Plasmar el año deseado

12346600_10208273944716165_3661774644461674402_nEn este primer taller del año, exploraremos formas de contactar los deseos más profundos del corazón, e indagaremos en los obstáculos que se interponen en el camino de su concreción.

A veces estos deseos nos piden disciplina, compromiso y hasta algún grado de sacrificio, pero nos recompensan con una clase de satisfacción que no se compara con ningún placer pasajero.

Compartiremos ejercicios que combinan conocimientos de las neurociencias con antiguas prácticas visionarias, y que ayudan a hacer lugar en nuestro interior, y en el mundo, para dar a luz a aquello que vinimos a hacer. Como siempre, la magia radicará en un sutil pero trascendente cambio de perspectiva.

Este taller obra de introducción al curso anual, llamado “Las artes del Mago”, cuyo programa estará disponible a la brevedad. Pero puede tomarse independientemente de participar o no en el curso.

Los espero!

Dos opciones de fechas:

Sábado 4 de febrero, 16 a 19 horas / Sábado 11 de febrero, 16 a 19 horas.

Detalles e inscripción: ffonde@gmail.com

 

 

El regalo del asombro

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“Hay una cosa que sé, la más antigua y la más salvaje: el alma existe, y está hecha enteramente de atención.” Esto dice Mary Oliver, la gran poeta naturalista, y con tan pocas palabras nos recuerda lo esencial: que no es necesario viajar al espacio para descubrir el misterio del universo, ver el Taj Majal para recordar que el amor es todo lo que necesitamos, ni presenciar un milagro para saber que todo es milagroso.

La vida abunda en oportunidades para despertar al asombro. Pero, salvo muy de vez en cuando, el asombro no es una emoción explosiva, que nos sacuda y nos obligue a despertar de golpe. Para poder ser atravesados y transformados por esta cualidad es necesario volvernos permeables a su influjo.

A veces, basta con gestos pequeños. Levantar los ojos al cielo al caminar por la calle. Detenernos ante lo pequeño. Absorber a conciencia una frase dicha con intención amorosa. Otras veces, cuando la rutina parece estar ganando la batalla y no logramos vislumbrar más que el próximo ítem en la agenda, se hace necesario parar, volver la mirada hacia adentro y repautar con nosotros mismos.

¿Qué es lo que verdaderamente nos importa, nos conmueve, nos significa? ¿Qué sueño atesorado en la infancia o en la juventud perdimos de vista por el camino? ¿Por qué andamos por la vida semidormidos, cuando todos nos llama a despertar?

De eso tratará el encuentro que tendremos este domingo, en la bella Casa Terrero. Será una exploración de cuerpo entero: comenzaremos por los sentidos. Seguiremos por la voz. Daremos lugar al movimiento. Apelaremos a la imaginación. Iremos al encuentro del cielo, los pájaros, los árboles. Y por último, que es lo mismo que primero (ya que los caminos se encuentran en el medio), llevaremos lo vivido al corazón, para que su inteligencia única lo procese y nos lo ofrezca de vuelta cada vez que lo necesitemos. .

Ojalá puedan sumarse a compartir la experiencia!

https://madmimi.com/s/ddde76

Para cerrar el convite, una vez más, la poeta:

“Instrucciones para vivir la vida:

Prestar atención.

Rendirse al asombro.

Contarlo”.

(Mary Oliver)

Así sea!

El arte de disfrutar

“¿Estas respirando apenas un poquito y llamándolo vida?”

Mary Oliver

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Domingo 16 de noviembre, de 10 a 18hs en San Isidro, Zona Norte de Buenos Aires, Argentina

Coordinan Lic. Fanny Libertun y Lic. Fabiana Fondevila

¿Cómo viví el año que termina? ¿Pude disfrutar del lugar donde vivo, las personas que me rodean, mis propias capacidades, mis sueños y mis objetivos? ¿Cómo recibo lo nuevo si siento frustración por lo que no pasó? ¿Podré ensayar una nueva forma de estar en el mundo, más cerca de la alegría y del centro?

En esta jornada trabajaremos sobre estas importantes inquietudes, y procuraremos darles respuesta desde el corazón de la vivencia.

