La vida como práctica

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Allá atrás en los años 60, en plena efervescencia de la contracultura y con el desembarco de las filosofías y tradiciones de Oriente a la costa oeste de Estados Unidos, Michael Murphy y Richard Price crearon una sede de lujo para alojar la revolución en puertas: lo llamaron Esalen. En esta suerte de Shangri-La ubicado sobre un acantilado con aguas termales y vista al Pacífico, miles de personas se asomaron a la meditación, el yoga, el tantra y todo un abanico de prácticas que les ofrecieron un primer atisbo del infinito.

Por Esalen desfilaron las mentes brillantes del momento: Abraham Maslow, Fritz Perls, Roberto Assagioli, Joseph Campbell, Aldous Huxley, Stanislav Groff, Carlos Castaneda. El estímulo era poderoso, y así también eran las aperturas que se producían. Todo indicaba que ese centro neurálgico de la Nueva Era estaba gestando una versión mejorada y ampliada de la humanidad.

Sin embargo, con el tiempo Michael Murphy advirtió un fenómeno preocupante que bautizó “síndrome de seminario de fin de semana”. Una personas tras otra reportaba grandes visiones, intuiciones y descubrimientos tras participar de un taller o un retiro, sin duda impulsados por la calidad de las prácticas y la fuerza de lo colectivo. Pero a poco de volver a sus casas el domingo a la noche los efectos comenzaban a esfumarse, y para el martes ya se sentían presas de las mismas ansiedades, miedos y neurosis con las que habían arribado.

Murphy investigó este patrón y llegó a la conclusión de que solo la práctica sostenida a lo largo del tiempo, sumada a ejercicios como la auto-observación y la visualización de las cualidades que se busca desarrollar, redundaban en una auténtica transformación de la conciencia (modelo que sintetizó luego en un programa de excelencia que llamó “Práctica transformadora integral”).

Pero aun con el cultivo sostenido de una o más prácticas, hay un eslabón que no debemos ni podemos olvidar. En su precioso libro “Aceptación radical. Abrazando tu vida con el corazón de un Buda”, la maestra de meditación budista Tara Brach cuenta la siguiente anécdota. Se encontraba un día inmersa en una meditación particularmente profunda. En el silencio de su cuarto, vislumbraba a ojos cerrados un universo de unidad y armonía indecibles. No hubiese querido moverse de ese encuentro con lo más profundo de su conciencia nunca más. En ese preciso instante, tocó la puerta su hijo Naroyan. Como una tromba le contó que había perdido el ómmibus escolar y que no iba a llegar a tiempo a la escuela si ella no lo llevaba.

La mujer salió de su estado, tomó la cartera y se lanzó al auto con su hijo. En el camino, atravesando el tráfico matutino, refunfuñaba por lo bajo. Cuando Naroyan hizo un gesto de querer prender la radio, como hacía habitulamente, ella le apartó la mano de un zarpazo. No tardó en reparar en la ironía de lo que estaba ocurriendo: de sentirse amorosamente unida a todo el universo, había pasado -sin escalas- a sentirse alejada y hasta enfrentada de la persona a quien más amaba en el mundo. Profunda como era, a su práctica le faltaba un crucial eslabón.

Las prácticas contemplativas, energéticas o meditativas son antiguas tecnologías de lo sagrado. Cultivadas a conciencia, pueden ayudar a aquietar nuestros pensamientos, abrir nuestros corazones y derretir nuestra fijación al “pequeño yo”,  conectándonos con nuestra naturaleza esencial. Pero si solo concentramos nuestros esfuerzos en lo que ocurre en el almohadón de meditación, el dosho o el salón de yoga, olvidándonos de quienes somos y cómo nos comportamos cuando dejamos ese laboratorio, corremos el riesgo de crear un nuevo síndrome, el del “gimnasta espiritual” que vive para lograr sutiles realizaciones o estados de conciencia, se desvela por la salud de sus chakras o por la impecabilidad de su dieta, y pierde de vista el auténtico objetivo de todo este hacer, que es ser.

