El sencillo arte de la felicidad

Ricard 4                                                                     Monjes saltarines del Tíbet, Matthieu Ricard

Joie de vivre. Esta expresión del francés puede traducirse fácilmente como “alegría de vivir”. Pero como siempre pasa con los idiomas, algo de la chispa original del concepto parece perderse en la traducción. No importa: Matthieu Ricard, científico, fotógrafo, monje budista y traductor, la encarna de maravillas. No casualmente, uno de sus libros más recordados se titula, precisamente, En defensa de la felicidad. Su nueva obra -aun por traducirse al español- se llama La revolución altruista, pero no significa esto que el autor haya cambiado el foco de sus indagaciones. Para Ricard, altruismo y felicidad son conceptos tan entrelazados que es imposible hablar de uno sin mencionar al otro. De eso trató la charla que dio en Green Tara Happiness, en el auditorio del MALBA, el viernes pasado.

Su llegada fue anunciada -como lo es adonde sea que viaje, desde un tiempo a esta parte- como la visita del “hombre más feliz del mundo”, un mote del que el monje se ríe gustoso. Pero durante su presentación en Buenos Aires, no se privó de señalar a la imagen de un anciano tibetano completamente desdentado en la pantalla grande y aclarar: “Ahí lo tienen. Ese es el hombre más feliz del mundo!”

Podría parecer una ocurrencia del momento. Pero Ricard ya ha expresado ese mismo concepto muchas veces antes. Por ejemplo, de este modo: “Los chicos, los ancianos y los vagabundos se ríen fácilmente y con entrega. No tienen nada que perder y esperan poco. En la renuncia (a los bienes materiales) hay un delicioso sabor de sencillez y una profunda paz”.

Ricard

No obstante, no es la renuncia exactamente lo que ha vino a proponer Ricard en su primer viaje a la Argentina, sino, más bien, la importancia de trocar nuestra obsesiva preocupación con nuestros propios asuntos por una mirada más amplia, más compasiva, más respetuosa del bienestar de todos los seres sintientes y del planeta mismo. Y si  esto implica alguna forma del sacrificio, que sea un sacrificio con alegría, que no es sufrimiento alguno.

En su exposición, Ricard puso de relieve un dato que no suele escucharse, y que muchos sin duda discutirían: que a pesar de toda apariencia, y contra lo que parecerían reflejar cada noche los noticieros, el derrotero de la humanidad ha ido deviniendo notablemente más cooperativo y menos violento con el pasar de los años. Sustentó la premisa con cuadros y gráficos, y también con el más puro sentido común: “Si hoy todos nos vamos de esta sala luego de haber solamente conversado amablemente, este hecho no será titular de ningún diario. Pero si uno ahora se levanta y agarra a las trompadas con el de al lado, eso será sin duda noticia.”

Este status qúo que todos damos por sentado ha sido bautizado por ciertos autores “la banalidad del bien”, en respuesta al término contrario acuñado por Hannah Arendt en relación a la indiferencia de un jerarca nazi por las atrocidades cometidas durante el Holocausto.

El altruismo avanza, sostuvo el monje, porque la tendencia a dar y recibir son parte de la naturaleza humana, y,  más aún, constituyen ingredientes fundamentales de la felicidad.

kham-2014-7Joven estudiante en una de las escuelas contruidas por Karuna-Shechen, la organización de bien social que dirige Ricard, en el Tíbet.

Pero nada de esto puede darse por sentado: hay que trabajar para afianzar estos dones en nosotros mismos, aprender a ablandar el corazón, a inclinar nuestra mente en dirección del bien y a sensibilizarnos cada día un poquito más hacia el sufrimiento ajeno.

Afortunadamente, tenemos una herramienta sin igual para poder hacerlo: la compasión. A diferencia de la empatía, que equivale a sentir lo que siente el otro (una cualidad clave como punto de partida), la compasión nos permite hacer foco, no tanto en el sufrimiento percibido sino en el ferviente deseo de ayudar que nos provoca. En otras palabras, en el amor. De ese modo, evitaríamos el tan mentado “burn-out” (agotamiento) que aflige a médicos, maestros y muchos de quienes se dedican a ayudar.

Estudios de mapeos cerebrales corroboran que, en estado de meditación compasiva, las áreas que se iluminan (entre ellas una estructura conocida como la ínsula) tienen vinculación con la percepción de estados emocionales y sus correlatos en el cuerpo. Curiosamente, también se halló relación entre una mayor proclividad a la compasión y un menor índice de depresión. O sea que estar más conectado y deseoso de aliviar a los demás redundaría, curiosamente, en un estado anímico más elevado.

De las dos grandes enseñanzas del budismo -la sabiduría (entendida como el conocimiento de la naturaleza última de la realidad) y la compasión, Ricard claramente se inclina por la segunda como virtud suprema, aunque considere que ambas son inseparables.