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Reencantar el mundo

pájaro en mano

Empieza el año, y a muchos nos pasa lo mismo. Perdemos contacto con la naturaleza que hamacó nuestras tardes y colmó nuestras noches de lunas y estrellas. Tememos perder, con ello, la quietud, el gozo y el asombro que vuelve cuando logramos parar, mirar con ojos frescos y disfrutar de las cosas sencillas. Sabemos que la ciudad impondrá sus ritmos, que el trabajo acortará los tiempos, que el celular y la laptop y las pantallas de toda clase competirán por nuestra atención, robándonos -si así lo permitimos- la gracia de habitar el momento.

Nada de esto es inevitable. Todo ocurre, en mayor o menor medida, con nuestra complicidad. O, al menos, se vale -para establecerse- de cierto grado de inconsciencia.

No podemos vivir de vacaciones, y salvo afortunados, no habitamos todo el año rodeados de selvas, mares, desiertos o montañas. Pero sí podemos recuperar espacios de conexión con nosotros mismos y con el entorno natural que nos acompaña en todo momento: el cielo, las nubes y las estrellas, los árboles del barrio, los pájaros, las ranas, las mariposas y las libélulas. Podemos, también, llevar la naturaleza al interior de nuestros hogares, a través de antiguas prácticas que fueron el pan de cada día de nuestros ancestros: recuperar la medicina de las plantas, redescubrir el placer de moldear barro para hacer nuestros cuencos, platos y tazas, tejer nuestro propio cobijo, amasar nuestro alimento, alumbrar nuestra noche.

Esta es la invitación que late en el taller que ofrezco este año. Más que a aprender, convoca a recordar. Más que a estudiar o a esforzarse, incita a embarrarse, entregarse, reencontrarse en quehaceres que le hablan al alma en su propio idioma, y volver a pulsar con la mera experiencia de estar vivos.

La invitación queda hecha, los espero! Abajo, los detalles.

La propuesta:

Indagar, a través de un rico abanico de prácticas vivenciales, la manera en la que la propia esencia se manifiesta y despliega. Reconocer el espejo de esa esencia en la naturaleza y sus ritmos (no hace falta vivir en el campo ni en el bosque, la naturaleza nos sigue adonde vayamos, es sólo cuestión de abrir nuestro corazón a ella). Recuperar formas de habitar el mundo que nos recuerdan quienes somos, nos llenan de alegría y colman nuestra nostalgia por lo no vivido. Empapar nuestra vida cotidiana de una espiritualidad corpórea, terrena y sensual, hasta borrar las fronteras entre ocio y trabajo, disfrute y esfuerzo, interior y exterior, ser y hacer.

 

La modalidad:

Los encuentros tendrán lugar una vez por semana, en día y hora a consignar.

 

El programa:

Nuestra exploración acompañará los ciclos del año, degustando y abrazando sus ofrendas. Como la vida misma, el programa permitirá desvíos, pero seguirá un orden orgánico y esencial.

En los primeros encuentros se irá desglosando la filosofía que sustenta el programa, fuertemente anclado en la relación del alma (un concepto distinto al espíritu, como ya veremos) con la naturaleza, y la forma en que una y otra se nutren mutuamente. Una relación vital que urge recuperar en nuestros días, porque no hay cómo cuidar ni preservar el entorno que nos rodea y sustenta si no amamos y cortejamos al objeto de ese amor.

Nos valdremos de lecturas y meditaciones para ayudar a profundizar cada experiencia, y daremos pie a la reflexión y el intercambio de ideas respecto de lo que estos quehaceres nos plantean sobre la vida. Llevaremos un diario de experiencias, que será de especial utilidad en noviembre, al abocarnos a la escritura creativa.

Y a través de las experiencias compartidas y la vivencia de una comunidad basada en el amor y el asombro, recuperaremos la magia de un mundo vivo, tan vivo como elegimos estar nosotras en cada momento.