¿Ser qué? Todo lo que las prácticas realmente quieren enseñarnos: ser sabios, compasivos, bondadosos, pacientes, ecuánimes, confiables, agradecidos. En el léxico que alcanzó y sobró para nuestros abuelos, ser -nada más, nada menos- “buenas personas”.

Si confundimos los medios con los fines, nos alejamos de aquellos inspirados gestores de todo este universo, cuyo anhelo fue contribuir a una humanidad menos sufriente pero también más humilde y amorosa, más consciente de su pequeño lugar en el vasto concierto de las cosas.

Las preguntas que nos haremos al final del camino son sencillas: ¿hice feliz a otro? ¿Di lo mejor de mí? ¿Aporté mi cuota de belleza al mundo? ¿Elegí el camino más humano y compasivo? ¿amé bien?

Recordarlas cada día quizás sea la práctica mejor.

 

Fabiana Fondevila

 

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Un lugar en el mundo

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“Topofilia” significa amor por un determinado lugar. Generalmente, el lugar donde uno nació y se crió, pero también puede sentirse por algún espacio o paisaje que apenas se conoce, y que nos conmueve por su belleza o la emoción que despierta misteriosamente en nosotros.

Para los antiguos, hubiese resultado un concepto innecesario y redundante. ¿Cómo podría uno no sentir amor por el propio terruño? Todos los pueblos originarios conciben al lugar que los vio nacer como parte de su círculo más íntimo de pertenencia. Los Mambuti, del Congo, por ejemplo, tienen un solo nombre –“Ndura”- para aludir al bosque, al clan y a la familia. El cacique Seattle, de la etnia Suquamish, dijo en su recordado discurso (en su versión auténtica y original): “Cada parte de esta tierra es sagrada el corazón de mi pueblo. Cada colina, cada valle, cada pastura y cada surco, ha sido santificado por algún hecho triste o feliz en días remotos. Hasta las rocas, que parecen yacer mudas y muertas bajo el sol, en la costa silenciosa, se estremecen con el recuerdo de sucesos conmovedores en las vidas de mi gente.”

Para el habitante de la ciudad, puede ser difícil acercarse a este nivel de conexión, cuando el paisaje a su alrededor cambia constantemente. Donde antes hubo una panadería de barrio hoy hay un garage, donde antes vivió la vecina de toda la vida, en su casa con zaguán, hoy irrumpe un edificio de hormigón y vidrio. Puede que queden pocos hitos en pie de la topografía que conocimos y amamos de niños.

Pero aun así, el amor el lugar persiste y busca sus anclajes. Quizás la plaza, renovada pero con los recuerdos intactos, esa esquina en la que mordimos el polvo en nuestra primera vuelta en bicicleta, aquel gomero bajo cuya sombra transcurrió el primer beso.

Es triste perder el primer paisaje, pero más triste aun es no sentirse parte de lugar alguno. A veces el desarraigo se debe simplemente a un exceso de movilidad, pero más a menudo responde a un fenómeno penoso, propio de nuestros días: la amenaza de la inseguridad, que nos arranca los pies del suelo y nos deja desconectados y ajenos, recluidos en nuestros hogares como islas en un océano hostil.

Este flagelo se suma a una cosmovisión heredada de la Revolución Industrial, que nos lleva a vincularnos con los espacios que habitamos de manera automática, circunstancial y utilitaria. De esta cosmovisión nace el concepto de “no lugar”, acuñado por el antropólogo francés Marc Augé, que alude a puntos neurálgicos de la modernidad como los shoppings, los hoteles, los supermercados y los aeropertos, que de tanta transitoriedad casi no pueden considerarse sitios en un sentido verdadero.

Pero apelo entonces a una frase del poeta ecologista Wendell Berry, que forma parte de una bella poesía: “No hay lugares profanos. Solo hay lugares sagrados, lugares profanados”. ¿Será que los shoppings y los aeropuertos son simplemente eso, lugares que profanamos diariamente con nuestra indiferencia? ¿Podrían, entonces, ser distintos, si osasemos mirarlos de manera diferente, como parte indispensable de nuestras idas y venidas por el mundo? ¿Como escenarios -como sin duda lo son- de nuestras alegrías, zozobras y tristezas? ¿Será que, vistos así, demostrarían estar llenos de vida, como las piedras mudas del cacique Seattle? ¿Es posible que lugar alguno en la tierra quede separado de la vida, si no es demanera ilusoria y superficial?

