¿Cómo mejora nuestras relaciones? Al estar más presentes a los demás advertimos su tono de voz, sus gestos, sus señales, logramos desarrollar con ellos una genuina empatía.

La presencia también nos permite registrar al mundo sensorialmente. A diferencia de lo que suele pensarse, la espiritualidad no se opone al disfrute de lo sensorial, sino apenas al apego a los placeres sensoriales, ya que toda forma apego causa sufrimiento. En cambio, las tradiciones llaman por igual a vivir cada momento con la percepción y los sentidos vivos y despiertos. Así, el cristianismo elogia “el sacramento del momento presente” y lo sufíes sostienen que “el mejor acto de reverencia es observar el momento”.

Ese habitar el momento nos permite responder con conciencia a las cosas que ocurren, en lugar de reaccionar impulsivamente. El mindfulness también favorece nuestra salud: reduce la presión arterial, el asma, el dolor crónico y las afecciones psicosomáticas. Y numerosos estudios confirman también que mejora el funcionamiento psicológico.

En sus estratos más altos, la facultad de la presencia nos permite apreciar lo sagrado en nosotros mismos y en todo lo que nos rodea. Cuando esto ocurre, aprendemos a ver “con el ojo del alma”. Al principio esto se produce sólo por instantes, como vislumbres de gran belleza que no permanecen. Pero con el tiempo esa capacidad se refina y nuestra mirada se asienta en ese lugar más alto, transformando todo lo mundano en una oportunidad para el disfrute espiritual.

6. Cultivar la inteligencia espiritual. Desarrollar la sabiduría y comprender la vida.

En la vida moderna estamos saturados de información, pero la sabiduría escasea. Todas las religiones han postulado a la sabiduría como uno de los más altos valores. ¿Qué es, exactamente, la sabiduría?

Al hablar de sabiduría nos referimos a una comprensión profunda de los temas centrales de la vida, especialmente los existenciales (el sentido de vivir, el desafío de armar relaciones, de aceptar por momentos la soledad, de reconocer nuestra pequeñez ante la vastedad del universo, de convivir con la incertidumbre y a la vez con la certeza de la muerte, la enfermedad y el sufrimiento). Una persona que logra un profundo conocimiento sobre estos temas, y además demuestra una facilidad para vincularse con ellos en forma práctica, es verdaderamente sabio.

Desde los antiguos griegos, se ha considerado que la sabiduría contiene estos dos aspectos: el visionario o de comprensión, y el aspecto práctico.

Pero, ¿a dónde acude uno en busca de sabiduría? No a la universidad, donde prima la información, ni, ciertamente, a los líderes políticos. Se acude, más bien, a las grandes tradiciones, las que han acumulado el conocimiento de los sabios por los siglos de los siglos. A la larga, sin embargo, hallamos sabiduría en cada persona o situación que somos capaces de experimentar con una mente abierta e inquisitiva.

Aun pudiendo aprender sabiduría de todas las cosas, no obstante, las tradiciones recomiendan cinco fuentes privilegiadas: la naturaleza, el silencio y la soledad, las personas sabias, nosotros mismos, y el reflexionar sobre la naturaleza de la vida y la muerte.

¿Y quiénes vendrían a ser los sabios? Obviamente los fundadores de las grandes religiones como Buda, Lao Tsé, Confucio, Jesús, Mahoma. También los profetas y discípulos que se dedicaron a transmitir sus enseñanzas. Pero no debemos quedarnos anclados en el pasado; la sabiduría no se ha extinguido con el paso de los siglos. De hecho, el siglo XX produjo muchas personas compasivas y sabias; la mayoría de ellas desconocidas, y otras, como Gandhi, la Madre Teresa y el Dalai Lama, figuras mundialmente reconocidas.

Pero no sólo se aprende de los iluminados: una persona que está apenas unos pasos más adelante en nuestra búsqueda puede, también, servirnos de inspiración. Estas amistades, nacidas de un amor común por lo sagrado, pueden ser únicas en su profundidad, y servirnos para avanzar en el camino. Dijo Buda: “Halla amigos que amen la verdad”.