El temario

En marzo nos zambulliremos en el universo de las plantas silvestres. Haremos tinturas, mieles, elixires, jarabes, aceites, vinagres. Profundizaremos en plantas puntuales, investigándolas a fondo como uno hace con aquello que ama. Ensayaremos mezclas para distintas dolencias, y arribaremos a recetas propias, que nombraremos y envasaremos para tener y regalar. Continuaremos con el botiquín de la cocina: hierbas y especias que usamos a diario y que pueden brindarnos, además de sabor y sustento, importantes propiedades curativas. Investigaremos los árboles medicinales, y aprenderemos a cosechar y preparar sus bondades. Nos detendremos en las flores comestibles y en cómo sumarlas para agregar color y alegría a nuestras ensaladas, tortas y confituras. Prepararemos golosinas a base de frutos de Crataegus y agua de rosas, entre otras delicias  insospechadas.

En abril, con los días que comienzan a acortarse, iniciaremos la migración: lenta y paulatinamente, iremos llevando la naturaleza al interior de nuestros hogares, amasando pan (y luego, en orden sucesivo, arcilla, tejidos,  imágenes y sueños).

Aprenderemos a hacer una hogaza rebosante de semillas; pan dúctil y nutritivo, lleno de sustento, que invita a personalizarlo y hacerlo propio. Prepararemos pretzels, para deleite de los pequeños (y del niño/a interior). Daremos forma a un espléndido challah, pan trenzado que es el corazón de las fiestas y ceremonias judías, y que representa, en sí mismo, un pequeño ritual celebratorio. Culminaremos con una valiente incursión en el universo del pan con masa madre: un “pan con alma”, capaz de vivir siglos a través de un único fermento que pasa de generación en generación. Dato curioso: aun los que nunca lo han probado indefectiblemente lo recuerdan al degustarlo.

Mayo dará lugar a la arcilla. Disfrutaremos del primer encuentro con este ingrediente primigenio. ¿Qué viejas visiones le transmite a nuestras manos? ¿Qué pide de nosotras? ¿Qué ofrece? Ensayaremos con formas sencillas y profundamente evocativas: el cuenco, la vasija, la fuente. No por nada ha sido ésta una forma de expresión y manufactura de todos los pueblos originarios. ¿Qué se siente al alimentarnos con un pan casero, servido en un cuenco moldeado con nuestras propias manos? ¿Qué dice esto sobre nuestro vínculo con el mundo, y nuestra capacidad de proveer nuestro propio sustento?

Junio traerá el cobijo de la lana. Al tomar contacto con el ovillo, recordaremos el camino que ha hecho para llegar a nuestras manos: la oveja que se desvistió de sus ropajes, la laboriosa esquila, el lavado y el cardado, el cuidadoso hilado, el teñido, el traslado. Honrando esta cadena de esfuerzos, elegiremos un destinatario para nuestra ofrenda. Con él o ella en nuestro corazón, tejeremos una bufanda o chalina que llevará impreso nuestro amor en cada fibra. Tejeremos a modo de meditación, de plegaria, de fervorosa entrega.

En julio vendrán las velas. Hay magia en el acto de iluminar la penumbra con luz propia, sea que esta provenga de velas hechas a mano o de otras fuentes de luz más sutiles. Elaboraremos velas sumergidas, a la vieja usanza, y también velas con cera de abeja. Exploraremos algunos aromatizantes y colorantes naturales. Estas velas elaboradas a fuego lento serán las aliadas perfectas para las indagaciones que siguen, en el corazón del invierno.

En agosto, cuando la oscuridad ya está afincada en nuestras almas y el velo con el mundo invisible es finito, nos adentraremos en puntas de pie en el universo de nuestros sueños e imágenes interiores. Con diversos métodos no analíticos  invitaremos esas imágenes a manifestarse, y les daremos lugar para que nos comuniquen sus secretos. ¿De qué modo? Les pondremos música, sonidos, color y movimiento. Actuaremos sus historias, les haremos preguntas, plasmaremos sus símbolos y los honraremos. Buscaremos tender un puente firme con “el mundo de abajo”, al decir de las tradiciones chamánicas, para que sus antiguos secretos fluyan e informen nuestra conciencia.