Lo cierto es que la historia milenaria de la especie no se borra tan fácilmente, y donde sea que nos encontremos, algo en nosotros pide recuperar una forma distinta de convivir con el mundo. Y una parte poderosa del llamado nos pide, además, que vayamos más allá de los pisos de mármol o concreto, a recuperar el suelo verdadero, aun cuando apenas lo divisemos de tanto en tanto en alguna fisura de la vereda.

La topofilia abarca el amor por una cultura específica, pero, en sus raíces, es una atracción de naturaleza biológica. Aun los nacidos y criados en el cemento somos hijos del barro (y, más atrás, del polvo de estrellas), y ahí late nuestra filiación más profunda.

Lo recordamos cada vez que, por equivocación o por milagro, volvemos a meter manos en la tierra, y nuestras células despiertan de su largo letargo. El aroma del humus, la vida que cava surcos visibles e invisibles en el polvo, la nutrición subterránea de todos nosotros sale a nuestro encuentro en una sola bocanada, y de golpe sabemos bien quiénes somos, y a dónde pertenecemos.

Ya en el siglo pasado dijo el escritor D. H. Lawrence, con tono sombrío: “Desde un punto de vista vital, la raza humana está muriendo. Es como un gran árbol desgajado de la tierra, con sus raíces en el aire. Debemos volver a plantarnos en el universo”.

Quizás el camino de vuelta sea más sencillo de lo que pensamos. Quizás no haga falta que nos vayamos a vivir al campo o a los pocos espacios naturales que aún permanecen. Quizás alcance con recordar que todos somos indígenas de este, nuestro único planeta, que el lugar donde vivimos –sea el primero, el cuatro o el undécimo- es nuestro por fuerza del amor que nos despierta, si así lo permitimos. Que no hay inseguridad ni utilitarismo ni espacio profanado que pueda borrar nuestras huellas de la tierra ni separar nuestros ojos del cielo. Que por más cosmopolitas y ciudadanos del mundo que nos sintamos, somos siempre, al final del día, lugareños.

Después de todo, lo sabemos, siempre se vuelve al primer amor.

Fabiana Fondevila

La felicidad: tras las huellas del amor

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Me gustaría compartirles un cuento del pueblo San (antes conocido como el pueblo Bosquimano), que habita en el desierto del Kalahari. Dice así:

“Si un día salgo a caminar y miro atentamente a un pájaro, un hilo fino se forma entre nosotros. Si salgo otro día y veo a ese mismo pájaro y lo reconozco, el hilo se vuelve un poco más grueso. Cada vez que veo y reconozco a ese pájaro único, particular, el hilo crece, hasta convertirse en una soga. Nosotros tendemos sogas con todos los aspectos de la creación, con todo el universo”.

¿Por qué traigo esta historia? Porque si la noción de “éxito” implica alcanzar un objetivo propuesto, me parece que es importante elegir un objetivo que pueda conducir, efectivamente, a la felicidad. Entonces, surgen las preguntas: ¿a dónde queremos llegar? O ¿dónde queremos estar? (Porque, quizás, ya estemos ahí) ¿Cómo queremos vivir? Y, sobre todo, ¿cómo nos queremos sentir?

Yo creo que nos queremos sentir un poco como cuenta la narración de este pueblo africano: conectados, parte de un universo más vasto que nos contiene a la vez que nos refleja, parte de la gran familia humana y de los seres sintientes, protagonistas de una historia vasta que otros ya transitaron, marcándonos el camino, pero que se nos requiere que actualicemos y hagamos verdadera nuevamente. Creo que queremos sentirnos asombrados por esta historia, estimulados, enamorados por sus aspectos más bellos, desafiados por sus aspectos más temibles. Creo que, como decía el gran Joseph Campbell, lo que buscamos no es tanto el sentido de la vida como la exquisita experiencia de estar vivos.