Durante el segmento de preguntas y respuestas de uno de los paneles, se permitió compartir algo que le dijo a Jon  Kabat-Zinn, introductor de la práctica conocida como Mindfulness (Atención plena) en Occidente: “Es una muy buena práctica, pero ¿por qué no introducen la palabra “amorosa”  o “compasiva” después de “Atención plena”? Porque con la atención sola no alcanza: un franco tirador puede actuar con suma concentración y presencia”. Luego se permitió decirle al público, sólo a medias en broma: “Si tienen que elegir una de las dos, elijan la compasión; tendrán dos prácticas por el precio de una!”

Si hubiera que resumir toda la ciencia y el saber espiritual transmitido por Ricard a lo largo de la conferencia, podríamos apelar a una frase que citó del gran Martin Luther King Jr.: “Cada hombre debe decidir si caminará en la luz del altruismo creativo o en la oscuridad del egoísmo destructivo”. Pero también podemos quedarnos con la síntesis del propio monje, que resumió dos horas de exposición con cuatro sencillas palabras: “Be good. Do good” (Sean bondados. Hagan el bien”).

¿Qué más haría falta agregar?

inspira4-L-9wMBFv                                                                                  Refugiada tibetana, Matthieu Ricard
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Bondad

Tibet, 2001
Tibet, 2001

No sabrás lo que es la bondad

si no has perdido nada antes,

si nos has sentido el futuro disolverse,

como sal en un caldo débil.

Lo que tenías en tu mano,

lo que contabas y guardabas con recelo,

todo eso debe irse para que sepas

Lo desolado que puede ser el paisaje entre

las regiones de la bondad.

Cómo viajas y viajas,

pensando que el micro no se detendrá,

que los pasajeros que comen pollo y maíz

mirarán por la ventana para siempre.

Antes de comprender la tierna gravedad

de la bondad

debes viajar allí donde el indio con el poncho blanco

yace muerto al costado de la ruta.

Debes pensar que podrías ser tú,

que él también era alguien que viajaba

por la noche con planes,

y el sencillo aliento que lo mantenía vivo.

Antes de conocer a la bondad

como la cosa más profunda

debes saber que el dolor es la otra

cosa más profunda.

Debes despertarte con tristeza.

Debes hablar con ella hasta que tu voz

se entreteja en la red de todas las tristezas

y veas el tamaño de la trama.

Entonces solo la bondad quedará en pie.

Solo la bondad, que te ata los zapatos

y te empuja al mundo a enviar cartas

y comprar pan.

Sólo la bondad que levanta su cabeza

entre la multitud del mundo y dice:

“Es a ti a quien estado buscando”

Y luego va contigo por todas partes

como una sombra, como un amigo.

 

Naomi Shihab Nye

Traducción: Fabiana Fondevila
Foto: Steve McCurry

En defensa del deseo

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La brisa del alma guarda secretos para ti.
No te vuelvas a dormir.
Debes pedir lo que realmente quieres.
No te vuelvas a dormir.
La gente viene y va a través del umbral
Donde los dos mundos se tocan.
La puerta es redonda y está abierta
No te vuelvas a dormir!

El poema, del místico sufí Jalaluddin Rumi, se inspira en ese rito liminal que es la oración del amanecer en la tradición musulmana. Pero en verdad habla de tanto más.
“Debes pedir lo que realmente quieres”, urge el poeta. ¿Cuán seguido nos hacemos esa pregunta y la contestamos desde el corazón? En ámbitos espirituales, por muchas razones, parecería que expresar un deseo personal no constituye un cometido digno; como si todo deseo fuera necesariamente producto del ego, y el ego fuese una suerte de torpe embajador al que hay que acallar por temor a que nos avergüence. Como consecuencia, ponemos sordina a ciertas emociones, temerosos de que dejen entrever algún ansia impropia.
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Cuando sólo cabe ser testigos

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Rachel Naomi Remen es oncóloga, pionera en el campo de la medicina mente-cuerpo, y  fundadora del Commonweal Cancer Help Program en California. Es, además, una narradora talentosa y la autora de dos libros profundamente personales: Kitchen Table Wisdom (Sabiduría alrededor de la mesa de la cocina) y My Grandfather’s Blessings (Las bendiciones de mi abuelo). Los dos hablan de la diferencia entre curar y sanar, de la fortaleza que reside en la vulnerabilidad y de los mundos que se nos abren cuando nos animamos a ofrecer nuestros corazones a todo lo que experimentamos.

El fragmento que sigue, tomado del capítulo “Ser testigos”, de My Grandfather’s Blessings, habla de los límites de nuestra comprensión y de nuestro accionar, y, al mismo tiempo de nuestra capacidad infinita para extender amor y compasión.

“Una psicóloga con la que trabajo me contó esta historia. En los años ochenta, cuando ella vivía y trabajaba en Nueva York, decidió asistir a un taller profesional de dos días que consistía en la proyección de unos veinte filmes cortos de una de las últimas discípulas de Carl Jung, la gran analista de sueños Marie-Louise von Franz. Entre las proyecciones, un distinguido panel compuesto por los directores de dos importantes centros de formación junguianos, y el propio nieto de Carl Jung, respondían a preguntas escritas por el público, enviadas al escenario en tarjetas.