En septiembre volveremos a abrir las puertas de la casa: saldremos al jardín, a la plaza, al barrio, a escuchar el llamado de los pájaros. Aprenderemos a distinguir entre una invocación de compañía y un sonido de alerta, entre una canción celebratoria y un cortejo. Descifrar este lenguaje nos revelará un mundo; advertiremos que no hay nada casual ni errático en el comportamiento de las aves que nos rodean, sino que cada gesto tiene un sentido, y ese sentido nos incluye. Con un poco de práctica sabemos cómo volvernos invisibles para poder compartir sus espacios de cerca, y observarlos. El premio final será conocer a los pájaros que habitan nuestro territorio como individuos, y vincularnos con ellos como los vecinos que son. Nuestros antepasados comprendieron el idioma de los pájaros y se guiaron por él en sus interacciones con el mundo; con unas pocas pautas, y apelando a la memoria de la especie, nosotros también podemos hacerlo.

En octubre retornamos al mundo vegetal, pero esta vez para elaborar ungüentos, lociones, cremas y jabones con ingredientes naturales. La idea es usar estos productos como vehículos para experimentar con las cualidades de diferentes plantas y aceites esenciales. Las así llamadas “brujas” fueron, en esencia, grandes conocedoras de las propiedades de las plantas y de su sintonía con cada dolencia o malestar. Al examinar una persona no veían un síntoma sino un estado del alma y del organismo en general. La propuesta para estas exploraciones es buscar esencias y texturas que generen no sólo un efecto físico sobre la piel, sino también uno energético y espiritual.

En noviembre, recurriremos a la escritura para trazar un diálogo íntimo y fructífero entre nuestra alma y el universo. Invitaremos a participar en él a las voces de los ancestros, de nuestros seres queridos, de los que amamos aun sin conocerlos, de los árboles y los pájaros, las sombras, los truenos y la noche. Le daremos a estos intercambios diversas formas: cuento, poesía, carta, canción. Y en nuestras propias palabras, hallaremos ese puente que la tierra reverdeciente nos invita a celebrar: nuestra alma y el mundo, dos caras de una misma polifacética realidad.

En diciembre el círculo se cierra. Recorreremos las actividades y las experiencias vividas, sacaremos conclusiones, proyectaremos las mejores maneras de llevar con nosotras, en el día a día de nuestras vidas, el espíritu de conexión, disfrute y ofrenda que estas actividades representan. Buscaremos un puente en el universo de lo ritual. ¿Qué es un rito, y en qué consiste su poder evocativo? ¿De qué forma podemos hacer una ceremonia de cada pequeño acto  cotidiano? ¿Podemos hacer entrar al mundo natural, con su cuota de misterio, de silencio, de belleza y salvajismo, en estas ceremonias? ¿Podemos compartirlas con nuestros amigos y conocidos, con nuestras comunidades? Ensayaremos algunas formas rituales antiguas y efectivas, y las imbuiremos de nuestra propia, rica simbología.

Cerraremos así el ciclo del año, sabiendo que nada termina y todo recomienza, y que la vida nos espera para seguir danzando. La posibilidad de reencantar el mundo está, hoy y cada día, en nuestras manos.

¿Qué es la mitología personal?

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Con su habitual humor, Joseph Campbell alguna vez definió al mito como “la religión de otras personas”. Por supuesto, para el gran mitólogo de la humanidad, los mitos eran mucho más que esto, y así lo dejó en claro en obras titánicas como “El héroe de las mil caras”, “Las máscaras de Dios” y el “El poder del mito”.

En sus escritos explora los mitos de cada cultura, enumera sus funciones, subraya su importancia en la vida de las personas, recuerda lo que ocurre cuando un mito reinante pierde vigencia y vitalidad. Una definición se enfoca en lo psicológico y dice: “Las ideas mitológicas son las imágenes a través de las cuales la conciencia toma contacto con el Inconsciente”.

Estas imágenes no pasan por la razón: nos hablan a través de sueños, intuiciones, impulsos irreprimibles, llamados a emprender aventuras que nos alejan decididamente de lo conocido. Por esta razón, cuando una persona pierde sus imágenes mitológicas se desconecta de su ser más íntimo, y sufre una sensación de ansiedad, vacío, desánimo y desarraigo.