Dudo que haya un único camino para lograr este objetivo, pero sí creo que hay una constelación de emociones que son mojones en el camino, por no decir, los peldaños y la tierra sobre el que el camino se construye. Voy a nombrar a algunas de ellas, y los invito a sentir en el cuerpo qué les suscitan sus nombres:

Asombro. Pasión. Gratitud. Entrega. Devoción. Coraje. Reverencia. Humildad. Bondad. Compasión.

Son virtudes. Son emociones. Son formas de habitar nuestros cuerpos. Son cualidades esenciales, unánimamente señaladas por las tradiciones de sabiduría como piezas clave de una buena vida, y hoy avaladas por la ciencia como materia prima de la felicidad. Todos concuerdan, además, en que son virtudes cultivables.

Es cierto que la vida a veces conspira contra el ejercicio de estas emociones. Por un lado, la sociedad las desestima, poniendo en duda su misma existencia. Por otro lado, las cosas que nos van sucediendo las ponen en jaque de muchas maneras.   ¿Podemos seguir confiando en la bondad de la existencia después de perder a un ser querido? ¿Podemos seguir sintiendo el asombro de un niño una vez que crecemos y envejecemos? ¿Podemos seguir apostando al amor, sin cinismo, tras sufrir un rechazo o un desengaño?

Podemos. Pero es una elección que hay que hacer de nuevo cada día; a veces, varias veces en el día.

Creo que un buen lugar para empezar a desarrollar estas virtudes es partir de lo que uno ama. Para algunos la naturaleza es una fuente privilegiada de asombro, gratitud, devoción y coraje. Para otros lo es la música, o cualquiera de las artes. Para muchos la fuente suprema de energía sean los vínculos, la lucha contra la injusticia, trabajar por una causa justa.

Es importante que dediquemos tiempo a estas fuentes de inspiración y sentido, que las absorbamos como maná divino, porque lo son. Pero hay que saber también que las pasiones que hoy nos conmueven pueden cambiar, que en el fondo no importa tanto si hoy nos deslumbran los árboles y mañana la arquitectura futurista, los trenes o los escarabajos, porque todo lo que nos hace vibrar no es finalmente más que un vehículo para un sentir más profundo; lo que verdaderamente nos apasiona, siempre, es la vida.

Y el órgano con que vivimos esa pasión es el corazón. El corazón, ese intrincado órgano físico y metafísico capaz de abrazar el misterio, de conciliar nuestros deseos con las necesidades de otros (y, muchas veces, de privilegiar esas necesidades a nuestras propias preferencias), de hacer lugar para el dolor y volver a apostar, una y otra vez, por la alegría, en una suerte de segunda inocencia más profunda y auténtica que la primera.

Así que quizás sí haya un camino; un camino arduo pero siempre fecundo: vivir desde y con el corazón.

En una de sus más lúcidas poesías, Mary Oliver se permite un consejo en cuatro líneas:

“Instrucciones para vivir la vida.

Prestar atención.

Rendirse al asombro.

Contarlo”.

Junto al amor, es lo más parecido que conozco a una receta de la felicidad.

Fabiana Fondevila

(Presentación compartida en el encuentro Green Tara Happiness, junto a Matthieu Ricard, Margarita Barrientos, Elena Roger y Cristian Cardoner. Precioso encuentro del que me sentí honrada de participar.)

Gracias especiales a Diego Ortiz Mugica por la gentileza de la foto.

Secretos del corazón

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“Llevo tu corazón (lo llevo en mi corazón)”

Así comienza la primera estrofa de la memorable poesía de E.E. Cummings,  genio de imaginación vivaz y ortografía irreverente. La frase describe una emoción tan universal que a nadie habría que explicarle de qué se trata. Pero ocurre que el corazón no es solo tema de incumbencia de enamorados y poetas.

Hoy sabemos que este órgano vital tiene una inteligencia propia, dotada de una compleja red neuronal y de un circuito de neurotransmisores que modulan el ánimo y regulan la interacción entre los distintos sistemas. Tampoco se discute que las ondas electromagnéticas que emite el corazón son 60 veces más poderosas que las del cerebro, pudiéndose medir a varios metros de distancia del cuerpo.
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