Algunos ejercicios que ayudan a procurarnos sabiduría:

1. Pasar tiempo en silencio y soledad. Si hay una pregunta que te inquieta o preocupa, puedes enfocar la mente en ella en esos momentos. También puedes leer o rezar. Pero lo mejor es pasar ese tiempo en contemplación serena y sosegada.
2. Lectura de textos sagrados. El padre Thomas Keating recomendaba leerlos “deteniéndote a saborear cada palabra, buscando inspiración más que información”. Luego, detente a ver qué ideas y pensamientos estos textos evocan en ti.
3. Reconoce a tus maestros. Haz una lista de todas las personas que te han enseñado. Escribe sus nombres, las cualidades que los hacen especiales y qué te han enseñado; menciona también qué cualidades en ti te hicieron receptivo a sus enseñanzas. La lista puede incluir a niños, amigos, familiares, incluso a tus adversarios. Siente la gratitud de haber recibido sus dones de sabiduría.
4. Disfruta de la compañía de los sabios. ¿Qué personas que conoces personalmente consideras sabias, o se muestran siempre deseosas de aprender? Piensa de qué manera podrías ofrecerles tus servicios o pasar más tiempo con ellos, quizás en un grupo de estudio.

5. Descubre tu filosofía de vida. Gandhi describió su filosofía de vida en tres palabras (“Renuncia, y alégrate”). ¿Con qué tres palabras podrías describir la tuya? Medita y espera a que las palabras vengan.

6. Pide ayuda a tu sabio interior. Con los ojos cerrados y en estado meditativo, invoca un ser que emane compasión y sabiduría. Puede ser una figura histórica, actual o imaginaria. Imagina que se sienta a tu lado, con amor infinito, dispuesto a escucharte. Hazle las preguntas que necesites hacer, y espera su respuesta, sin apurar el proceso. Esta podrá venir en el momento, o más tarde. Agradece su ayuda antes de concluir la meditación.

6. Pasa revista a tu vida. Cada tanto, o cada día si es posible, detente un momento y piensa en la forma en que estás llevando tu vida. El momento ideal para esta práctica es por la noche, antes de irse a dormir. Revisa las acciones día sin juicio ni culpa, apreciando qué acciones procuraron el bien y cuáles podrían no haber sido las más conducentes. Aprecia los aciertos a la vez que revisas los errores.

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7. Expresar al espíritu en acción. Abrazar la generosidad y la alegría del servicio.

Ya lo dijeron Jesús y Mahoma: es más sagrado dar que recibir. Pero no siempre damos con alegría. ¿Por qué es así esto? ¿Por qué a veces vivimos el dar como un sacrificio? Ocurre que, así como llevar una vida ética es un aprendizaje, también se cultiva la virtud de dar con el corazón abierto. Se cultiva, principalmente, ejerciendo estas siete prácticas, que fortalecen la gratitud, el amor y la generosidad.

Las grandes religiones sugieren que la capacidad de dar se desarrolla en tres etapas 1. el dar tentativo, con ambivalencia y temor de extrañar más tarde lo que se entrega. 2. El dar fraterno, en el que uno comparte alegremente sus pertenencias con otros, motivados por la gracia de hacerlos felices. 3. Dar como un rey. En este estadío nos nace dar lo mejor que tenemos, porque la felicidad de los otros nos da tanto o más placer que la propia. En este nivel del dar el servicio se ha convertido en un privilegio y un placer, una práctica espiritual en sí misma.

La psicología ha comprobado que las personas generosas son más felices y saludables que las más avaras. Los primeros experimentan la así llamada “elevación del que ayuda”, el placer provocado por dar placer a otros. Este fenómeno, que también han bautizado  “la paradoja del placer”, se explica porque, al dar de nosotros, aflojamos nuestro apego a emociones negativas como la avaricia, el egoísmo y los celos, fortaleciendo otras más positivas.

Hay un “secreto” bien guardado en el servicio, y es este: está bien disfrutarlo. Cuando uno disfruta del acto de dar, entrega más que lo que entrega; entrega, también, su propia felicidad. Nadie quiere ser asistido por alguien enojado o resentido. Para lograr esta alegría y esa apertura, lo primero es descubrir cuál es la forma en que a uno le gustaría servir. A menudo, esto coincide con los talentos que uno tiene para contribuir. Hay que darse tiempo para experimentar con distintas formas de servicio, hasta encontrar la propia. Dice la sabiduría judía: “Es importante empezar con uno, pero no terminar con uno.”