Campbell no fue el primero en escribir sobre la importancia de conocer el mito que guía nuestras vidas.  En su autobiografía, Carl G. Jung cuenta que cuando terminó de escribir  “Símbolos de transformación”, le surgió una importante inquietud. En sus propias palabras: “Apenas concluí el manuscrito,  me di cuenta de lo que significaba vivir con un mito, y lo que significaba vivir sin uno…”. Acto seguido se preguntó cuál era el mito por el que él, personalmente, estaba viviendo, y tuvo que admitir que no lo sabía. “Por lo tanto, de la manera más natural, me propuse conocer mi propio mito, y consideré ésta la más importante de las tareas”, concluye el psiquiatra.

¿Qué es, entonces, un mito personal?

Así lo definen los psicólogos David Feinstein y Stanley Krippner, autores de “Tu camino mítico” y exploradores de larga data del universo psíquico: “Un mito personal es una constelación de creencias, sentimientos, imágenes y reglas –que operan mayormente de manera inconsciente- que interpretan la sensaciones, construyen nuevas explicaciones y dirigen la conducta”. Esta constelación responde a las preguntas más urgentes del ser humano: la de la identidad (¿Quién soy?), la dirección (¿A dónde voy?) y el propósito que nos guía (¿Qué me motiva?).

Si en el pasado estas preguntas hallaban respuesta unívoca en los grandes mitos de cada cultura, en nuestra sociedad fragmentada y cosmopolita, las respuestas son forzosamente personales. A excepción de quienes aún encuentran guía y sustento en las grandes religiones, el camino hoy es solitario y requiere de ajustes y revisiones permanentes. Pero aun los mitos personales deben cumplir las cuatro grandes funciones descriptas por Campbell: ayudarnos a comprender el mundo que nos rodea (función cosmológica, hoy cubierta en gran parte por la ciencia), a atravesar las etapas evolutivas de la vida (función psicológica), a establecer vínculos con la comunidad (función sociológica), y a comprender nuestro lugar en el vasto y misterioso universo (función mística o metafísica).

Hablar de “mito personal” tiene un inconveniente: da la sensación de que aquellas reglas, creencias e imágenes que guían nuestro accionar fueran un todo único e inmutable, cuando la realidad es que están en permanente tensión y movimiento. Los mitos heredados de la infancia siguen vigentes hasta la que vida nos enfrenta con situaciones que los ponen en jaque, y nos obligan a cambiarlos. Cuando no lo hacemos, e intentamos seguir viviendo de acuerdo a patrones agonizantes, la sensación es de estar desconectados de nosotros mismos, como viviendo una vida ajena.

Dice Campbell: “Muchos vivimos con mitos que pueden servirnos para toda la vida. Para esas personas, no hay ningún problema. Conocen su mito: proviene de alguna de las grandes tradiciones religiosas heredadas. Es muy posible que este mito baste para guiarlos por los caminos de la vida.

Pero hay otros en este mundo para quienes esos puntos de referencia no llevan a ninguna parte. Encontramos a estas personas, especialmente, entre alumnos universitarios, profesores, personas en las ciudades –los que los rusos llaman “la intelligentsia” (los intelectuales). Para estas personas, los antiguos patrones no convencen, por lo que, cuando llegan las crisis, no les sirven de ayuda.

Otros sienten que están viviendo de acuerdo a cierto sistema, pero en rigor no lo están. Van a la iglesia los domingos y leen la Biblia, pero los símbolos no les hablan. La fuerza que los motiva viene de otra parte.”

Campbell propone una pregunta para ayudar a develar por dónde pasa nuestro propio mito: “Si me enfrentara un día con una situación completamente catastrófica, si todo lo que amo y por lo que vivo fuera de pronto devastado, ¿para qué viviría? Si llegara a mi casa y encontrara a mi familia asesinada, mi casa en cenizas, mi carrera de golpe aniquilada por una fuerza u otra, ¿qué me sostendría? (…) ¿Qué me haría saber que puedo seguir viviendo y no simplemente desmoronarme y rendirme?”