Una de esas tarjetas contaba la historia de un sueño horripilante, en el que el soñante era degradado y robado de su dignidad en manos de los Nazis. Un miembro del panel leyó el sueño en voz alta. Mientras escuchaba la lectura, mi colega empezó a formular en su cabeza su interpretación del sueño, anticipándose a la reacción del panel. Realmente no tenía mucho secreto, pensó, mientras elucubraba interpretaciones simbólicas de las torturas y las vejaciones narradas en el sueño. Pero esta no fue en absoluto la respuesta del panel. Cuando terminó la lectura, el nieto de Jung miró a la vasta concurrencia. “Por favor, ¿podrían ponerse de pie?”, preguntó. “Nos pararemos juntos en un momento de silencio en respuesta a este sueño.” El público se paró por un minuto. Mi colega aguardaba impacientemente la discusión que sin duda seguiría. Pero cuando volvieron a sentarse, el panel pasó a la próxima pregunta.

Mi colega no entendió en absoluto qué había ocurrido, y días más tarde le preguntó a uno de sus maestros, también analista junguiano, sus impresiones del hecho. “Ah, Lois”, dijo el hombre, “hay en la vida sufrimientos tan indecibles, vulnerabilidades tan extremas que van más allá de las palabras, más allá de las explicaciones y hasta más allá de la curación. En la cara de esta clase de sufrimiento, todo lo que podemos hacer es ser testigos, para que nadie tenga que sufrir solo.”

Quizás la voluntad de enfrentar esta vulnerabilidad compartida nos otorgue la capacidad de reparar el mundo. Es posible que aquellos que encuentren el coraje de compartir su humanidad sean capaces de bendecir a cualquiera, en cualquier parte.”

La felicidad es una elección

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Lo han apodado “el hombre más feliz del mundo”, y los que lo conocen dicen que su tranquilidad y alegría son contagiosos. Matthieu Ricard es bioquímico por profesión, pero ha vivido los últimos 35 años como un monje budista en un monasterio recluido en las montañas de Nepal. Es un participante activo en las investigaciones actuales sobre los efectos de la meditación en el cerebro, viaja por el mundo como el traductor oficial del Dalai Lama, y dedica su tiempo libre a colaborar con distintos proyectos humanitarios en el Tibet y Nepal. Ha escrito varios libros fascinantes, incluyendo uno en co-autoría con su padre, el filósofo francés Jean-Francois Revel (El monje y el filósofo). Este fragmento es de su libro Happiness. A Guide to Developing Life’s Most Important Skill (La Felicidad. Una guía para desarrollar la habilidad más importante de la vida)

“Cualquiera que disfruta de paz interior no sucumbe ante el fracaso ni se infla con el éxito. Puede vivir sus experiencias a fondo en el contexto de una vasta y profunda serenidad, ya que entiende que las experiencias son efímeras y que es inútil aferrarnos a ellas. No habrá una caída abrupta cuando las cosas vayan mal y se enfrente a la adversidad. No se hundirá en la depresión, ya que su felicidad se apoya en cimientos sólidos. Un año antes de su muerte en Auschwitz, la notable Etty Hillesum, una joven holandesa, dijo: ‘Cuando tienes una vida interior, no importa de qué lado del muro de la prisión te encuentras… He muerto mil veces en mil campos de concentración. Lo sé todo. No hay información nueva que me acongoje. De una forma u otra, ya lo sé todo. Y, sin embargo, encuentro esta vida hermosa y llena de sentido. En todo momento.’

Una vez, en un encuentro abierto en Hong Kong, un hombre joven se levantó entre el público y me preguntó: ‘¿Puede darme una razón para seguir viviendo?’ Este libro es mi humilde respuesta a esa pregunta, porque la felicidad es, sobre todo, el amor a la vida. Haber perdido toda razón para vivir es haberse abierto a un abismo de sufrimiento. Por más influyentes que puedan ser las condiciones exteriores, el sufrimiento, como el bienestar, es esencialmente un estado interior. Comprender esto es el pre-requisito clave para una vida que valga la pena. ¿Qué condiciones nos escatiman la alegría de vivir, y cuáles la alimentan?

Cambiar la manera que vemos el mundo no implica un optimismo ingenuo o una euforia artificial diseñada para contrabalancear la adversidad. Mientras seamos esclavos de la insatisfacción y la frustración que emergen de la confusión de nuestras mentes, será tan inútil decirnos a nosotros mismos: ‘Soy feliz! Soy feliz!’ una y otra vez, como si pintáramos una pared en ruinas. La búsqueda de la felicidad no se trata de mirar a través de cristales rosados ni de cegarse al dolor y a las imperfecciones del mundo. La felicidad tampoco es un estado de exaltación a perpetuar a toda cosa; es la depuración de las toxinas mentales, como el odio y la obsesión, que literalmente envenenan a la mente. También es aprender a poner las cosas en perspectiva y reducir la brecha entre las apariencias y la realidad. Para ese fin, debemos conseguir entender mejor cómo funciona la mente y lograr una visión más clara de la naturaleza de las cosas, ya que, en el sentido más profundo, el sufrimiento proviene de malentender la naturaleza de la realidad.”

No se pierdan su excelente charla TED, vale la pena conocerlo en persona.