Los estratos más altos de la generosidad

Años atrás, cuenta Walsh, un joven se hallaba tan deprimido, que hasta pensó en tomarse la vida. ¿Qué podría hacer que la vida valiera la pena? En su peor momento, le vino la respuesta como un relámpago: viviría para descubrir cuánto bien era capaz de hacer un hombre en su vida. Este hombre se llamó Buckminster Fuller y vivió sesenta años más, durante los cuales patentó 2.000 inventos, escribió 25.000 libros y pasó a ser conocido como uno de los pensadores más grandes de su época. La respuesta a la pregunta que se hizo esa noche oscura resultó ser: mucho.

Los sabios han jugado a este juego por años: contribuir al mundo, y despertar. Despertar, y contribuir al mundo. Es el juego más grande que puede jugar el ser humano, el que más sentido y valor aporta a nuestras vidas. Los místicos modernos avalan esta verdad milenaria y aconsejan: juega ese juego con intensidad, como si tu vida y tu cordura dependieran de ello, porque, de hecho, lo hacen.

Lleva adelante estas siete prácticas no para tu propio beneficio solamente, sino para el beneficio de todos. Ama y sirve a la vida en sus infinitas formas, cuida de nuestro mundo atribulado. Nuestro mundo necesita desesperadamente que lo sanen, pero está en buenas manos: las tuyas. Las de todos nosotros.

 

El arte del amor universal

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Sharon Salzberg es una practicante de meditación budista de toda la vida, y su trabajo colaboró en gran medida en la introducción de prácticas budistas a Occidente. A través de libros como A Heart as Wide as the World (Un corazón tan amplio como el mundo) y Loving-Kindness. The Revoutionary Art of Happiness  (Amor universal benevolente. El arte revolucionario de la felicidad), enseña que prácticas sencillas como la meditación metta -término en idioma Pali que se tradujo al inglés como lovingkindness, y al castellano como amor universal desinteresado o amor benevolente- pueden ayudarnos a conquistar nuestros miedos, abrir nuestros corazones y hacer del mundo un lugar mejor.

La meditación metta consiste en evocar sentimientos de amor y bienestar en nuestro corazón, primero dirigiéndolos hacia uno mismo, luego hacia nuestros seres queridos más cercanos, luego hacia maestros, después hacia extraños, y finalmente hacia personas que nos resultan difíciles de amar, expandiendo de este modo el círculo hasta que no haya nadie a quien no podamos incluir. En el fragmento que sigue, tomado de su libro Loving-Kindness, Salzberg explica de qué modo el metta es un reflejo de aquello que es más puro y esencial en nosotros, y por qué nada es capaz de tocar ni de alterar ese centro primigenio.

“Podemos entender la luz innata y la pureza de nuestra mente al comprender el metta. Como la mente, el metta no se ve distorsionado por aquello con lo que se encuentra. El enojo en nuestro interior o dentro de otros puede ser recibido con amor; el amor no se arruina con el enojo. El metta es su propio soporte, y por lo tanto es libre de condiciones inestables. La mente amorosa puede observar la alegría y la paz en un momento, y la pena en otro, y no se resquebrajará por el cambio. Una mente llena de amor puede parecerse a un cielo cruzado por una variedad de nubes -algunas claras y livianas, otras ominosas y amenazantes. No importa cuál sea la situación, el cielo no se verá afectado por las nubes. Es libre.

El Buda enseñó que las fuerzas de la mente que traen sufrimiento pueden superar momentáneamente a las fuerzas positivas como el amor y la sabiduría, pero nunca destruirlas. Las fuerzas negativas nunca pueden desterrar las positivas, mientras que las fuerzas positivas sí pueden desterrar a las fuerzas negativas. El amor puede desterrar al miedo, el enojo o la culpa, porque tiene un poder mayor.”

(…)

“La práctica del metta, que descubre la fuerza del amor capaz de desterrar al miedo, el enojo y la culpa, comienza con el proceso de hacernos amigos de nosotros mismos. Los fundamentos de la práctica del metta están en la capacidad de hacerse amigo de uno mismo. Según el Buda: ‘Uno puede buscar a través de todo el universo a alguien más merecedor de su afecto y amor que uno mismo, y nunca hallará a esa persona. Uno mismo, tanto como cualquier persona en el universo, merece afecto y amor.’ ¡Cuán pocos de nosotros nos aceptamos de esta manera! Con la práctica del metta descubrimos la posibilidad de respetarnos verdaderamente. Descubrimos, como lo dijo (el poeta) Walt Whitman: ‘Soy más grande y mejor de lo que pensaba. No creí tener tanta bondad en mi interior’.”