Hay formas menos extremas de indagar en ese mar profundo del que extraemos sustento: ejercicios de escritura, trabajo con los sueños, meditaciones y reinterpretaciones artísticas de nuestra propia vida. Cualquiera sea el camino que elijamos, entablar ese diálogo nos vitaliza y despierta, recupera la energía única que brota de la fuente. De algún modo, lanzarnos a bucear en estas aguas es crear nuestra propia llamada a la aventura. Y dar, como respuesta, un sí rotundo y febril.

Fabiana Fondevila

Ilustración: patwasi

Otra manera de soñar

El libro “Cantos de los Pieles Rojas”, de José J. de Olañeta, recoge rezos y versos de diversos pueblos originarios de América del Norte. Los muchos cantos inspirados en los sueños dan cuenta de que el mundo onírico tenía para ellos un peso que en las sociedades modernas ha perdido. En las imágenes nocturnas ellos veían símbolos, presagios, revelaciones y profesías. También gracia, belleza y poesía. Comparto hoy una estrofa del pueblo Wintu, que habita aun hoy el valle de Sacramento, en el norte de California.

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Cuando sólo cabe ser testigos

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Rachel Naomi Remen es oncóloga, pionera en el campo de la medicina mente-cuerpo, y  fundadora del Commonweal Cancer Help Program en California. Es, además, una narradora talentosa y la autora de dos libros profundamente personales: Kitchen Table Wisdom (Sabiduría alrededor de la mesa de la cocina) y My Grandfather’s Blessings (Las bendiciones de mi abuelo). Los dos hablan de la diferencia entre curar y sanar, de la fortaleza que reside en la vulnerabilidad y de los mundos que se nos abren cuando nos animamos a ofrecer nuestros corazones a todo lo que experimentamos.

El fragmento que sigue, tomado del capítulo “Ser testigos”, de My Grandfather’s Blessings, habla de los límites de nuestra comprensión y de nuestro accionar, y, al mismo tiempo de nuestra capacidad infinita para extender amor y compasión.

“Una psicóloga con la que trabajo me contó esta historia. En los años ochenta, cuando ella vivía y trabajaba en Nueva York, decidió asistir a un taller profesional de dos días que consistía en la proyección de unos veinte filmes cortos de una de las últimas discípulas de Carl Jung, la gran analista de sueños Marie-Louise von Franz. Entre las proyecciones, un distinguido panel compuesto por los directores de dos importantes centros de formación junguianos, y el propio nieto de Carl Jung, respondían a preguntas escritas por el público, enviadas al escenario en tarjetas.

Una de esas tarjetas contaba la historia de un sueño horripilante, en el que el soñante era degradado y robado de su dignidad en manos de los Nazis. Un miembro del panel leyó el sueño en voz alta. Mientras escuchaba la lectura, mi colega empezó a formular en su cabeza su interpretación del sueño, anticipándose a la reacción del panel. Realmente no tenía mucho secreto, pensó, mientras elucubraba interpretaciones simbólicas de las torturas y las vejaciones narradas en el sueño. Pero esta no fue en absoluto la respuesta del panel. Cuando terminó la lectura, el nieto de Jung miró a la vasta concurrencia. “Por favor, ¿podrían ponerse de pie?”, preguntó. “Nos pararemos juntos en un momento de silencio en respuesta a este sueño.” El público se paró por un minuto. Mi colega aguardaba impacientemente la discusión que sin duda seguiría. Pero cuando volvieron a sentarse, el panel pasó a la próxima pregunta.

Mi colega no entendió en absoluto qué había ocurrido, y días más tarde le preguntó a uno de sus maestros, también analista junguiano, sus impresiones del hecho. “Ah, Lois”, dijo el hombre, “hay en la vida sufrimientos tan indecibles, vulnerabilidades tan extremas que van más allá de las palabras, más allá de las explicaciones y hasta más allá de la curación. En la cara de esta clase de sufrimiento, todo lo que podemos hacer es ser testigos, para que nadie tenga que sufrir solo.”

Quizás la voluntad de enfrentar esta vulnerabilidad compartida nos otorgue la capacidad de reparar el mundo. Es posible que aquellos que encuentren el coraje de compartir su humanidad sean capaces de bendecir a cualquiera, en cualquier parte.”